La trampa maximalista de AMLO

La trampa maximalista de AMLO

El presidente López Obrador es maximalista. No digo nada nuevo: sus posturas maniqueas y polarizadoras lo reflejan cotidianamente. Lo que no ha recibido tanta atención es su truco de usar el “todo o nada” para justificar decisiones cuestionables en el marco de la 4T: en ciertas condiciones, cuando un mal es grande, AMLO lo juzga incontestable y opta por destruir su hábitat o por mimetizarse.

Me explico con tres ejemplos: 1) asume que la única manera de acabar con la corrupción en entes más o menos corrompidos que le estorban es desaparecerlos; 2) da por hecho que los únicos servidores públicos honestos que ofrecen obediencia ciega son los militares –a quienes hasta 2018 veía con gran animadversión– y decide encargarles casi todo; 3) acepta las tesis de administrar la pandemia y allanarse ante Donald Trump.

La clave en la primera engañifa es la selectividad. El criterio para escoger las instituciones a destruir no es cuánta corrupción alberguen, sino cuán indeseable sea su existencia para los propósitos de AMLO. Su lógica puede resumirse en dos frases: “el erario soy yo” y “al margen de mis padrones nada, por encima de mis padrones nadie”.

De ahí su rechazo a subsidiar a cualquier “intermediario” de la sociedad civil, así como a órganos autónomos o instancias académicas o culturales que no dependan de él. Una vez identificados los competidores en la entrega de servicios, becas u otras ayudas, AMLO procede a desacreditarlos.

Descubre corruptelas –nada más fácil en México–, los exhibe en las mañaneras y anuncia el fin de sus focos de putrefacción. La magnitud no importa, porque a la gente le sobran razones para creer que todo está podrido en este país. Eso sí, cuando se trata de Pemex el criterio es otro –el correcto, por cierto–; aunque esté más corrompida que todos los fideicomisos juntos, no la destruye: trata de depurarla. AMLO solo extingue lo que le estorba para ser el señor y dador de apoyos, sobre todo a los pobres. El Estado mexicano ya no tiene el monopolio de la violencia legítima, pero que nadie ose quitarle al presidente el monopolio de la justicia social.

En el segundo caso están las Fuerzas Armadas. Frente a la pillería en la burocracia civil, AMLO la hace a un lado y atiborra de tareas al Ejército y a la Marina, porque están menos corrompidas y porque cree que lo aguantan. Les abre el cofre: muchísimo presupuesto y poder, como si no estuviesen sujetos a las tentaciones humanas.

Por eso, porque de comprobarse las acusaciones contra el exsecretario de la Defensa se demostrará una vez más que también los militares se corrompen, mostró desazón ante su arresto. Pero ni así enmienda el rumbo. Todo indica que le parece mayor el beneficio de sacar adelante sus proyectos que el costo de echar a perder dos instituciones sólidas y arriesgarse a romper su tradición de mantenerse al margen de la política. Veremos qué hace cuando la DEA apunte sus misiles revanchistas a generales que trabajaron en el sexenio anterior y tienen puestos de mando en la 4T.

El tercer engaño es burdo: puesto que la pandemia es inconmensurable, López-Gatell dixit, no vale la pena hacer muchas pruebas para detectarla. Si no podemos alcanzar el todo nos quedamos con el nada. Sí, ya se sabe que el tlatoani anti-covid ideó esa estratagema para ganarse a AMLO –no gastar en exámenes rima con la austeridad republicana–, pero detrás de ello también está la inclinación de Gatell hacia la inmunidad de rebaño, el darwinismo sanitario que, si bien explica el desdén hacia los cubrebocas, choca con el humanismo de la 4T.

AMLO no quiere enterarse de esta perversión que su subordinado alterna con recitales de poesía, frivolidades mediáticas, un sinfín de grillas y en general con la construcción de su carrera política sobre los cadáveres de decenas de miles de mexicanos. A fin de cuentas, en el tema de salud la salida está siendo la misma: si no puedes con el coronavirus, únete a él.

Por lo que toca a la relación con Trump, AMLO aplica la misma táctica. Piensa que es imposible vencerlo y se va al otro extremo: lo abraza como su amigo. Así como renuncia a limpiar la administración pública y la extingue o la militariza, así como no procura realizar la mayor cantidad de pruebas posible y fomentar el uso de cubrebocas, tampoco intenta contener al bully con sagacidad y firmeza.

¿El emperador quiere que México use a la Guardia Nacional para detener por la fuerza a los migrantes centroamericanos? Adelante. ¿Necesita un acto de campaña en la Casa Blanca para atraer votos latinos? ¡Faltaba más! Si al hacerlo AMLO viola su promesa de brazos abiertos u ofende a los que llama “héroes vivientes” –a quienes Donald Trump ha zaherido y cuyas remesas presume como si fueran logro de su gobierno–, ni hablar, son gajes del oficio.

Porque amistad, lo que se dice amistad, no se ve por ningún lado. Basta revisar el trato dado al gobierno mexicano en torno al expediente Cienfuegos, que tiene un móvil político para ablandar al Ejército y para que, mientras allá se concentra droga, acá se siga esparciendo sangre.

En la era de la ira es fácil apelar al radicalismo. ¿Estás con la 4T o contra el cambio verdadero? Ese reduccionismo es el catalizador del odio entre “liberales” y “conservadores”; sí, el odio que AMLO repudia en la retórica e instiga en los hechos. Y es que le pesa más el maximalismo que la congruencia, como se comprueba con el fallecimiento de su república amorosa y con la militarización y con la claudicación ante la peor versión de Estados Unidos. Es trágico. Sin darse cuenta, el presidente cae en su propia trampa.

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