Mis muertos

Mis muertos

Una bolsa de papel de estrasa. Eso era lo único que necesitaba aquel hombre para realizar tan importante acto de magia. Su rostro era de piedra morena tallada a mano donde apenas si se alcanzaban a ver una que otra arruga. El cabello hacia atrás, envaselinado, siempre envaselinado. El acto consistía en abrir la bolsa vacía de papel estrasa, estirar el brazo y con un sonido suponer que algo repentinamente caía ahí desde las alturas. Nada. No había nada cuando mostraba la bolsa al público. Como muchos de los espectadores tampoco yo hacía preguntas o intentaba descubrir el truco. En eso consiste la magia: la ves, te la crees y punto. Un ignoto objeto caía a la bolsa y misteriosamente desaparecía. Ese hombre se dedicaba, entre tantas cosas, a ser un padre de familia común y corriente de esos que los domingos se llevan a la familia a la carretera en carros viejos, ponen en el tocacintas a Javier Solís o a José Alfredo Jiménez y cantan mientras sacan un brazo por la ventana y con el otro toman el volante. Hay que darle un nombre a nuestro cantante de bigote mal recortado y lentes oscuros: era mi padre.

Uno habla con sus muertos más de lo que parece. Sin embargo, para que las palabras lleguen a donde suponemos que llegan, uno habla con sus muertos con los pensamientos. Es extraño este mecanismo: cuando creemos que hablamos con nuestros muertos es cuando realmente los pensamos y, al hacerlo, los pensamientos se transforman en palabras, porque en ese mismo momento en que el pensamiento y nuestro muerto se cruzan, también se forman cientos de palabras, y ésa es una virtud que tenemos nosotros cuando decimos “he estado pensando en mis muertos”, por eso los memorables y hermosos versos de Quevedo en su soneto “Desde la torre”: “vivo en conversación con los difuntos/ y escucho con mis ojos a los muertos”.

Y no es suficiente un día, una celebración, para hablar y pensar a nuestros muertos. Supongo que apegados más a la religión católica nos acordamos más de ellos cuando sorteamos momentos difíciles. Así como nuestros muertos se llegan a convertir en fuente de admiración, también los llegamos a santificar, por lo que no dudamos en solicitarles que nos cuiden, que nos hagan un favor, que nos apoyen. El hecho es que, bien visto, ellos viven más que nosotros, porque hay recuerdos que perduran de boca en boca, de persona en persona, no así la frágil vida que se rompe a cada instante.

A mi corta edad, él era el hombre más tenaz y más valiente. Tenía toda la figura de un vaquero del Oeste y en mi imaginación le ponía sombrero, cigarro en los labios, grandes pistolas en la cintura, botas vaqueras con espuelas, y lo subía a un gran caballo para que fuese a galopar al lado de Clint Eastwood o del llanero solitario. Si se ha de aclarar el término, él sí era toda una leyenda. Todo lo que escuchabas acerca de sus tantas y tantas hazañas era porque los demás las contaban como las batallas de las que regresa ileso el guerrero o el soldado. Malo para el estudio (cuentan que ni siquiera terminó la primaria), deportista, y con un genio de los mil demonios. Si en busca de mayor acercamiento emocional se te ocurría traspasar esa barrera invisible con la cual él se defendía te llovían insultos y se enojaba. Bueno para los trompones, esos de esquina, del tú a tú, esos donde, hasta antes de las pistolas y las AK47, solucionaban sus diferencias los hombres.

Lo peor no fue que un día se desvaneciera luego de que le diagnosticaran una enfermedad pulmonar incurable, lo peor es que lo hizo poco a poco, padeciendo los dolores y el ataque de una enfermedad que lo obligó a vivir sus últimos días conectado a un tanque de oxígeno. Eso fue lo peor.

Cuando pierdes a un deportista, cantante, escritor que admiras, pronto lo sustituyes por otro, con él lamentablemente no fue así. Murió con la peor de las muertes, ese mismo rostro a lo Eastwood bañado en lágrimas, aferrándose a una vida de la cual ya sólo quedaba un ligero parpadeo, y eso bastó para que, tras repetir que no se quería morir, falleciera uno de los hombres más importantes en mi vida, mi gran tío Darío.

Ella era la defensora de mis derechos para cometer cualquier tipo de estupidez en la adolescencia, cuando crees posible una afrenta contra el mundo y contra lo establecido. Los recuerdos son más bien tramposos y siempre hacemos uso de ellos a nuestro favor. Yo era entonces muy joven y de su casa lo que más recuerdo es el gran patio. Ella me admiraba porque ya desde entonces hacía mis primeras lecturas y mis primeros intentos por escribir. Alegre en la mayoría de las ocasiones, era una de esas mujeres en las que siempre podías encontrar consuelo. Quién sabe cómo, pero lo comprendía todo. Una mujer que bajo ninguna circunstancia, por más dura que ésta fuese, dejaba de trabajar, de llevar alegría a su casa, de invitarnos a probar sus deliciosas enchiladas en salsa verde.

Con todos nuestros muertos ocurre lo mismo: una vez ausentes nos reprochamos el no haber dicho tal o cual cosa, el no haber estado más tiempo a su lado. Un buen día también enfermó de los pulmones y un desgraciado e insensible doctor le dijo que tan sólo le quedaban unos cuantos meses de vida, que el tiempo se podía alargar un poco si se iba a vivir a la altura del mar. Y entonces nos separamos, porque se fue a vivir a Cancún, porque ni siquiera pude viajar cuando aventaron sus cenizas al mar. Era mi tía Rosita.

Hace varios años tuve un intento de suicidio por razones que no vale la pena comentar. En ese momento sostenía una de las mejores relaciones amorosas que he tenido; Lila estaba cuando los hechos ocurrieron y en ningún momento me dejó solo, estuvo junto con mi madre y mi hermana hasta que la tormenta pasó, hasta que regresé a la vida como quien sale de bajo el agua tras aguantar varios minutos la respiración.

Supongo que de haber ocurrido ahora alguien me estaría pensando, porque si bien es cierto que también hay muertos que se olvidan, es un hecho que la lista crece año con año, y es muy triste que así sea, cuando pones de música de fondo alguna canción de Javier Solís.

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