El odio en tiempos del bicho

El odio en tiempos del bicho

Ante los acontecimientos que se han venido presentando en los últimos meses de vida de este convulsionado país en el que para bien o para mal se vive el día a día que al irse acumulando forma esa secuela que a la larga se llama historia, se cae en cuenta que sobrevivir en estas partes de la geografía es un tanto complicado, dada la conjunción de percepciones que cada quien guarda sobre lo que considera la realidad. Para citar un caso importante, hay que recordar que hace doscientos diez años fueron pasados por las armas los comandantes del ejército insurgente que dieron inicio al movimiento popular nacional que culminó con la -aparente- liberación de la corona española, y se aclara, porque en apariencia la colonización española, europea y ahora norteamericana sigue flagelando al sufrido pueblo de México.

Siguiendo con el caso mencionado, cuando el mermado grupo de libertadores fue derrotado en el Puente de Calderón, cerca de Guadalajara, emprendieron la fuga hacia el norte pretendiendo fortalecerse con el apoyo de los pobladores del norte del país, no forzosamente de los nacientes esclavistas norteamericanos, fueron traicionados por un tal Elizondo y capturados en Acatita de Baján en el territorio que hoy corresponde al estado de Coahuila, trasladados a Chihuahua y después de un juicio sumario, excomulgados y fusilados con degradación como traidores a la corona española por un consejo formado en su gran mayoría por criollos nacidos en el territorio de la Nueva España bajo el delirio popular no solo de criollos, sino de mestizos que celebraron con regocijo el degradante desfile de los prisioneros y condenados sin algún tipo de misericordia bajo todo tipo de vejaciones. La gente sigue sin entender el gran honor que significó para este grupo de patriotas ser masacrados como enemigos acérrimos de los colonizadores que únicamente sentían amor por las fortunas sin límite que amasaban en los territorios arrebatados con toda la mala leche del mundo a los pobladores originarios de este territorio. Así fue como Miguel Hidalgo, Ignacio Allende, Juan Aldama y Mariano Jiménez fueron condenados, ejecutados y cercenados de sus cabezas para el escarmiento popular. Solo Mariano Abasolo pudo salvarse de la muerte, pero no del infierno que significó vivir cuatro años más en una prisión de Cádiz, España.

Esto viene a colación porque parece evidente que el pueblo mexicano no ha sido capaz de liberarse de las cadenas del colonialismo y la alienación. Se sigue viviendo bajo la percepción de que se es dominante y dominado y es una situación que no se ha podido superar en más de dos siglos de independencia supuesta. Y aquí va la afirmación, peregrina si usted lo quiere, de que la principal herencia que prevalece desde la conquista, en 1521, y aún antes, pues fue el camino allanado que encontraron los invasores, es ese monumento al odio generalizado que todo mundo ejerce contra su prójimo.

La antigua Gran Tenochtitlán estaba en broncas con todos sus vecinos, lo que facilitó su caída ante los españoles. Durante la colonia prevalecieron las pugnas irreconciliables entre peninsulares y criollos y estos a su vez contra los mestizos y nativos y todos a su vez, tirándose con todo en rencillas inacabables. Luego los imperialistas contra los republicanos; después, liberales contra conservadores; porfiristas contra anarquistas y antirreeleccionistas; luego revolucionarios populares contra revolucionarios aristócratas y tanta fauna que ha desfilado a lo largo de la historia de este atormentado país, que, ya es hora de que tenga un descanso de tanta violencia política, económica, social y ahora delincuencial. Hoy día, con la supuesta libertad de expresión, todo mundo se lanza contra todo mundo sin siquiera intentar llegar a acuerdos a largo plazo para obtener un poco de paz tanto individual como colectiva.

Sería bueno tomarse un descanso filosófico y existencial que permita a la población aprender, sí, leyó usted bien querido lector (perdón por no usar ese nuevo lenguaje “incluyente” que solo sigue abonando a la intolerancia comunicativa) aprender nuevas formas de actuar donde el respeto y el amor al prójimo recuperen o inventen la vigencia de un devenir social constructivo en un esquema de armonía e igualdad. Es hora de entrar a un nuevo mundo de convivencia colectiva que se parezca un poquito a la vida civilizada, a menos que el país esté condenado a vivir en un infierno eterno en el que más valiera no haber nacido. ■

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