Paz y justicia simulada

Paz y justicia simulada

He de confesarlo, soy de las escépticas que dudan que en seis meses se vean mejoras en seguridad.

Ciertamente ya hay cambios: hace un par de meses meses visité varios municipios pequeños y fue notoria la presencia de fuerzas del orden y su efecto esperanzador en los habitantes, quienes ya estaban acostumbrados a sentirse olvidados por cualquier instancia gubernamental.

Apenas comienza la guardia nacional, la estrategia follow the money y los programas sociales que buscan mantener a los jóvenes en el estudio y el trabajo. Pero el problema no surgió en un día y no se resolverá en otro.

Ni siquiera puede atribuirse toda la responsabilidad en el tema al gobernante en turno; y no solo ahora, tampoco en el sexenio pasado, y ni siquiera en el anterior.

Casi 40 años de neoliberalismo rapaz dejaron sin oportunidades de estudiar, trabajar, y después sin siquiera poder migrar, a millones de brazos jóvenes que siguiendo el dicho de “a todo se acostumbra uno menos a no comer”, encontraron en la delincuencia la manera de sobrevivir.

La siembra y tráfico de drogas que hoy parecen oficios terribles, fueron durante años ocupaciones toleradas y relativamente aceptadas porque este tinte sangriento que hoy parece inherente a la actividad era mucho menor hasta hace 10 años.

Fue la búsqueda de legitimidad de Felipe Calderón en 2006 lo que bañó de sangre un negocio ilícito claro, que hasta entonces era considerado un mal menor porque eran pocos sus costos sociales y muchos sus beneficios económicos, políticos y sociales también.

Pero la falta de oportunidades y de crecimiento económico, el enquistamiento de la corrupción en los órganos estatales, más la generalización de la violencia y el acceso a drogas y armas de los últimos 15 años crearon la tormenta perfecta de la cual difícilmente se saldrá en tan corto tiempo.

Y es que ante la inseguridad y la violencia no ha quedado siquiera el consuelo de la justicia, porque además pulula el crimen sin castigo.

En esa sed de justicia surgen figuras como la de Isabel Miranda de Wallace, que se vanagloria de la violación de la presunción de inocencia, de la tortura, y del torcimiento del debido proceso y las pruebas periciales para encarcelar a quienes asegura secuestraron y asesinaron a su hijo.

Su aparente posición de víctima, su poder y dinero le han merecido que todo esto se pase por alto e incluso se le permita incidir en las políticas públicas de la materia.

Pero esta sed justiciera alcanza a todos los sectores, a los adinerados y poderosos como la señora Wallace, pero también a los que se organizan comunitariamente.

Hace unos días, tres turistas fueron asesinados en Veracruz aparentemente a manos de la policia conunitaria que les disparó porque corrió el rumor de que se trataba de secuestradores. Así lo creyeron porque un menor que hacía las veces de guía de turistas con ellos no regresó a tiempo a su hogar, y cuando por fin llegó, sus clientes fueron detenidos y ejecutados sin mediar juicio o explicación siquiera.

Deberían bastar las instituciones para contener y satisfacer esa peligrosa sed justiciera, pero hasta las autoridades encargadas de la procuración de justicia cobran vidas cuando la visibilidad de un caso les presiona más de lo común. Marcos García, el joven que murió en la Unidad Académica de Derecho de la UAZ luego de un homicidio ahí, es la mejor muestra de ello.

Lo peor es que con tal de liberar esa presión hasta las propias víctimas corren peligro. Basta decir que “andaba en malos pasos”, para dejar tranquilos a muchos en una falsa ilusión de paz y justicia porque en todo caso, el incidente violento es leído como una especie de Karma y no de injusticia social.

Regresar la seguridad y la paz como tanto anhelamos tardará sin duda. Y si queremos que sea una realidad y no una simulación habrá que ser conscientes que antes de que esto ocurra tenemos que conocer el tamaño de la podredumbre en todos los ámbitos.

En ese camino puede que no nos gusten las cifras, los casos sin resolver, el tiempo que tarde, pero si se hace con verdad bien valdrá la pena. ¿A quien sirve aceptar la simulación y el engaño si la realidad está a la vuelta de la esquina?

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