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Las lecciones del Ché

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Por: LUCÍA MEDINA SUÁREZ DEL REAL •

El 9 de octubre de 1967, hace 46 años, en la Higuera, Vallegrande Bolivia, fue asesinada una flor que sin embargo, acompaña desde entonces cada primavera.

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Ese día murió Ernesto Guevara de la Serna, el hombre, y nació el mito ¿o sería antes? El Ché Guevara, el mismo que pretenden vendernos como enemigo de su propia lucha. Guevara el que en Vallegrande, Bolivia es adorado como San Ernesto de La Higuera y del que se dice que su maldición llevó a terribles destinos a todos los involucrados en su captura y muerte. Desde los dos balazos que en 1967 recibió en la cabeza al campesino que lo delató, hasta el desplome del helicóptero en el que viajaba René Barrientos, presidente de Bolivia que dio la orden de ejecutarlo. Cultivaron la leyenda también el accidente automovilístico donde murió en 1970 el teniente Eduardo Huerta, que participó en la captura del Ché, el asma kármica que luego de la muerte de Guevara padecería al algente de la CIA que lo identificó, y el balazo que dejó paralítico a Gary Prado, el capitán que lo capturó.

Ese mítico Ché, capturado para siempre por Alberto Korda en la imagen más reproducida del mundo, ha sido tema de libros de autores tan disímiles como Paco Ignacio Taibo II y Jorge Castañeda. De él ya nos han contado tanto y tan bien su paisana argentina Julia Costenla, y su compatriota cubano (como así lo quiso el Ché y esa tierra caribeña) Andrés Castillo Bernal, que pocas novedades quedan en el tintero. Sólo las lecciones de su ejemplo:

De entre ellas, su espíritu de lucha desde que lidió con su primer enemigo de vida: el asma que lo obligaba a dormir en el pecho de mamá para que vigilaran su respiración hasta que tuvo razón de sí y empezó su batalla para vencerla a fuerza de soportar la falta de oxígeno lo más que podía, evitando los medicamentos para no acostumbrar al cuerpo a la salida fácil. Y lo logró, cuando menos lo suficiente para sobrevivir los tiempos de guerrilla al clima de la Sierra Maestra y para cruzar a nado los ríos en los tiempos de los diarios de motocicleta.

Para aprender de él, su amor por la patria grande, por América entera, reflejado en sus palabras indignadas cuando alguien llamó a Argentina su expatria: “Señor, tengo una patria mayor, mucho más grande, mucho más digna que la suya, porque es toda América, señor, y usted no conoce esa clase de patria” decía el revolucionario a quien hoy medio mundo considera propio. Las playeras con su imagen pueden encontrarse lo mismo en los mercados de Buenos Aires, la Habana o Roma. ¿Y cómo no si hizo suya la lucha de tantos pueblos? Si recorrió América Latina llevando el saber de su profesión de médico a cada persona que lo requirió en su camino junto a Alberto Granado y si dejó testimonio fotográfico y literario de toda ella.

También como lección su lucha hasta el último momento, como cuando ya capturado pidió a sus custodios llamaran a la maestra del salón donde lo tenían prisionero, para decirle: “Ah, usted es la maestra. ¿Sabe que la e de sé no lleva acento en ‘ya se leer’? –señalando el pizarrón-. Por cierto en Cuba no hay escuelas como ésta. Para nosotros esto sería una prisión. ¿Cómo pueden estudiar aquí los hijos de los campesinos? Esto es antipedagógico”. La maestra argumentó: “-Nuestro país es pobre”. El Ché: “Pero los funcionarios del gobierno y los generales tienen automóviles Mercedes y abundancia de otras cosas… ¿verdad? Eso es lo que nosotros combatimos”. Sus últimas horas fueron también sus últimos esfuerzos de sembrar conciencia.

Si sus palabras eran efectivas, contra su ejemplo nada podía. Incansable, fue el gran promotor del trabajo voluntario del que decía “es una escuela creadora de conciencia, es el esfuerzo realizado por la sociedad y para la sociedad como un aporte individual y colectivo”. ¿Qué puede discutírsele a aquél que reposa de su labor de ministro como cortador de caña en las zafras azucareras, o como operario en una fábrica?

Decía Bertolt Brecht: “Hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay otros que luchan muchos años y son muy buenos. Pero hay quienes luchan toda la vida, esos son imprescindibles”. De esos es el Ché para la historia, y lo es también para el presente.

Y de todas sus lecciones, quizá la más importante es la que explicitó en la despedida a sus hijos: “Acuérdense (…) que cada uno de nosotros, solo, no vale nada. Sobre todo, sean siempre capaces de sentir en lo más hondo cualquier injusticia cometida contra cualquiera en cualquier parte del mundo…”A los 46 años de su muerte somos muchos los que esperamos que esas palabras resuenen en cada poster, playera, taza, o manta que se hagan con su imagen. ■

@luciamedinas

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