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martes, 29 noviembre, 2022
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Las reseñas literarias y otras formas de mentir

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Por: ÓSCAR GARDUÑO NÁJERA •

Si de entrada crees lo que se dice en una reseña literaria estás perdido, y muchos te verán como lo que eres: un pobre ingenuo que entra a la librería con el suplemento cultural del sábado o del domingo sobaqueado bajo el brazo, luego de almorzar chilaquiles verdes con huevo en alguna fonda exclusiva de la Condesa o la Roma, y pregunta si tienen ese libro del que se hablan tantas maravillas en la reseña principal de las recomendaciones de la semana, y a cuyo autor primero le agradeces por compartir con los lectores su vasta experiencia libresca, o lo que es peor: su tediosa retahíla académica, y al cual terminas mentándole la madre luego de varias semanas en que nada más no pudiste con un mamotreto de 125 anodinas páginas dedicadas a la novia, o a la que se fue para no volver, o al gatito de nombre curioso con todo y su perfil de Facebook, el cual el autor no duda en sugerirte como amistad en el epígrafe de la primera página.

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Si se mira desde otra perspectiva podemos afirmar que las reseñas literarias son útiles como medios propicios para fomentar la lectura: nos motivan a comprar- consumir un producto- libro, con lo que de alguna manera se apoya en primera instancia a la industria editorial y en segunda al autor del libro, que en realidad gana poco con las ventas del mismo. Hasta aquí vamos bien.

Sin embargo, lo que más llama la atención de las reseñas literarias es que en muy raras ocasiones se hace un análisis crítico del título del que se habla, se carece de los argumentos indispensables para afirmar si el libro es bueno, malo o regular, y si por lo tanto se recomienda su lectura, algo que de alguna manera ya va implícito desde el momento mismo en que se publica la reseña. A mí parecer lo anterior ocurre por varios motivos entre los cuales destaco los siguientes.

El espacio destinado a cada texto en un suplemento cultural es algo que vale oro, y lamentablemente las reseñas literarias, tanto en periódicos como en revistas, carecen de un espacio decente que permita al reseñista hacer un análisis pertinente de la obra literaria. Si de entrada te limitan el número de caracteres en cada reseña sabes que estás frito, que más tardas en pensar cómo arranca tu reseña en que ya rebasaste el espacio que te proporcionan, por eso es que los reseñistas han adquirido con el paso del tiempo vicios que perduran hasta nuestros días.

Si a lo anterior suman ustedes que por cada suplemento cultural y revistas se reseñan más de diez libros al mes la cosa se pone peor. No es que el reseñista no goce del placer de la lectura, pero de eso a leer tres o cuatro libros a la semana por necesidad es como para quedar loco, y muchos reseñistas lo están, créanme.

Obvio, no los leen, y eso nos queda claro cuando leemos las reseñas y nos percatamos que nos cuentan la trama del libro, a la que ellos tuvieron acceso por un boletín de prensa que les llega regularmente por correo electrónico, o ya de plano a fusilarse lo que el editor nos dice en las cuartas de forros del libro con tal de llegar al deadline con la chamba hecha.

Sumen a lo anterior otro factor: la vanidad absoluta y absurda de los autores. Si un autor está por sacar lo que considera es su mejor novela, ni por asomo se le va a ocurrir hacérsela llegar a un reseñista que bien sabe hablará pestes del libro por el simple hecho de que se caen gordos desde que se pelearon en la cantina por los resultados de un partido de futbol. ¿Qué es lo que hace entonces? Manda la novela a sus mejores amigos, compadres no sólo de parrandas interminables sino hasta de las mismas novias o amantes, porque el autor sabe que ese reseñista se verá obligado a hablar bien de la novela, así sea con mentiras, que eso no importa, con tal de conservar la amistad de esa persona, encontrárselo nuevamente en la cantina y servilmente preguntarle si le gustó la reseña que apareció en el suplemento, mientras que los afectados son los que confían en lo que se dice en las reseñas literarias.

En México hay reseñistas destacables, aunque son los menos, y hay medios impresos y electrónicos que proporcionan todo el espacio que el autor necesita para analizar el libro; pero también hay reseñistas que son mercenarios de la industria editorial, que sirven a las editoriales más importantes para ayudarles a vender libros que en ocasiones vienen disfrazados tan sólo de mucha publicidad, reseñistas que se conforman con promover el libro como si promovieran condones o Tupperware, que les basta con cobrar lo poco que se cobra hoy en día por cada reseña, esos son los que nos sobran, y corresponde a la inteligencia y a la sagacidad del lector detectarlos a tiempo, antes de que gasten un dinero que bien les ahorrará unas cuantas mentadas de madre semanas más tarde. ■

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