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La democracia constitucional es el antídoto

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Por: Carlos Eduardo Torres Muñoz •

Se leerá como una terquedad. Sin embargo, frente a la sensación de desesperanza que despierta el ciclo noticioso que arrancó junto al año y no ha parado de acrecentar la preocupación por el ambiente de incertidumbre, con visos de crisis, no queda sino sujetarse a la historia y a los remedios que, en su momento resultaron los acertados para combatir la zozobra. 

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La democracia constitucional, recordemos, es un modelo surgido del asombro ante las atrocidades cometidas por los regímenes totalitaristas que arrastraron al mundo a la más grave y costosa guerra en la historia de la humanidad. Dicho modelo parte de la premisa de que, para que una democracia se reconozca como tal, no basta con que existan procesos electorales creíbles, en los que la pluralidad, la competencia y la incertidumbre en los resultados sean la constante, sino que resulta indispensable la conciencia de la importancia de los equilibrios entre las mayorías electorales y los derechos de las minorías, a partir de la fórmula de los derechos humanos, que se reconocen no por concesión de poder alguno (incluido el de las mayorías democráticas), sino por la condición misma de dignidad que pertenece a las personas. En tanto vemos a la otrora democracia liberal más antigua del mundo debatirse en un duelo interno cuya polarización se presenta como combustible para escenificar el peor de los desenlaces posibles, también podemos apreciar cómo una conciencia democrática y liberal, aún compartida por millones, logra imponer diques al poder que pretende arrollar a amplias minorías (que coaligadas, antes han logrado formar mayorías) y vulnerar a las personas en sus derechos individuales.

No cabe olvidar que dicho modelo engendró lo que hoy la consume por dentro. Es la teoría que desde hace algunos años se ha venido ampliando sobre la causa por la cual mueren las democracias en la actualidad: el uso de mecanismos democráticos que permiten conquistar el poder para desde este desmantelar el propio sistema. Tampoco es que pueda ignorarse que mucho del problema se encuentra en que los modelos democráticos representativos han producido élites que se enquistan en el poder, consolidando lo que Robert Dahl llamó poliarquía, y aún más, el poder de minorías. Y aunque esta es la realidad de las democracias que reconocemos como tal, el modelo no prescribe ésta condición como exclusiva. Es posible utilizar los instrumentos de la democracia constitucional para desandar dichas limitaciones, a través de la participación activa y comprometida de las personas, sea a través de la rendición de cuentas directa, o mediante el voto; sea en forma de protesta, incidencia y presión, para que otras instituciones del Estado limiten a los poderes que están violentando el espíritu de las Constituciones liberales o combinando ambas. Aunque las ideas caben en unos pocos renglones, lo cierto es que la realidad es mucho más compleja de lo que parece. Sin embargo, la fórmula original del antídoto sigue siendo útil y aún, eficaz. Frente al desafío que vivimos, no cabe duda de que es a través de la política democrática cómo se puede vencer el abuso del poder, sea éste político o económico (cada vez más coaligado); y tampoco hay mucho argumento que contraponer a la idea de que las condiciones que garantizan la dignidad de todas las personas, son indispensables para que cualquier sistema se pueda sostener. 

Este debate, que a ratos parece perdido o cuestión superada, no deja de ser pertinente. Parte de la estrategia se encuentra en que abandonemos lo aprendido para volver a empezar. En tanto que retornamos al sentido común, el extravío funciona como campo fértil para miedo y el uso de éste último por el poder. 

Esa es la pretensión de este apunte como retorno al origen: ya hemos pasado por momentos como éstos. Evitemos repetir el doloroso proceso de aprendizaje. 

@CarlosETorres_

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