La parasitocracia gubernamental y los salarios dorados

La parasitocracia gubernamental y los salarios dorados

Cuando los presupuestos se concentran en pago de nómina, y luego entran en crisis por insuficiencia, la mirada se traslada a los ingresos más altos que se llevan un porcentaje amplio del pastel, pero sin grandes justificaciones. Antes incluso de cuestionar los salarios de la alta burocracia, al interior de las funciones de los trabajadores que trabajan en alguna función pública al servicio del estado surgen las agudas observaciones. Por ejemplo, los maestros que son evaluados con mejores competencias tienen la posibilidad de trabajar en las zonas urbanas con niños con mayor capital cultural, cuando es evidente que los mejores profesores deben trabajar con los niños en mayores desventajas, por razones elementales de equidad. Sin embargo, eso ocurre porque los maestros que laboran dentro de las aulas multigrado en zonas de alta marginación no tienen mejores salarios que aquellos que lo hacen en oficinas centrales. ¿Quién debe ganar mejores percepciones, el profesor que está frente a los niños o un funcionario que labora en un escritorio? ¿Qué función está más valorada? Esa es la cuestión.

Si se realiza una evaluación de justicia salarial a los tabuladores pueden salir observaciones que sería de gran utilidad aplicar en la distribución de las percepciones. Una élite dorada de funcionarios con categoría de confianza, una nata media de mandos medios y sindicalizados con la combinación de medianos privilegios y/o seguridad en el empleo, y una masa de trabajadores con salarios bajísimos que sacan el grueso del trabajo diario. Esto es, en la administración pública vamos de una pirámide de base grande de salario precarizado, a una punta diamante de cercanos al gobernador. Podemos tener funcionarios con percepción formales de 48 mil pesos mensuales más bonos no caracterizados en ‘salarios’ que rebasan esa cifra, a percepción de 11 mil mensuales manos impuestos.

Hay quienes sólo se fijan en las élites salariales, pero mejor es promover una reforma tabular para construir estructuras de ingreso más justas, donde se privilegie los trabajos de más riesgo y los de mayor rentabilidad social: ¿quién da mayor rentabilidad a la sociedad, un burócrata en el centro de la ciudad o un trabajador que tiene a su cargo la enseñanza de jóvenes de zonas marginadas o un agrónomo acompañando a los productores agrícolas produciendo nuestro alimento? Los criterios para construir los tabuladores están torcidos.

En las campañas políticas hay participación de gente que persigue los puestos dorados para vivir como reyes con el único mérito de haber sido ‘leales’ (es una forma elegante de decir ‘lacayo’) al político ganador en turno. No por mejores conocimientos, aportaciones al desarrollo o funciones de alta rentabilidad social. Nada de eso. Parásitos con la cualidad de ‘lealtad’ cobran fortunas anuales. Así, la administración pública se llena de una potente parasitocracia con salarios dorados, mientras las tareas relevantes son realizadas por valiosos cuadros con salarios bajos. No se requiere sólo una disminución nominal de los salarios de la élite, sino una reforma del tabulador y filtros de parásitos que llegan a puestos de responsabilidad sin más mérito que la humillación de sí.

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