Zacatecas: escalón tras escalón, la vida de todos nosotros

Zacatecas: escalón tras escalón, la vida de todos nosotros
  • Historia y poder

Nadie escuchaba los gritos y los gritos estaban ahí para ser atendidos: es un pueblo que camina mirando hacia abajo, como pidiendo perdón por haber nacido, es decir, la nobleza, el trabajo, la forma más sencilla de encarar al mundo, su naturaleza alucinante y su tradición libertaria sin cortapisas.

La historia de Zacatecas es de las luminosas en el contexto nacional. Se lo dije a un cronista auxiliar de la crónica del estado: para entender la historia nacional hay que acudir a Zacatecas, verle el rostro de cerquitas, retener su seguro de vida con el alma entera, los ojos bien abiertos, muy alejada la envidia, la sinrazón de no tener y pedir prestado para llevar las tortillas a casa, estar tras el volante mientras uno mira cómo los desalmados  mal dirigen la cosa pública, el asunto de todos los niños, de todos los ancianos, de todas las juventudes.

Zacatecas es una ciudad ejemplar y curiosa en el mundo entero: nadie como ella, la ciudad de las montañas y los escalones, de subir y bajar constantemente arriando las piernas a obedecer el instinto tras el pan de las supervivencias. La hija no lo podía creer: cómo era posible que tantos años de sacrificio recibiera tan solo un mendrugo para seguir siendo un delito el continuar viviendo bajo su cielo azul y su tierra roja, enojada por haber desperdiciado tanto talento en el peligro de entrar a sus minas a ofrecer un pan a su consanguíneo que ilustraba todos los esfuerzos por querer salir hacia adelante y no poder pagar las medicinas. ¡Dios me lo bendiga! Me dice la señora del mercado Genaro Codina y uno entra a sus laberintos e ingresa enterita la enseñanza, la complicidad de habernos querido tanto y quizás tan poco.

Que nuestra ciudad haya acuñado monedas de  oro y plata que llegaban como si nada a Centroamérica y la China meridional y su mar amarillo, que en los libros de los hidalgos únicos se haya reescrito la permanencia de todos los esfuerzos en la aventura y la osadía de haber entrado en sus piernas para fecundar la nueva alborada o la epidemia, es cosa de entender: Dios te bendiga entonces pueblo, arríate con tus locas esperanzas, tus enseñanzas turbias, todas las ignominias y el descaro gigante de verte sufrir y no poder hacer nada.

Los pedigüeños se multiplicaban al son de las canciones. No hay melodía que más se repita como la famosa Marcha de Zacatecas cuyo emblema era enaltecer en sus principios a un dictador como Porfirio Diaz Mori, el indio oaxaqueño de ojos azules que alentó el culto a su imagen como enseñanza de que las dictaduras sobreviven si el pueblo tiene pan y circo, conmemoración y sortilegio, represión y cárcel segura. Pero la Marcha continúo como un segundo himno que se extendió a la nación entera y su pueblo la entona con cabalidad y orgullo, presagiando el emblema del pueblo francés que augura: sigue aterrado en tus propias miserias pueblo de los vicios, de los miedos todos, de las calamidades muchas pero feliz por la grieta en el yugo.

La grieta en el yugo: de muchos años atrás viene la historia escrita con sangre y valor de los patriotas que en Zacatecas vieron la libertad no como un sueño sino como la obligación de hacer felices a quien podía hacerlo y serlo: no la explotación despiadada o fingida a través de las elecciones fraudulentas que engañaban y sometían a las grandes mayorías a ser pedigüeños de una libertad y bienestar que se merecían, pero que les fue concedida a través de cuenta gotas con acciones legislativas, judiciales y  mugres operativas a sabiendas de que estaba mal esa acción de rendir cuentas sin que nadie osare hacerlas cumplir al pie de la letra y la acera llena de una sangre inocente exigiendo justicia en los hogares  campesinos y proletarios.

Dios cuide a Zacatecas, todas las bendiciones ha de recibir si sigue siendo un pueblo bueno y noble y compartido y sobre todo rebelde, al crepúsculo, siempre en ristre, siempre alerta, siempre amoroso y compartido. Adiós. Te veré nuevamente un día luminoso más temprano que tarde. Al alba de tus madrugadas rebeldes.

A Lupita Marchant, con el alma toda…■

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