Las ideas de Álvaro García Linera, uno de los pensadores latinoamericanos más lúcidos para interpretar el momento actual, resultan especialmente pertinentes para entender el proceso político que vive Zacatecas. Su análisis deja una enseñanza clara: en tiempos como el que atraviesa el mundo actual no hay espacio para la tibieza.
El último cuarto de cualquier gobierno no está destinado a administrar inercias, sino a definir legados. Es el momento decisivo en el que se determina si un proyecto transforma de verdad o simplemente transita. Zacatecas enfrenta hoy esa disyuntiva: o profundiza el cambio o abre la puerta al desencanto social de cara a las elecciones de 2027.
García Linera advierte con precisión que cuando los gobiernos progresistas se moderan, intentan conciliar lo inconciliable o administran el conflicto sin resolverlo, terminan alimentando las expresiones más radicales de la derecha. La historia reciente de América Latina lo confirma, y la capital de Zacatecas es un ejemplo elocuente.
Por eso, con poco menos de dieciocho meses por delante, urge una definición política sin ambigüedades: radicalizar la transformación en favor de las mayorías. Esto significa ir más allá de los programas asistenciales —ya ampliamente impulsados por el gobierno federal— y avanzar hacia cambios estructurales que incidan directamente en la vida cotidiana de la gente.
Se trata de aprovechar la reducción de los hechos violentos para impulsar empleo mejor pagado, servicios públicos de calidad, transporte público eficiente como el Platabus, obras de infraestructura estratégica como la presa Milpillas, una mejor distribución de la riqueza y un apoyo decidido a la economía popular, que en Zacatecas representa una parte sustancial de la realidad social.
Pero radicalizar la transformación también exige una decisión ética y política dentro del propio gobierno. Quienes hoy ocupan un cargo público deben tener absoluta claridad sobre su papel en este momento histórico. No puede haber espacio para la simulación, como ocurrió en el caso de los productores de frijol.
El funcionario que aspire a una candidatura debe actuar con congruencia. Si su prioridad es ser candidato, como diría Andrés Manuel López Obrador: “que renuncie”. Que deje el espacio a quienes estén dispuestos a dar el último empujón, a asumir el desgaste y a tomar las decisiones difíciles que requiere un buen cierre de gobierno. Porque gobernar en el tramo final no consiste en construir plataformas personales, sino en consolidar resultados colectivos.
Las condiciones de Zacatecas no se resolverán con funcionarios distraídos en cálculos electorales. Se necesitan operadores comprometidos con cerrar fuerte, resolver pendientes y sentar bases sólidas para el futuro.
En palabras de García Linera y López Obrador, en tiempos de crisis la moderación no es prudencia: es renuncia. Nada de medias tintas, ser de izquierda es anclarnos en nuestros ideales y principios, no desdibujarnos, es no zigzaguear.



