spot_img

La reconciliación como política de gobierno

Más Leídas

- Publicidad -

Por: Carlos Eduardo Torres Muñoz •

La política, entendida como mecanismo de solución de conflictos y como alternativa a la guerra, se define necesariamente por la búsqueda de un punto común a partir del cual concitar la acción. La búsqueda de consensos es, pues, inherente a la profesión de la política. Sin embargo, la profesión de político implica también necesariamente la búsqueda del poder, y en ello, la batalla permanente que significa la competencia por este, como instrumento indispensable para el logro de objetivos en toda escala. 

- Publicidad -

Existe ya inclusive una robusta apreciación de la importancia de esta perspectiva en el diseño de políticas públicas, dándose lugar a la influencia, determinante, del rol de los actores, a través, justamente, de la dinámica social y política que implican las relaciones del poder y con el poder. Ello, pues, implica no renunciar en ningún momento a la política en todo lo relativo a la vida pública. No obstante, parece necesario un llamado a revalorar la mejor versión de esta profesión: la del diálogo, la deliberación como método en el que el conflicto es una etapa que da espacio a otra, la del consenso, el acuerdo y la conjunción de esfuerzos para que, partiendo de ese punto de partida mínimo indispensable, se persigan objetivos de bien común. 

Me atrevo a apuntar que dicho consenso mínimo indispensable lo es ahora, como lo fue antes, la sustancia de los derechos fundamentales. Ese reconocimiento explícito de la dignidad que acompaña a cada persona por el simple hecho de serlo, independientemente de sus creencias, preferencias, ideas, condiciones económicas o sociales. Recuperar este discurso, como brújula, y el reconocimiento de unos por otros, parece indispensable para enfrentar los retos que el país, y el globo entero, tiene frente a sí.

Referirse a la reconciliación tiene una causa: el enfrentamiento polarizador que se aprecia hoy en nuestra clase política, que, lejos de reconocerse mutuamente, se agrede a la menor provocación, vulnerando con ello la posibilidad de conciliar aun en lo imprescindible. Ningún movimiento, coalición o partido político, por mayoritario que sea, representa al total que es México, y menos aún tendrá la capacidad necesaria para convocar a la unidad si antes ha provocado el encono y la exclusión. 

La constante pugna por el poder, que es connatural a toda democracia, no implica desconocer la legítima aspiración que el adversario, que no enemigo, tiene para encauzar los destinos de su sociedad. Aunque estas ideas pudieran calificarse de retórica sin novedad alguna, invito a su lectura como un recordatorio de la prudencia, y también a la astucia. La primera como valor moral en la política; la segunda como expresión de coraje para diferenciarse de la corriente. 

No se trata, y hay que expresarlo con absoluta claridad, de un llamado a la unidad, que luego se presta como pretexto para que la clase política justifique la impunidad; tampoco al retorno de un esquema de conciliación que anule las diferencias y obligue al sistema a recurrir a los outsiders para continuar el ciclo de evolución al que se ve obligado conforme a la dinámica misma de nuestras sociedades, y que a menudo representa un alto costo en capacidades institucionales, al desconocerse las virtudes y logros del sistema, así como el riesgo de la polarización social, con sus conocidas consecuencias.

Es un alegato, este, a la deliberación, entendida como un ejercicio en el que, partiendo del reconocimiento y respeto por el otro, se planteen proyectos, alternativas, dudas, diferencias y debates, con seriedad, profesionalismo, sí, en búsqueda del respaldo popular, pero con la responsabilidad de quien se presenta a la competencia por el liderazgo, sabiendo que habrá de responder y rendir cuentas de sus ofertas en la siguiente etapa, que es en la que se asume la tarea de concitar la voluntad y participación de todos los integrantes del cuerpo social y político para alcanzar los objetivos necesarios para la consecución de los fines propios de la garantía del ejercicio pleno de los derechos humanos.

Materias que nos preocupan como país, entre las que podemos destacar la inseguridad y la corrupción, evidenciadas como nunca hoy en un amasiato perverso; los retos que en economía y la relación con nuestro vecino del norte pronto impactarán en el bolsillo de los mexicanos, que también van una con la otra, así como la redefinición de la configuración institucional que atravesamos, requieren de puntos de encuentro que le den al Estado, sus operadores, y aún más, a la sociedad a la que sirven, coincidencias para superar las diferencias. Esa es, en el fondo, la única brújula posible: sin el reconocimiento mínimo de la dignidad del otro, ninguna agenda encuentra piso firme sobre el cual construirse.

@CarlosETorres_

- Publicidad -

Noticias Recomendadas

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Últimas Noticias

- Publicidad -
- Publicidad -