Ladridos 

Ladridos 

La Gualdra 495 / Río de palabras

El ladrido de los perros me despertó. Estaban inquietos, desesperados. Ya algunas noches antes habían estado así, dé y dé lata. Yo creí que andaban en celo, pero ni siquiera es tiempo de eso. Me asomé por la ventana, todo estaba como de costumbre pacífico y desierto, solo los perros con su desesperación. Revisé el teléfono, en Noticias al Minuto la última publicación era de las diez de la noche. No había algo que explicara ese comportamiento tan atípico de los animales. Estuve intentando conciliar el sueño, mientras los perros seguían y seguían ladrando. Hasta que de pronto, de la nada se hizo el silencio. No sé qué me inquietó más, a veces el silencio es más temible que un estruendo. Escuché que alguien abría la puerta de la casa, subía por las escaleras y respiraba a un lado de la pared de mi cuarto. Un robo, pensé, qué pueden llevarse de esta pobre casa; decidí no hacer movimientos. Si alguien entraba pensaría que estaba dormido. Que se llevaran lo que quisieran: mi teléfono no sirve, a cada momento se queda sin carga; dinero, no tengo, vivo al día; en eso estaba pensando cuando se abrió la puerta del cuarto. Un hombre llegó se sentó en la silla, se quitó los zapatos. Seguro se confundió de casa, pensé, voy a levantarme para hacerle ver su error; pero no pude, quedé inmovilizado al ver cómo era yo mismo quien se recostaba ocupando mi cuerpo tendido en la cama. 

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