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jueves, 8 diciembre, 2022
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James Nuño: No es el pasado lo que añoramos, sino la idea del futuro —nuestro futuro—

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Por: BEATRIZ PÉREZ PEREDA •

La Gualdra 546 / Literatura / Entrevistas

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Un lector exigente y un escritor que explora los géneros literarios para pulir su oficio, son algunas de las cartas de presentación de James Nuño. Su atención está en narrar el “drama de lo cotidiano”, por eso los cuentos de su libro Inundaciones también pueden leerse como una especie de crónica de una generación que enarbola bien alto la bandera del desencanto. El agua y la esperanza se escurren facilmente de las manos y los sueños, pero estos cuentos se quedarán largo tiempo en la memoria de sus lectores.

 

Beatriz Pérez Pereda: Ya publicado y con más lectores, ¿cuál es el hilo conductor de los cuentos de Inundaciones que se fraguaron durante casi una década?

James Nuño: Inundaciones es la acumulación de mis preocupaciones de la última década: la pérdida en sus múltiples formas, la depresión inefable, la frustración, la búsqueda y reafirmación del yo de acuerdo a ciertos criterios muy particulares de nuestra época. Y, sobre todo, el drama de lo cotidiano. A estos personajes, en su mayoría, se les colma el plato de aparentes nimiedades sin que puedan meter las manos para evitarlo: desde adolescentes en busca de un asidero, hasta un aldeano que pierde todo en una guerra que no es la suya. De esto me di cuenta mucho después mientras seleccionaba el material que conformaría el nuevo libro, unido de alguna u otra manera por el agua: la lluvia que provoca accidentes fatales, las olas del mar que se asemejan a las de un electrocardiograma decadente, la nieve que sepulta el cuerpo de inocentes, las lágrimas que se funden en el cauce de un río…

 

BPP: Varios cuentos en Inundaciones (y también está en tu novela) tienen un dejo de nostalgia, de cierta frustración por expectativas, propias y ajenas, no cumplidas, un tema caro a nuestra generación, ¿algo de esto hace eco en tu proceso creativo?

JN: Dice el dicho que “todo tiempo pasado fue mejor”. Creo que el axioma nos representa bien a los nacidos en los ochenta, pero con una salvedad: no es el pasado lo que añoramos, sino la idea del futuro —nuestro futuro— que entonces se nos vendió. De acuerdo a aquella utopía, para estos días tendríamos todo arreglado: seríamos los mejores en nuestro ramo, tendríamos al menos una casa, un auto y una bonita familia, una carrera brillante, o lo que sea que nos hubiésemos propuesto desde tiernas edades. Sobra decir que, para gran parte de nosotros, esto no sucedió. Por el contrario, vivimos al día, en relaciones complejas y mayormente efímeras, con poca o nula seguridad laboral, y la certeza, si es que hay alguna, de que nunca podremos pagar una casa propia. Pareciera que nuestra suerte está echada, y estamos siendo aplastados por la ansiedad y un sistema que cada vez nos exige más de nosotros mismos, sin garantía alguna. Y, aun así, de alguna manera, quién sabe de dónde, tenemos esperanza: perseguimos el golpe de suerte que convertirá la nuestra en una historia de éxito, digna de un maratón de Netflix o, al menos, de un videoensayo en YouTube.

 

BPP: Inundaciones tiene dos epígrafes de poemas, uno de Elisa Díaz Castelo y uno de Christian Peña, tu novela Los no muertos tiene uno de William Carlos Williams. ¿eres un lector de poesía? ¿Cuál es tu relación con este género?

JN: Cuando me propuse convertirme en un “lector serio”, comencé por la poesía. Hay un par de libros que aún conservo de esos días; entre ellos, el más significativo, creo, es la Antología de poesía norteamericana editada por la UNAM. Hay en la concisión del poema, una fuerza, un misticismo y una alquimia que, por desgracia, nunca alcancé en mis pueriles pininos como autor. Me alejé un tanto de la lírica, entonces, y me enfoqué, mayormente, en la narrativa, donde como escritor me siento más cómodo, y después en el ensayo. Sin embargo, me gusta regresar de cuando en cuando a la poesía, pues su orfebrería y musicalidad no dejan de asombrarme: en una estrofa, a veces en un verso, está el mundo. Un mundo, al menos. Por eso quizá estas Inundaciones tienen su propio soundtrack: se trata de un intento personal (cuando no una deuda) por transportar las ideas al plano de la abstracción y la sonoridad, tan propias de aquel género.

 

BPP: ¿A quiénes lees, qué libros están en tu mesa de noche, a quiénes admiras?

JN: Mis lecturas, como mi vida, son obsesivas y desorganizadas. Últimamente, en parte como investigación para un proyecto, en parte por gozo y morbo (muchas veces estos van de la mano), me he sumergido en el ensayo referente a la edición: Correo literario, de Wisława Szymborska; Confesiones de un editor, de Walter Hines Page; El autor y su editor, de Siegfried Unseld; Valle inquietante, de Anna Wiener… Por otra parte, tengo en mi mesa de noche (no es propiamente una mesa ni la uso por las noches) algunos libros ya comenzados o a punto de empezar: Cacería de niños, de Taeko Kōno; Despojos, de Lola Ancira; Torcido arado, de Itamar Vieira Junior; la colección Tacita de Té, una chulada de pequeños tomos publicados por le editorial Los Libros del Sargento… En fin, una serie de pendientes que, lejos de reducirse, se irán acumulando con el paso de los días.

 

BPP: Después de una primera novela y un primer libro de cuentos, ¿dónde está ahora tu intención creativa, qué quieres escribir, qué temas quieres explorar?

JN: Ahora me encuentro haciendo ajustes a una novela que, si todo va conforme al plan, muy probablemente sea publicada en algún momento de 2023. También estoy trabajando en una serie de historias cuyo marco es una reflexión sobre el cuerpo humano, las cuales podrían o no convertirse en un volumen de cuentos. De igual forma, tengo una idea rondándome la cabeza relativa al quehacer literario: tanto de creación como de edición. Pero no nos adelantemos: aún queda mucha promoción de Inundaciones por delante.

James Nuño

 

Semblanza

James Nuño (Guadalajara, 1984). Escritor y editor. Becario del FONCA para Jóvenes Creadores (2018-2019) en la categoría de novela. Dos veces beneficiario del Programa de Estímulos a la Creación Artística de Jalisco (PECDA 2010-2011 y 2013-2014). Autor de los volúmenes de cuentos Inundaciones (El Fantasma y la Sombra, 2022) y Fantasmas (Paraíso Perdido, 2015), y de la novela Los no muertos (Paraíso Perdido, 2016, segunda edición 2019). Coordinador editorial del libro de cuentos Días idénticos a nubes (Coed. UNAM/Paraíso Perdido). Cuentos suyos aparecen en las antologías Ruta 80 (Selector, 2019) y Sin mayoría de edad (Literatura UNAM, 2019). @jamesnuno

 

Sala de Pediatría
[Fragmento]

Who’s in a bunker, who’s in a bunker?
Women and children first
and the children first
and the children.
RADIOHEAD, “Idioteque”

 

Las cosas han estado difíciles desde que papá se fue. Mi mamá se ha vuelto repetitiva y amargada, como una de esas canciones viejas que pone cuando limpia la casa. Dice que no puede sola, que está cansadísima y que, por si fuera poco, mi hermana la tiene harta con sus vergonzosas calificaciones, con los reportes de mala conducta y las suspensiones por pelear con sus compañeros: les da de puñetazos, rompe sus lápices, les muerde los antebrazos cuando le presumen sus mochilas nuevas, cuando se burlan del suéter que mi mamá ha olvidado remendar, cuando la llaman “iglesia abandonada” porque no tiene padre… Cuando vuelve a casa, azota la puerta de su cuarto y no sale sino hasta la noche, cuando me escucha llegar y se escabulle al mío para platicar. Yo le digo que aguante; que esos morrillos no saben lo que es tener carencias y por eso dicen pendejadas; que está bien que no se deje, pero debe ser más abusadilla; que le tenga paciencia a la jefa, que se está rifando para sacarnos adelante, que yo mismo estoy chambeando y estudiando bien duro para que muy pronto ninguna de las dos tenga que preocuparse por el dinero… Luego de hablar, la llevo a su cama, la cobijo y le doy un beso en la frente esperando que eso la haga dormir tranquila. Entonces regreso a mi cuarto y me pongo los audífonos para terminar la tarea, leer alguna revista o preparar mis cosas para el día siguiente.

Desde que vi a mi mamá llorar la primera vez, decidí dejarme de niñerías y me dediqué a cumplir con mis obligaciones lo mejor posible: voy todos los días a la escuela, entrego la mayoría de las tareas, trabajo un par de horas en un billar a unos minutos de casa y, cuando hay oportunidad, consigo una lana extra con ciertos trabajillos que salen por ahí: que ayúdame a vender tal cosa, que llévale esto a Fulano pero que no se entere Mengano, que consígueme equis chunche pero que no te cachen… La verdad es que hay ciertas cosas que preferiría no hacer, pero es eso o irme a la cama con la culpa de no haber puesto de mi parte para mejorar, aunque sea un poco, nuestra situación.

Aunque intento estar al pendiente todo el tiempo de mi mamá y mi hermana, hay ocasiones en las que necesito distraerme: dos o tres veces por semana, cuando hago bien las cosas, los batos del billar me invitan una chela al terminar mi turno y jugamos carambola hasta pasadas las diez de la noche. Otros días, mi llegada coincide con los descansos de César, mi vecino de al lado, quien nunca me había saludado sino hasta que se enteró de lo de mi papá. Él es un par de años más grande que yo, y es muy chido, aunque los de la cuadra dicen que es un mamón. Ya está en la universidad —creo que estudia Ingeniería— y tiene una banda de rock. O tenía. Hace un par de meses se cortó el pelo y cambió la guitarra por un trabajo nocturno de camillero en la clínica del barrio, donde su mamá es secretaria. Cuando me ve, chifla, mueve la cabeza y me dice qué onda, morro, ¿ya escuchaste los discos que te presté? Entonces me invita a su casa, selecciona algunos cedés de su enorme colección —Metallica, Nirvana, Silverchair, Smashing Pumpkins, Korn…— y me explica los orígenes de las bandas; me pasa las letras, casi todas en inglés; me dice cómo hacen su música, y por qué debo conocerla. Si ve que algún riff me gusta, agarra la lira, me lo enseña y luego me la pasa, pero tuerce los ojos mientras se ríe y me dice que estoy bien güey cuando la hago sonar horrible, que es siempre. Después toma uno o dos discos y me los entrega en la mano, no sin decirme trucha, morro, no los vayas a rayar.

 

 

https://issuu.com/lajornadazacatecas.com.mx/docs/lagualdra546

 

 

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