Èdith Piaf

Èdith Piaf

Hay textos que inevitablemente se tienen que comenzar con un epígrafe. Y si se trata de un enflaquecido, casi cadavérico Jean Cocteau, mucho mejor. Él conocía a Èdith Piaf. Pero la conocía de una manera distinta. Quiero decir que Cocteau fue capaz de ver lo que los demás no veían en Èdith Piaf. Quizás debido a ello mueren el mismo día con tan sólo unas cuantas horas de diferencia. Vamos a la cita: “El barco se acaba de hundir. Este es mi último día en esta tierra”. ¿No les parecen palabras hermosas? Podría ser lo que escribe un hombre minutos antes de morir a bordo del Titanic mientras la orquesta se empecina en continuar con su alegre música. En una servilleta de papel donde guarda la marca de carmín del último beso de una mujer que amó hace muchos años. Estamos de acuerdo en que nadie lee la despedida de ese hombre. Se deshace en el bravío mar. Y vayan ustedes a saber cuál es el último pensamiento de ese hombre.

Sin embargo, Cocteau dice lo del barco cuando se entera de la muerte de Èdith Piaf, quien hasta entonces no sólo es una amiga entrañable sino uno de sus monstruos sagrados. El barco se acaba de hundir. Aventúrense a iniciar algún relato con esta línea. De entrada, sabemos que sea quien sea nuestro personaje está perdido. Vaya con los epígrafes. Cuando das con el acertado se vuelve una extensión importante del texto. Como la pierna artificial del cojo. O el brazo mecánico del manco. Así comenzamos.

Èdith Piaf destaca porque una vez que pisa cualquier escenario se enciende, su voz impone más que su figura o su presencia. Si la imaginamos cantando frente a los soldados alemanes durante la Segunda Guerra Mundial alcanzamos a comprender cuánta luz es capaz de emanar en cada una de sus palabras. Estamos en París, frente a una casa nada especial con el número 72 en la rue de Belleville. Ahí nace Èdith Piaf un 19 de diciembre de 1915.

Veamos: su padre vuelve del frente de batalla, la toma entre sus brazos y la lleva a los circos, donde ella permanece boquiabierta, sobre todo cuando dos payasos dan maromas para hacer reír al público. Hay que imaginar lo que pensaba el padre entonces.               Jean Cocteau la conoce, queda hechizado, ve algo que los demás no ven en ella, y le escribe casi por encargo Le Bel Indiférent (1940), una pieza teatral en un acto para una mujer que ya para entonces se constituye como ícono de la moda parisina que atraviesa el humo de las pipas de los escritores existencialistas.

La interpretación de Èdith Piaf supera todas las expectativas, convence a los que tiene que convencer, y al lado del actor Paul Meurisse ofrenda la primera de sus tantas vidas.

Para la época, Èdith Piaf es la personificación misma de la desesperación. No sólo es su figura. No sólo es su vestimenta. No sólo son los gestos que hace cada que toma el micrófono entre sus manos. Sobre todo es su voz: un alto registro vocálico y una sorprendente capacidad de interpretación. Póngamoslo de esta manera: Èdith Piaf no canta la letra de su basto repertorio sino que lo interpreta, se transforma, en cada una de las canciones es el personaje principal, sabe lo mucho que cuenta la teatralidad cuando está arriba del escenario.

No obstante, una vez que la función termina y debe volver a casa, Èdith Piaf sabe que está sola, y ante el miedo de ese enorme vacío que experimentan los artistas una vez que concluyen su creación, toma a toda velocidad la ruta de la morfina, de los excesos. Las desilusiones amorosas en mucho contribuyen a ello: el avión que trae de vuelta a Marcel Cerdán, con quien sostiene un tórrido romance, se desploma y él muere, como mueren las esperanzas de Piaf una vez que se entera de la noticia. Justo en esta época es cuando canta con más fuerza «Hymne à l´amour» en memoria del recién coronado campeón mundial de peso medio.

Algunas imágenes sobrepasan las cinematográficas. Por ejemplo, la de Èdith Piaf meciéndose en una mecedora de bejuco, tarareando sin mesura alguna, implorando frente a su público no ya la admiración sino la lástima de quien consigue desarraigarse de un mundo que ya desde hace mucho le es ajeno.

De amores Èdith sabía demasiado y frente a sus besos pasaron Marlon Brando, Yves Montand, Charles Aznavour, entre otros, aunque ella ya tenía su único amor, la morfina, el coñac, los cigarros fumados a escondidas y en contra de las prescripciones médicas. Hay un paralelismo en su voz y en su estado de salud: los dos parecen deteriorarse al mismo tiempo, y si bien Èdith canta hasta el último momento, ya no vuelve a ser la misma, aquella que hizo de la canción francesa toda una tradición.

Estamos en 1953 y Édith Piaf se somete a un tratamiento de rehabilitación que pronto abandona. Cuando canta ahora lo hace junto al cadáver de Marcel Cerdán: ella desciende ya en caída libre tal y como lo hizo el avión al estrellarse.

Como sus movimientos en el escenario son lentos y en ocasiones torpes, quienes la admiran aprecian el juego que hace con las luces y las sombras de su pequeña figura. Ya sin equilibrio, se auxilia del atril del micrófono y lo toma como bastón mientras canta, mientras hace estallar su voz y demuestra que ella, Èdith Piaf, aún es capaz de todo, así parece que se los hace saber a las actrices del music-hall.

Uno de sus últimos conciertos, y acaso el más memorable, es el que da en el teatro Olympia de París, local que hasta antes de su actuación se encuentra al borde de la quiebra. Ahí Èdith Piaf canta “Non, je ne regrette rien”, compuesta por Charles Dumont para ella. Ya se le ve fastidiada, inmersa en el viaje de la morfina, sostiene con dificultades el micrófono y parece que en cualquier momento se vendrá abajo.

A su muerte miles de parisinos le lloran y cantan sus más representativas canciones. Dicen que ese día una oscuridad extraña emsombreció las calles de París. ■

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