Nos impele la agonía de la verticalidad

Nos impele la agonía de la verticalidad

Estamos ante una revolución como nunca antes habíamos visto, donde constantemente se pone a prueba nuestra capacidad de adaptación. A estas alturas pasa ya a la historia esa jerarquía basada sólo en el capital. La basada en el conocimiento, además, se ve amenazada ahora ante la dispersión de información, la facilidad para difundir datos verídicos y/o falseados, la inmediatez de noticias mediante fuentes sujetas a fiabilidad y, en definitiva, la disolución de antiguas estructuras que moldearon los últimos dos siglos.
La realidad ya no es plasmada sólo por nuestros padres y nuestro entorno inmediato. De hecho parece que no existe más un entorno inmediato. Para muchos de nuestros jóvenes, el aula no sólo se trasladó a su aparato celular, sino que también los conocimientos y datos se diversificaron y las redes sociales de internet son al tiempo escuela, noticiario y centro de asamblea.
Acaso esto ayude a comprender que detrás de mucha nostalgia de los mayores pueda refugiarse un torcido anhelo de recibir lo que ayer ellos tuvieron que tributar a sus antecesores: un respeto irrestricto, una forzada gratitud que debía prevalecer frente a todo el absurdo de una educación calzada a rajatabla y sin derecho a replicar. Adiós a la verticalidad. Quienes ansiaban una revolución en el esquema familiar, cuando eran hijos, la ven llegar con desventaja para ellos en la anarquía que muchas veces transpiran sus críos.

Incluso en el ámbito político se aprecia cierta subestimación a un valor como la lealtad. Lo antaño reprobable es ahora catalogado como adaptabilidad, medida supuestamente tomada por la convicción y no tanto por el interés. La aparición de aspirantes independientes a puestos de elección popular es otra señal de esta diversa actualidad. Los mensajes políticos ya no son ni canónicos, ni retóricos y ni siquiera reverenciados. Todo es cuestionable, todo es cuestionado. No más tabúes, no más figuras intocables.
Zygmunt Bauman lo advirtió así hace cinco años, en su conversación más memorable con su alumno Riccardo Mazzeo: “Las personas buscan desesperadamente una salvación, y ya no miran hacia arriba, sino a su alrededor”. La red avanza: los modelos de comunicación son ahora “circulares”. Los mítines, las conferencias; incluso los modelos educativos constructivistas postulan la necesidad del trabajo en células dentro del aula.
Bauman aduce, respecto a nuestros jóvenes de ahora, que estos esfuerzos por inquirir soluciones “lo hacen aun más que sus mayores, pues nunca, a lo largo de sus breves vidas, han tenido la posibilidad o la esperanza de que la ayuda les llegue de quienes habitan en las altas esferas».
Y ejemplifica: La más reciente revolución en Egipto, preparada desde y en las redes sociales de internet, no fue iniciativa de la gente con mayor preparación académica. Ese criterio, pues, ha pasado a un segundo o tercer plano. Las categorías se difuminan: los cuarentones quedamos en medio de este enorme cambio magnificado lustro tras lustro.
Los jóvenes de los que habló Bauman son, serán, nuestras hijas e hijos. Con todo, continuamos diseñándoles aulas, bibliotecas, iglesias y auditorios con la estructura anterior. ¿Adiós a la verticalidad?

La sorna popular ha dictado que “nadie es conservador hasta que tiene algo que conservar”. Soltemos, entonces, quienes en algún momento nos hemos pronunciado por la liberalidad. Los cuarentones mexicanos, hijos inmediatos del 68 y sus ansias de tomar el poder para ser más justos y horizontales, debemos consolidar esa transición y atenernos a tal paso. La ética deja de ser un legado vertical para volverse más una convención, una serie de acuerdos, entre hijos y papás, con obligaciones mutuas y no sólo del lado de los menores. También en eso debemos educarnos: la agonía de la verticalidad que hoy se supera nos impele a ser otro tipo de padres, otro tipo de profesores, otro tipo de servidores públicos, otro tipo de oposición, otro tipo de ciudadanos.

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