Editorial Gualdreño 464

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El poco -si no es que nulo- interés por la cultura y las artes que manifiestan nuestros políticos es de todos conocido, pero en plena época electoral se hace más que evidente; la mayor parte del tiempo hay una ausencia generalizada de estos temas en los discursos persuasivos de quienes pretenden ocupar un cargo de elección popular. Si acaso, a mitad de las campañas, alguno de los asesores recordará que las actividades culturales deben ser consideradas en los temas a tratar, que los artistas existen y que pueden “resultar útiles” en el posicionamiento del personaje que promete emprender acciones “valiosísimas” una vez que esté en el cargo.

Entonces es cuando empiezan a buscar reunirse con los creadores y protagonistas de la escena de la cultura y las artes para escuchar sus demandas; luego, vienen las promesas, y, como prometer no empobrece, llegan a plantear escenarios casi utópicos en los que -ahora sí- “los artistas tendrán el reconocimiento y el trato que merecen”. Después viene la segunda parte, ubican a personajes con cierta trayectoria cuya credibilidad pueda acercarlos a los votantes y les piden que se manifiesten a favor; algunos son convencidos y es entonces cuando, de buena voluntad -en la mayoría de las ocasiones- aparecen diciendo “Conozco al candidato…”, y párele de contar, porque a partir de ahí se “cumple” con la cuota de incluir a este sector en la campaña. Después, y la historia así lo comprueba, los candidatos ganan y la cultura y las artes volverán a ser consideradas como “instrumentos accesorios”, pero no temas clave, ni mucho menos indispensables, para el progreso de la comunidad.

También está el caso de los partidos que nombran como candidatos a artistas cuyo quehacer los ha convertido en personajes mediáticos; generalmente son aquellos que tienen miles de seguidores en las redes, de preferencia polémicos -sobre todo por asuntos de su vida personal y no necesariamente por su trayectoria profesional- y con presencia en el mundo del espectáculo, pero que poco conocen de las necesidades del sector. Así ha sido también desde hace años, de ahí que hayamos tenido, por ejemplo, a diputados y senadores como Carmen Salinas e Irma Serrano cumpliendo -de paso- con una cuota de género y ganando al mes durante el periodo de su gestión mucho más de lo que podrán ganar compañías completas de teatro en una temporada. Lo terrible es que su paso por el congreso ha sido también mediático, sin ninguna repercusión a favor del sector cultural que aparentemente representaron.

Hoy, candidaturas como la de Paquita la del Barrio o Marco Flores son un ejemplo de esas estrategias electorales tan inadmisibles como incomprensibles: si llegan a ganar, tendremos como representantes a estos dos personajes tristemente célebres por canciones como “Rata de dos patas” y “A mí me vale el coronavirus”, que los han hecho famosos en los últimos tiempos. No se me malentienda, no se trata de que por cantar esas canciones no sean aptos para legislar, se trata del perfil, de los conocimientos, de la capacidad que deben tener quienes nos gobiernan; perdón, pero dudo mucho que candidatos como ellos los tengan… no bastan las buenas intenciones.

Como diría José Minero Roque: “Nuestro pueblo no tiene la culpa ni de su miseria ni de su ignorancia”; es cierto, lo dijo este gobernador zacatecano que en el periodo de 1950 a 1956 hizo hasta lo imposible porque en Zacatecas se implementaran políticas públicas que beneficiaran realmente a los artistas, artesanos y académicos para que sus actividades contribuyeran no solo a la difusión de la cultura y las artes, sino a la consecución del progreso del pueblo mediante “el cultivo del espíritu”. Minero Roque emprendió tantas acciones a favor de este sector durante su gestión, que generó en su tiempo la animadversión de quienes consideraban al progreso solo como “bienestar económico” y para quienes invertir en la cultura y las artes representaba tirar el dinero.

Un día como hoy, 2 de febrero, pero de 1907, nació en Nochistlán, Zacatecas, José Minero Roque; y como nunca, en estas épocas de pandemia, lo he recordado cuando decía que “El cultivo del espíritu es requisito de nuestro progreso integral, como individuos y como colectividad. Sin ese cultivo los hombres y los pueblos se deshumanizan y se convierten en sórdidos materialistas”. Ojalá que lo tomemos en cuenta a la hora de ejercer nuestro voto.

Que disfrute su lectura.

 

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