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De las aulas a las calles

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Por: José Manuel Palma Márquez •

«Los oprimidos han de ser el ejemplo de
sí mismos, en la lucha por su redención»
Paulo Freire

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La educación debe ser el mejor medio para la emancipación de las poblaciones vulneradas. Debe ser liberadora y autónoma, una que humanice y no academice. Una que funcione de manera paralela a la escuela, a la educación escolarizada. En ese tenor escribo hoy este espacio, que arranca su tercer mes de vida con la honesta intención de brindar un poco de luz a la existencia de quienes habitamos los márgenes de la normalidad.

Según la encuesta ENDISEG del INEGI de 2022 —excelente esfuerzo de medición que urge actualizar—, en México habitan cinco millones de personas que se autoreconocen como parte de la población LGBTIQ+. En Zacatecas se estima un aproximado de 75 mil personas LGBTIQ+. Seguro que miles más no están tales cifras porque reconocerse o no en las letras del acrónimo es, en sí mismo, un acto político que evidencia la diversidad de quienes desafían la heteronorma. De cualquier modo, este grupo, tan heterogéneo como la sociedad misma, enfrenta múltiples necesidades; la educación es una de ellas.

En el terreno de las estadísticas hay un hecho reivindicativo: en México, la población LGBTIQ+ alcanza niveles de escolaridad más altos que quienes no se identifican con la diversidad sexogenérica. El 25.8% de las personas LGBTIQ+ cuenta con estudios de nivel superior, frente al 22.5% de la población que no es de este grupo. En el nivel medio superior, la diferencia también es notable: 36.2% frente a 23.9%.

Esto nota un alto grado de resiliencia frente a un contexto de violencia y opresión. Acceder a lo educativo en una sociedad de la meritocracia permite a las personas LGBTIQ+ alcanzar una calidad de vida que potencia el poder adquisitivo desde el autoempleo, por ejemplo, o la llegada a puestos que exigen una preparación específica.

Pero la educación no solo habita en el terreno de un medio para alcanzar un fin: lo laboral. Existe para dotar de conocimiento que se transforme en herramientas para la afrenta al odio y las múltiples exclusiones que se viven día con día. Como dije, se debe humanizar y no academizar, en el sentido de no hacer de las mentes una masa de autómatas. Entiendo la academia como un proceso vivo que resguarda, compila, organiza, crea y distribuye conocimiento, no solo un montón de universidades o instituciones tiesas.

Pero cuando la academia se encierra en los cubículos de quienes amasan privilegios bajo el pretexto de «aportar algo», traiciona su propósito. Llevar la academia a las calles es hacer que ese conocimiento vivo se funda con las luchas de comunidades como la LGBTIQ+, volviéndose resistencia y creación colectiva.

¿Cómo enfrentar lo anterior? Haciendo que la universidad salga a las calles, que sus docentes pisen el terreno de la realidad. Hace unos días, José Romero escribió en La Jornada que la endogamia es el mayor mal de las universidades en México, un mal que ha evolucionado a cacicazgo y ha convertido a las élites «académicas» en castas. La Universidad Autónoma de Zacatecas, a la que tanto admiro y agradezco, no está exenta de esta crítica: también es, con demasiada frecuencia, un terreno infértil para la acción.

Por ello, la academia debe explotar, romper sus muros. Las poblaciones, como la LGBTIQ+, deben apropiarse de su historia, identidad y cultura colectivas. Como enseñó Henri Lefebvre, las calles son territorios de producción social y conocimiento colectivo, opuestos al academicismo abstracto. La educación liberadora, en el espíritu de Paulo Freire, debe salir de las aulas y convertirse en un acto de resistencia y creación colectiva. Solo así la academia cumplirá su deuda con los márgenes, transformándose en un motor de cambio para quienes luchan por su redención.

Celebro los datos del INEGI y la autonomía económica que brinda el estudio. Encuentro identidad al salir a las calles durante las actividades del orgullo. Reconozco que en la recreación y el ocio hay una pedagogía implícita que deconstruye y construye. Pero creo que las personas que somos parte de la población LGBTIQ+ somos capaces de alcanzar más. Nuestra academia disidente puede aportar conocimiento y, por ende, liberar, en el término freireano, a ese 88.5% que aún no ha logrado acceder a la educación superior. Y ojo, no vinculo la educación con ser mejor o peor personas, con tener mayor o menor calidad humana o moral: se trata de transformar la sociedad, llevando el conocimiento a las comunidades para empoderarlas.

Por eso, desde los márgenes, alzo la voz: que la academia se quiebre y se rehaga en las calles, donde la vida hierve y las luchas respiran. Que el conocimiento no sea un trofeo de élites, sino un arma de las comunidades LGBTIQ+ para reescribir su historia. Que las aulas se vacíen y las plazas y parques se llenen de ideas vivas, de resistencias que, como dice Freire, hagan de los oprimidos el ejemplo de su propia redención. Porque no basta con estudiar: hay que transformar, y esa transformación empieza en la calle.

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