Larga historia ha tenido nuestro país. Y si algo demuestra esa historia es que, cuando las verdaderas transformaciones han ocurrido, casi siempre han nacido desde la oposición: desde grupos inconformes que no se resignaron al estado de las cosas y que, más allá del reclamo, traían una propuesta de nación bajo el brazo.
Cuando los conspiradores comenzaron a reunirse en la Nueva España, no se juntaban solo para quejarse del virreinato. Buscaban libertad, justicia y un nuevo orden político. El movimiento independentista tomó fuerza porque conectó con el sentir popular; no fue una ocurrencia aislada, fue una propuesta que logró convencer a la mayoría de que otro México era posible.
Una vez consumada la Independencia, los problemas no terminaron; al contrario, se agravaron. Y vino otra gran transformación. Benito Juárez y su generación no solo enfrentaron a conservadores y a un imperio extranjero: traían consigo una propuesta clara, las Leyes de Reforma. Separación Iglesia-Estado, igualdad ante la ley, construcción de instituciones republicanas. No fue sencillo, pero lograron convencer a un país dividido de que ese era el camino.
Décadas después estalló la Revolución Mexicana. Entre muchas otras causas, se buscaba terminar con una dictadura y hacer valer la democracia. Francisco I. Madero tenía claro el primer objetivo: derrocar el porfiriato. Sin embargo, en los pocos años que fue presidente no logró consolidar ni comunicar con claridad un proyecto integral de nación, y eso debilitó su mandato. No fue sino hasta 1917, con la promulgación de la Constitución, que se presentó una propuesta estructurada que dio orden a las profundas problemáticas sociales, agrarias y laborales del país.
El gran paso de 1917 permitió la creación de instituciones y le dio forma a la vida política y pública de México durante el siglo XX. A partir de los años sesenta, la oposición comenzó a tener voz, primero de manera marginal frente a un aparato gubernamental poderoso y hegemónico. Sin embargo, no dejó de luchar por abrir espacios y mostrar que había alternativas.
En el año 2000, el PAN logró convencer a una mayoría de que tenía un proyecto distinto al del PRI, que representaba el cambio democrático que el país necesitaba. La alternancia fue histórica, pero el proyecto prometido no transformó de fondo las estructuras del poder ni la vida cotidiana de millones.
Desde 2006, el movimiento encabezado por AMLO mantuvo un discurso constante: un proyecto alternativo de nación, un “cambio verdadero”. Podía gustar o no, pero era una narrativa clara, repetida hasta el cansancio: “Por el bien de todos, primero los pobres”. No fue improvisado. Fue una propuesta sostenida durante años que finalmente, en 2018, fue avalada de manera contundente en las urnas.
Hoy la disputa por el poder parece concentrarse dentro de MORENA y solo dentro de MORENA. Pero cada vez más se percibe que la lucha es por posiciones, por candidaturas, por control interno. El proyecto de nación empieza a desplazarse a un segundo plano frente a la lógica del poder por el poder.
Del otro lado, la oposición atraviesa una crisis más profunda: no es capaz de articular ni presentar un proyecto de nación alternativo. No basta con cambiar el logo del PAN o hacer nuevos eslóganes. ¿A quién le importa un maquillaje político si no hay una idea clara de país? De nada sirve modificar la imagen si por dentro siguen vacíos.
Históricamente, las grandes transformaciones en México han surgido de oposiciones con propuesta. Hoy la oposición parece apostar a algo distinto: esperar a que el partido en el poder se desgaste solo, a que llegue una etapa de autodestrucción interna. Tal vez no esté tan lejos. Pero la historia demuestra que el poder no se arrebata esperando; se construye ofreciendo una alternativa.
Mientras no exista esa alternativa clara, sólida y convincente, el tablero seguirá inclinado. Porque en política no gana quien se queja más fuerte, sino quien logra convencer de que tiene un mejor país en mente.
Por ultimo
Siguen los desplantes y los tonos retadores frente a la presidenta. Y la pregunta incomoda es clara: ¿por qué ese valor no aparecía cuando AMLO estaba en Palacio? ¿Se relajó la austeridad… o se perdió también la disciplina? Porque lo que antes era obediencia hoy empieza a parecer desafío abierto a Claudia Sheinbaum.



