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miércoles, 10 agosto, 2022
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Reglas de Operación, ¿tardías?

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Por: ÓSCAR GARDUÑO NÁJERA • Admin •

Punto & Aparte

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Setenta años. Es su edad, aunque en realidad no la aparenta. Quizás sólo cuando sonríe. Desdentado. Un colmillo asoma del lado izquierdo de unos toscos labios. Intuyo que por eso casi no se ríe. Si lo hace únicamente aparece un gesto en su moreno rostro. Rapado. Parece que siempre ha estado así, que en algún momento encontró una fórmula mágica para que el cabello no crezca. Chaparrito. Cuando camina lo hace como pingüino. Una pequeña mochila negra cuelga de su hombro. Las primeras ocasiones lo asociaba con la Coca Cola. El envase de plástico parecía una extensión de su cuerpo. Ya no. Ahora utiliza el mismo envase pero lo llena de agua.

Su equipo favorito de futbol es el América. Cuando hay partido no viste la playera oficial del club, pero sus pantalones viejos de mezclilla llevan bordado el escudo en cada una de las bolsas de las nalgas. Si su equipo gana parece sentirse en paz consigo mismo. Uno es capaz de depositar muchas esperanzas en cualquier evento. Es un acto de supervivencia. Si el mundo te da la espalda tú te las arreglas para depositar un montón de esperanzas donde se te pegue la gana. Por el contrario, si pierde el América, no faltan los que se burlan de él. Son los riesgos de la pasión futbolística. Pero  acepta la derrota e intenta dar explicaciones de por qué ocurrió. Una falla en la delantera. Una mala posición en la defensa.

Cuando llega saluda de mano. En ese instante en que dura el saludo te percatas de sus manos pequeñas y rasposas. Y se sienta frente a su computadora.

Tiene de protector de pantalla a varias mujeres en traje de baño. Cada determinado tiempo cambian. Hermosas mujeres a todo color. Siempre las mismas. Es como si las hubiera encerrado en la computadora para que le alegren la noche. Sé que entre esas mujeres hay modelos o actrices. Desconozco sus nombres.

Con sus pequeñas manos se encarga de corregir fotografías. Una mujer es quien llega hasta su lugar, le proporciona el nombre del archivo, lo abre y corrige las imperfecciones propias de toda buena fotografía. Lleva 38 años haciendo lo mismo. Imagino lo que contestaría si alguien como yo llegara a hablarle de rutina. Cuando pasa de la media noche, jala su silla hasta donde se encuentra una pequeña televisión, toma el control, busca el canal y se dedica a ver su capítulo de Csi: Miami. Desconozco si durante 38 años ha visto esa serie televisiva, lo que sí sé es que en ocasiones ya sabe en qué va a terminar la investigación policiaca que llevan a cabo una serie de detectives. Es un investigador privado. Fíjate en la primera prueba que encuentran, ahí están muchas de las claves. Fue lo que me contestó cuando le pregunté cómo le había hecho para saber el final, es decir, para saber quién había asesinado al hombre. La coincidencia de planteamientos me pareció asombrosa. También los años. Más de 30 trabajando para la misma empresa. Un día de tu vida entras a una grisácea y tenebrosa oficina de recursos humanos, firmas un contrato y ya está: pasan 38 años y seguramente ya el contrato laboral se conserva como un inservible pergamino.

Vive por los rumbos de la Central de Abasto en la delegación Iztapalapa de la Ciudad de México. A las doce de la noche se le acaba el encanto que mantenía de regresar esa noche a casa. Con dos hijos y una esposa, que también trabaja, no se puede dar el lujo de pagar un taxi hasta su casa, así que se queda a dormir encima de alguna de las tantas mesas que hay en el lugar. El encanto vuelve cuando dan las cinco de la mañana. Se levanta y corre en dirección a la estación del Metro San Cosme. Me gustaría saber cuántas de las mesas han sido su cama durante 38 años. Si tiene alguna que sea su preferida. Eso de la televisión sólo es para arrullarme. Son pocas horas las que duermo en la mesa. Hago cuentas. Entre dos y tres horas antes de que den las cinco.

Cuando no es él el que hizo el trabajo me explica algunos detalles. Esa fotografía está mal. A esa le hace falta más color. Varios diputados se preparan para celebrar (¿es la palabra correcta?) el Día Internacional del Síndrome de Down el próximo 21 de marzo. En la fotografía aparecen jalando sus pantalones hacia arriba, con la intención de mostrar los calcetines que llevan puestos. Me explica: son calcetines rayados, son el símbolo del Día Internacional del Síndrome de Down. Sin embargo, en la fotografía no aparecen los calcetines. Los diputados jalan de sus pantalones sonrientes. Uno ignora de dónde provienen sonrisas así. Cuál es su mérito. Él me dice que cortaron mal la fotografía, pero que aún se puede solucionar.

Lleva 38 años trabajando para la misma empresa y le pregunto por su sueldo. Cuando me contesta me queda claro que no está ahí por un factor económico. Tarda un poco en hablar. Primero nos burlamos de un diputado que al mirar hacia otro lado cuando le toman la fotografía aparece haciendo bizcos. Bien peinado pero haciendo bizcos. Atractivo pero haciendo bizcos.

Me pagan 2400 pesos a la quincena. Como si no estuviera al tanto de los sueldos en México, me asombró, luego me siento estúpido por hacerlo y pregunto que cómo le hace. Siempre que hago esta pregunta creo que me darán la receta secreta para vivir con 2400 pesos a la quincena. Lo primero que contesta es que su esposa también trabaja. Y de ahí pasa a los hijos. Dos. Uno en el Politécnico. Otra en el Colegio de Bachilleres. Con el que más se gasta es con el primero. Deja lo de los libros, como sale muy temprano hay que darle para que desayune. Y sale carito.

Descuéntale 500 pesos a mi sueldo. Le pregunto el motivo. Pedí un préstamo de nómina que estoy por terminar de pagar a finales de marzo, principios de abril. Seguro lo utilizó para construir, ¿no?, le cuestiono luego de enterarme que vive en casa propia. Pedí 26 mil pesos. Una parte la utilicé para construir. Aquí hace una pausa. Su mirada recuerda. No sé si se pueda recordar con una mirada, pero sí sé que hay miradas que se pierden con tal intensidad que sabes que se sumergen en algún buen recuerdo. La otra para hacerle la fiesta de XV años a mi hija. Pues ahí la vamos pasando. No te creas, hay que organizarse muy bien.

Al llegar a casa me recuesto en el sillón, pienso en la historia que acabo de escuchar, de alguna manera la armo, pues quien la ha contado lo ha hecho por partes. Es increíble lo que en ocasiones desconocemos del otro. De ese que nos es tan cercano. Y ni siquiera nos presentaron, pienso y enciendo un cigarro. Y ni siquiera sé cómo se llama. Supongo que así ocurre cuando das con grandes hombres. Sólo lo supongo. Es hora de dormir. Ni siquiera sé si existen los grandes hombres. ■

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