Cambios forzados

Cambios forzados

La señora Gloria se hizo a un lado. Estaba cubierta con un cubrebocas y una careta. Jamás en su vida se había imaginado en una situación así. Nada le era familiar, a pesar de que todas las mañanas recorría el mismo pasillo. Constituyentes. Al principio de éste, una señora solía vender comida a los transeúntes y siempre estaba lleno. Tamales, atole y guajolotas. Al final del pasillo, había una fuente que olía chistoso. No sabía si era orina de los perros callejeros o si era agua estancada. Ahora, no estaba la señora y tampoco la fuente estaba encendida. Sin embargo, todo parecía estar particularmente limpio.

Gloria se recargó contra el muro, se sintió mareada. No era un desmayo o un ataque epiléptico. Ya estaba acostumbrada a estos mareos. Nunca los llegó a mencionar con el médico. Cosas sin importancia. Quiso retirarse la careta y el cubrebocas. Recordó que recién había tomado las monedas y el tubo sucio del autobús de pasajeros que tomó. Evitar tocar los ojos y la boca cuando las manos estuvieran sucias. O eso decía el doctor de la televisión. Gloria prefirió recargarse, mientras se tranquilizaba y el mareo se iba.

El sol le daba en la cara. Le dio la impresión de que en cualquier momento la careta se fundiría hasta adherirse a su piel, a pesar de que en realidad no hacía calor. Gloria solía llevar a su nieto todas las mañanas a la escuela primaria, que estaba unas calles más adelante. Siempre de la mano. Uno nunca sabe. Ambos se detenían con la señora y comían un tamal o una guajolota, claro depende del antojo del momento, aunque el niño solía pedir de carne con salsa roja. Picante. A diferencia de sus padres, el niño disfrutaba la comida así. Entre más picante, mejor. Su hija comía mucho picante durante el embarazo, principalmente dulces. Así, Gloria supo que el nieto sería adicto al picante. Por ejemplo, él solía preparar en un plato cerealero cacahuetes con limón y chile. La botana era lo de menos, sino la cantidad de acidez que el niño consumía. No tiene importancia.

Gloria recordó que en esa pared un joven le pidió la mano a su novia. La joven aceptó. Su nieto, curioso, le preguntó en esa ocasión cómo fue que el abuelo le pidió la mano. Gloria sabía que no debía decirle a su nieto sobre su situación, así que le mintió. Su esposo, quien murió a principios del año pasado a causa de un derrame cerebral, la había robado. Gloria le dijo al nieto que el abuelo le había llevado un mariachi y se lo dijo, después de haberle cantado. El abuelo era un excelente cantante. La única verdad en esa farsa.

Por años, Gloria y su esposo vivieron de las cosechas que él cultivaba en las hectáreas de sus padres. Esas tierras fueron repartidas en partes iguales entre los cuñados, luego de la muerte de sus suegros. A diferencia de los demás Gloria y su esposo siguieron cultivando hasta que los criminales de la región les exigieron derecho de piso. Absurdo. Sin embargo, se mudaron a la ciudad y dejaron sus hectáreas en manos de una de sus hermanas. Ella no estaba interesada en cultivarlas. Su esposo trabajó en una de las fábricas que están fuera de la ciudad. Una paga moderada por las actividades que realizaba. Por fortuna, ellos solo tuvieron tres hijos, a diferencia de sus cuñados.

Gloria se recuperó del mareo. Pensó en su nieto. Ahora se educa en casa, como muchos más. No es lo mismo. Él estaba por horas frente al monitor de la computadora o el celular de sus padres. A veces, tomaba algunas clases por televisión. Gloria llegó a ver alguna de esas clases. En principio, era una forma para educar, aunque a veces sentía cierto aburrimiento. Como si se empeñaran en hacerlas así. Sin embargo, su educación básica fue formal y tradicional. Por fortuna, estuvo rodeada de compañeros y amigos. Su nieto, justamente, amaba ir a la escuela para convivir con sus amigos. Estar por horas frente a la pantalla le agotaba. Gloria le explicó la situación. En el mundo, hay un bichito diminuto que enfermaba a las personas y muchas de ellas murieron. Por meses, se ignoraba y se estudió hasta que hubo conocimiento sobre el bicho, lo suficiente para crear una vacuna. El niño la miró desconcertado. ¿Cómo un bicho podía causar eso? Más si no se podía ver. Gloria replanteó la situación. En realidad, no era un bicho, sino un virus. El niño miró sus manos, pero Gloria tenía la impresión de que el realmente no entendía la gravedad. Quizás solo quería estar con sus amigos, aunque el niño disfrutaba estar con su familia.

Gloria se sentó y comprendió. Después de todo, los cambios fueron repentinos y forzosos. Al menos, las vacunas pronto llegarían. Eso dijo el doctor de la televisión.

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