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jueves, 20 enero, 2022
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Adivinación

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Por: DANIEL WENCE PARTIDA •

La Gualdra 506 / Río de palabras

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Nadie advirtió tu regreso. 

A tu madre no se le rompieron las tortillas a medio cocerse –signo inconfundible de visitas inesperadas– y tu padre no percibió nada diferente en el clima. No había viento, ni lluvia. Estaba ya entrado el mes de agosto y no había viento ni lluvia. Se había instalado un calor seco –como de mayo–, pero no notaste las señales. A lo mucho te sorprendió el letrero de “Bienvenidos” a la entrada del pueblo. Qué tontería, si nadie viene a este pueblo rascuache. 

Pero tu partida tampoco había sido anticipada por nadie: ninguna magia, ningún signo de inconformidad, ninguna riña con tu padre. Aunque en el fondo estabas harto. Te fastidiaban las horas invertidas en la labor, te dolía la espalda de andar agachado entre los surcos; te daba rabia saber que había lugares a los que había llegado ya el progreso. Te entristecía el televisor, no solo porque te mostraba que allá, lejos, había sitios iluminados, con calles de cemento y tiendas espectaculares, sino porque había que golpearlo varias veces con la mano abierta para que funcionara. 

Te prometiste no volver. La idea del pueblo te traía recuerdos de una vida precaria. Tus hijas ni siquiera entenderían cómo se configura un lugar así, y a tu esposa le omitiste casi todo, fantaseando con un lugar inexistente, con una madre menos bruja y un padre menos supersticioso. Eso era para ti: superstición, brujería. Eras demasiado listo para creerle a tu padre que podía anticipar el día y la hora de la primera lluvia del año y, cuando tu madre gritaba “va a picar una culebra en el cerro”, la tildabas de loca. Aunque ambos acertaban siempre en sus pronósticos, te convencías de que era casualidad. Nunca te preguntaste si era sabiduría, o si podían leer la naturaleza. 

  “Iré al pueblo”, anunciaste nomás. Tus hijas y tu esposa no indagaron. Te disculpaste con ellas porque preferías ir solo. No juzgaron tu decisión: 23 años lejos, sin hablar con tus padres más que para saber si seguían vivos. 

Te detuviste a la entrada del caserío. “Bienvenidos”, leíste varias veces desde dentro de la Grand Cherokee que rentaste en el aeropuerto.

–A donde voy hay tierra y piedras –advertiste al empleado que llevaba bordada en la camisa la frase “Rent a car”, para que te diera una camioneta adecuada, tal vez alta y oscura. 

Habías leído una nota en Facebook donde se narraba que una sequía terrible estaba azotando la región; que los maizales se habían malogrado y había parcelas enteras de frijol acabándose. Pensaste en tu padre. En los pastizales caídos, en el ganado a medio morir. Mientras avanzabas por la brecha comprobaste que las milpas no se habían logrado, que las matas desnutridas habían crecido poco o se habían torcido con el peso de sus hojas, aunque algunas tenían jilotes que más tarde comprobarías que estaban molenques, y acompañarías a tus padres en su duelo ante los paredones secos y cuarteados de esa tierra negra que parecía invencible. 

Cruzaste el pueblo. Sus calles eran otras, de concreto, rodeadas por cerros y potreros cuyos colores no correspondían al mes de agosto. Echaste de menos no solo la lluvia, sino las familias de burros que solían causarte pesar al verlas resistir durante mañanas enteras las tormentas de otra época. Tu madre solía decir que los burros eran resistentes, aunque ahora te cuenta que ya casi no se les ve por allí, que posiblemente se estén extinguiendo… “igual que la lluvia”, remata en voz muy baja. 

A las 8 a. m. estacionaste la Grand Cherokee afuera de la casa. Olía a café. Tocaste la puerta. Abrió tu madre. Tardó unos segundos en reconocerte. Te abrazó. Habías imaginado un abrazo eufórico, pero no se concretó. Dio dos pasos atrás y te miró de pies a cabeza. 

–No me di cuenta de que venías –dijo. Y se hizo a un lado para cederte el paso. Frente al televisor, tu padre daba sorbos a una taza humeante. 

–Leí sobre la sequía y me preocupé por usted –dijiste. La forma de respeto con que te dirigiste a él concordaba con tu cuerpo encorvado–, por ustedes –te apresuraste a corregir tu torpeza machista. Se saludaron en silencio. Preguntaste cuándo comenzó la sequía; si había esperanzas; cómo estaba la gente; qué opinaba el sacerdote. 

–¿Saben cuándo va a llover? –lanzaste finalmente la pregunta que habías estado formulando desde que saliste de tu casa, con la esperanza de que en las palabras de tu padre o de tu madre estuviera contenido el fin del mal tiempo. 

–Es que no es temporal –dijo tu madre–. Hace algunos años que no acertamos nada. Ya no sabemos leer el mundo.

–O a lo mejor las matas torcidas son el mensaje –agregó tu padre, cuya frente mojada anticipaba el calorón del día. Tú tragaste saliva, aterrado ante la realidad, y encendiste un cigarrillo.

https://issuu.com/lajornadazacatecas.com.mx/docs/la-gualdra-506

Daniel Wence Partida
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