La Gualdra 716 / Cine
En los últimos años, el cine de terror se ha orientado hacia un estilo con características más autorales, que se enfoca en el drama íntimo de sus protagonistas y busca ir más allá del efecto que puedan producir los llamados jumpscares o sustos fáciles, tan comunes en las películas del género. La categoría conocida como “terror elevado”, hace uso del suspenso y lo macabro como una representación o alegoría en torno a la condición humana, a menudo enfocada en experiencias traumáticas o inquietudes de índole psicológica.
Si bien esta tendencia hacia un cine de género intimista y hasta reflexivo ha dado lugar a más de un trabajo fílmico que se puede considerar memorable, también ha priorizado los temas por encima de las formas, dando como resultado que se perciba cierta homogeneidad en muchas de las cintas que conforman el terror contemporáneo.
El año pasado se dio lugar a una ruptura parcial en relación con esa norma, en títulos como Sinners (Ryan Coogler), 28 Years later (Danny Boyle) y Weapons (Zach Cregger). Esta triada de cintas destacó por las intenciones de sus realizadores de jugar o experimentar con las formas del género, con su montaje, así como con el múltiple manejo de tonos y estilos dentro de sus relatos.
Estos esfuerzos resultaron en el retorno de un terror mucho más desmesurado y exagerado, que abraza en todo momento el delirio, el desenfado y el exceso. Dicha inclinación hacia un cine de género mucho menos serio y realista, también se puede percibir en dos cintas estrenadas en el primer trimestre del 2026: The bone temple y Send help.

La primera, dirigida por Nia DaCosta (Candyman, 2021) se trata de una continuación del ya mencionado filme de Danny Boyle, y sigue la historia de Ian Kelson (Ralph Fiennes) un médico que trata de preservar lo poco que aún queda de la humanidad en un mundo que ha sido desolado por el apocalipsis zombi. En medio de todo este caos, un violento joven llamado Jimmy Crystal (Jack O’Connell) recluta a un grupo de personas igual de psicópatas que él, para difundir el terror y la muerte a toda persona con la que se encuentren. Eventualmente ambos personajes cruzarán sus caminos, lo que dará como resultado una emocionante secuencia climática que involucra subyugación, adoctrinamiento y satanismo, todo bajo un número musical con Iron Maiden de fondo.
El filme de DaCosta se alinea con las obras clásicas de zombis de George A. Romero, pero también se empapa del desenfreno distópico de George Miller, a medio camino entre la comedia negra y el cine de tortura, consiguiendo así un cúmulo de imágenes inquietantes que se desbordan y que, por lo mismo, asombran.
El segundo título, dirigido por el veterano Sam Raimi (The evil dead, 1981) cuenta la historia de Linda (Rachel McAdams), una muy eficiente empleada de oficina quien, luego de un aparatoso accidente de avión, termina varada en una isla en compañía de Bradley (Dylan O’Brien), su muy despreciable jefe. Ambos deberán unir sus fuerzas para sobrevivir, siendo Linda la más habilidosa y apta para resolver los problemas que se les presentan, lo que generará en Bradley ciertas envidias y resentimientos que crecerán hasta producir resultados violentos.

El filme transita entre el thriller psicológico y la comedia más perversa y caricaturesca, siendo al final una sátira sobre la competencia por el poder en medio del capitalismo; un poder que cambia de manos, pero no desaparece, porque la jerarquía y los medios que lo perpetúa se mantienen. Este argumento, por otra parte, le permite a Raimi jugar en todo momento con los excesos del género, con el montaje, las transiciones y con la puesta en cámara, lo que resulta en una cinta que en el plano visual siempre se mantiene divertida y estimulante. Incluso si los temas que retrata son complejos, Raimi los confronta desde el absurdo, la falsedad y el escapismo, logrando momentos por demás alucinantes.
Si bien las películas mencionadas son pequeñas excepciones dentro de un panorama mucho más amplio, también son anomalías relevantes dentro de una industria que prioriza cada vez más la norma y la repetición. Cualquier película de terror que se permita ser distinta y que demuestre cierta personalidad, con toda su desfachatez, siempre será un valioso recordatorio de las infinitas posibilidades que todavía se pueden encontrar en el género.



