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Sobre la sopa de chocolate

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Por: Manuel Rivera •

Una cosa es proporcionar al prójimo lo hecho en casa y otra muy diferente es verse obligado a tomar una sopa del chocolate propio.

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Como reportero primero e instructor de voceros después, solía hacer ácidos cuestionamientos a mis entrevistados, en la actividad inicial con el objetivo de encontrar notas de primera plana y en la segunda con el de contribuir al abatimiento de la ingenuidad de quienes no podían darse el lujo de poseerla.

Pero como supongo le sucede al buen pecador, tras el disfrute de los hechos me llegó el momento del remordimiento, sobre todo después de ingerir una dosis del elixir que yo mismo destilé.

Dos recuerdos levantan la mano para manifestarse con relación al tema bosquejado. En uno aparece un niño y en otro diversos políticos con pensamiento igualmente infantil. En ambos casos debí asumir el rol de entrevistado, no de entrevistador.

—Gerardo (así también me dicen), quiero hablar contigo —expresó Ángel con la voz de sus nueve años, pero con la seriedad de un adulto.

Sus palabras me comunicaron urgencia y preocupación, lo que confirmó su petición para cerrar la puerta y hablar a solas.

—Necesito que me digas la verdad, por favor, es importante —externó mostrándome su rostro ausente de sonrisas y lleno de circunspección.

¿Qué quería decirme? Lo primero que vino a mi mente fue su posible petición para conocer si era cierta la historia de las abejas y flores como razón de la continuidad de la especie.

—Dime, por favor, la verdad… —pidió y elevó sin querer mi inquietud, no obstante reprimí mi deseo de urgir el cuestionamiento que él deseaba hacer. Preferí sentarme bien y mantener mi mirada serena y actitud dispuesta para conversar.

—Gerardo, por favor no me digas mentiras, dime sólo si es cierto… —dijo provocando que creciera aún más mi expectativa y luego hizo una breve pausa antes de disparar a bocajarro su pregunta:

—¿Existen los zombis?

Aliviado, contesté con mi verdad y a partir de ese día él durmió con una duda menos.

Inocencia parecida, salvo diferencias en la calidad del sueño después de escuchar mi respuesta, encontré en algunos aspirantes a puestos de elección popular, quienes preguntaban en tiempos del anterior partido hegemónico cuál era mi sentir acerca de la factibilidad de sus triunfos electorales. La franqueza aleja a los muertos vivientes, pero también a los vivos desilusionados.

A propósito de mi vida laboral hago otra evocación, que confirma es mejor recetar una cucharada de la medicina hecha en casa, antes de ser recetado con la misma dosis. Hacer textos para emitir declaraciones grandilocuentes en medios controlados me resulta fácil, aunque su lectura exija capacidades histriónicas a los clientes.

Sin embargo, cuando el ambiente que rodea esas declaraciones está determinado por actores externos, la miel puede tornarse en hiel, pues resulta grato interpretar un guion a la medida y molesto ser interpelado por la realidad incontrolada. Tan bonito que es declarar sobre la soberanía y tan difícil que resulta sostener el mismo discurso en medio de las evidencias que lo desnudan.

Satisfactorio es también cuestionar desde afuera el poder que emite esas patrióticas declaraciones, hasta que llega el momento de preguntar si uno mismo sería capaz de cerrar los ojos frente a las vulnerabilidades de su país y desafiar imprudentemente a la nación vecina que sólo sabe de la fuerza e imposición, aunque llene su boca con palabras de libertad que un día vomitará debido a sus contradicciones.

Lo dicho: no es lo mismo dar que tomar sopa del chocolate propio.

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