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viernes, 1 marzo, 2024
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Un viaje circular en el Coecillo, como eterno retorno en espiral

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Por: ELENA BERNAL MEDINA •

La Gualdra 607 / Literatura / Libros

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[…]Quédate aquí, no partas en la noche
porque detrás de estos sombríos muros
tiene que haber una morada tierna
donde, callando en la quietud suave,
se nos entregue todo…

[…]Todo lo que buscaste inútilmente
a lo largo del día por este laberinto
de signos y de símbolos de la ciudad antigua,
lo encontrarás seguro si te quedas
a oír en el silencio una música
que no se oye…

Antonio Colinas

 

No sé si a ustedes les pasa lo mismo que a mí al reencontrarse con un libro, que es como si fuera con un amigo, al descubrir que sigue la relación a pesar de la distancia física y el tiempo de ausencia; aunque no siempre queremos volver a la relectura, pero cuando lo hacemos, miramos con una mezcla de sorpresa y recuerdo de lo que se había quedado ahí, en nuestro ser, para pensar y sentir. En este diciembre pasado, me reencontré por tercera vez, con la novela La Noche del Coecillo,[i] de Alejandro García y veo que a sus treinta años de vida del texto, sigue teniendo vigencia, pues los barrios son las células de las ciudades, sin ellos y sin su gente, se desarticularía la sociedad. Son justamente las personas del pueblo quienes le dan vida y fortaleza al país, a través de su idiosincrasia y trabajo físico insustituible.

Pero ¿qué pasa en esta noche, en este relato del Coecillo?… ¿a dónde nos lleva el autor de Cris, Cris Cri Cri?[ii]… Con la mirada masculina de Otoniel y femenina de Maruca, ambos hermanos, él un chiquillo que despierta a la sexualidad y ella una ya casi quinceañera enamorada del Ojitos, todavía con mucha ingenuidad; vamos transitando por el barrio, recorriendo sus calles y sus recovecos, no sin antes advertir que todo espacio ya tiene su dueño ganado por derecho de piso; incluyendo a las personas que lo habitan, quienes ya forman parte de esa territorialidad de la que difícilmente saldrán. En este trayecto, se agudizan los sentidos, como dice Otoniel:

 

La boca sabe diferente según sea el lío en que uno ande metido. Ahora me sabe a otra cosa. Si le entras a los pleitos a pedradas, la boca se seca, no te sale saliva, como si te advirtiera que te cuides y más cuando vas en fuga porque los otros tuvieron más parque a la mano. Ya tranquilo, debajo de los lavaderos de la vecindad, la saliva aparece, te sabe sabrosa.

El barullo de la calle te trae otros sabores. Te asomas y ves la bola de gente, los gritos, los empujones, el que ya sangró y busca refugio, el que reparte madrazos, la señora que insulta mientras busca a los suyos.[iii]

 

Si retomamos el tema de la territorialidad y del barrio, qué decir de las bandas, con pleitos infinitos, heredados de generación en generación, que ya forman parte de la historia del lugar y de cada una de las familias del barrio. Aquí no fue la excepción, se vive el enfrentamiento de los yuricos del Coecillo, contra los golfos del barrio de San Miguel; pleitos que a fin de cuentas se hacen cotidianos, aún con sus propios miedos. Como parte de esa misma dinámica, también podemos ver los pleitos íntimos, familiares que comienzan con gestos, palabras y terminan con golpes entre los adultos y con guerra de tamales entre los niños. Así nos dice Otoniel:

 

Pobres tamales, la furia se nos pasó a nosotros de otro modo. Destelladas, descontones sobre la carne, arrancones de hojas, escupidas de masa. Éramos los indios alrededor de las caravanas. […]Ya no peleábamos cuerpo a cuerpo, solo matábamos y nos íbamos sobre el otro. Así, ya no saboreé, ya no mastiqué, ya no puse orden, metí la mano al bote las veces que me dio la gana y duro contra los cara pálida, al corazón a la carnita humeante, viene la oreja con pelos, la trompa grasosa a mi boca y al suelo-masa, al diablo las hojas. No sé quién fue el primero, pero empezaron los disparos entre nosotros. […] Los indios peleaban aventando a sus víctimas y chúpate esa, primito, en la mera boca abierta y si no cierras el ojo te conviertes en pirata.[iv]

 

Pero hay otros enfrentamientos que no se olvidan, como fue el del 2 de enero de 1946, fecha en la que cientos de personas, para defender su derecho a la democracia, se encontraban protestando por un fraude electoral y fueron baleadas, en la que luego se llamó la plaza de los Mártires:

 

Ese día ocurrió un episodio triste de la historia de León, Gto., con muertos sobre el suelo y una plaza principal teñida de sangre.

[…] Se oyó un trueno claro, como de cuete (sic) y luego un disparo como de pistola y se desató una enorme balacera. A golpes secos de los máuseres pronto se impuso el tableteo de las ametralladoras Thompson que estrenaba el ejército. La gente Horrorizada empezó a correr en todas direcciones ciega de pánico, en busca de una salida, pero coches particulares y vehículos militares las habían bloqueado todas…”.

[…] Así finalizó un episodio triste de la historia de León con muertos sobre el suelo y una plaza principal teñida de sangre, según el diario de circulación de esa época, Juventud Bizarra, aseveró que fueron 300 personas lesionadas y 40 defunciones.[v]

 

Las personas del barrio lo saben, hay una historia subterránea en todas las ciudades, que es reconocida por su gente. El Coecillo no es la excepción. Nos dice Maruca: “[…] Mi papá seguro nos recuerda la vez que mataron a un gential en la plaza y cada dos de enero se viste de luto y se va al mitin de los mártires del 46. Él estuvo el día de la matanza, era un chamaco y salió ileso de puro milagro”.[vi]

Qué buen recordatorio para este tiempo de pre elecciones electorales donde se están disputando la presidencia de México candidatas de dos coaliciones, una más afín al pueblo y otra, que simula y es un títere más de los grupos de poder; esperemos que no exista el fraude electoral, no queremos otro 2 de enero.

A Alejandro García, en su narrativa, le interesa mostrar los hechos históricos que marcaron a la ciudad y a su gente, para que no queden sepultados en el pasado. Que salgan a la luz y sean un parteaguas en la idiosincrasia del ciudadano y de la historia de su ciudad.

Al margen de la historia, en la narración también se dan los momentos de placer, de contemplación, como cuando Otoniel pasa inadvertido y mira cómo las mujeres de la vecindad se bañan en los lavaderos, o cuando Maruca recuerda al Ojitos y puede percibir en su memoria, su aroma de Jockey Club.

Es la memoria, uno de los hilos conductores en la narración, donde está presente el escritor, quien recorre el Coecillo, dejando su corazón ahí, en su barrio de infancia. Pareciera que él es otro personaje más en la historia, quien desde el presente, observa cómo se ha metamorfoseando su terruño, cómo va cambiando hasta dejar de ser, sin perder su esencia:

 

[…] Avanza unos pasos y ve la placa azul. Avenida Morelia. Luego cambia su nombre por Ramos, la que lleva al puente sobre el río del Muerto. Sigue por la calle la Luz, entra en la curva y aparece la fachada del Mercado de viejo. La misma pared alta, amarilla con bordes naranja. Entonces ¿qué ha cambiado? ¿Será porque es de día? Entra y se confunde con vendedores, clientes y puestos. Mundo inmenso. Mundo pequeño. Lo mismo.[vii]

 

Entonces sabemos que no hay escapatoria, que siempre tenemos la necesidad de retornar al lugar donde nos hicimos, donde quedaron los aromas y paisajes urbanos, que nos recuerdan nuestra infancia y adolescencia, donde tuvimos nuestros primeros encontronazos con la vida, nuestras primeras experiencias amorosas, que eran más puras e intensas.

Los personajes tienen sus claroscuros y nos hacen pensar que no somos ni buenos ni malos, más bien pintitos, como diría mi papá. Podríamos pensar en un chavo banda, que roba y a su vez, que defiende a los suyos; o en un Bebeto, que ayuda a todo el mundo y es generoso, pero que también está buscando la oportunidad de satisfacer su lívido y toquetear a las muchachas más tiernitas del barrio hasta llegar hasta las últimas consecuencias. Todo mundo intuimos las caiditas de las personas, sabemos por qué lado cojean y sin embargo, reconocemos que son parte de nuestra historia de vida. Es justamente eso lo que hace entrañable esta novela. Somos por la memoria que los otros tienen de nosotros, somos por el recuerdo de lo vivido en un tiempo, que dejó una huella en nosotros. Somos porque recorrimos unas calles una y tantas veces, a diferentes horas y temporadas del año, sin darnos cuenta que algún día sólo las recorreríamos en nuestra memoria, ésa que se va transformando como el mismo recuerdo en nuestra cabeza, con sus sabores y sus sinsabores, para poder transitar y seguir en él.

 

 

https://issuu.com/lajornadazacatecas.com.mx/docs/la_gualdra_607

 

[i] Alejandro García, La Noche del Coecillo, Taberna Libraria Editores, México, 2023, p.p. 138.

[ii] Alejandro García, Cris, Cris Cri Cri, Lectorum, Col. Marea Alta, México, 2004, p.p. 168.

[iii] Alejandro García, Op. Cit., p. 85.

[iv] Ibid., p. 89.

[v] Recuperado en: https://www.elsoldeleon.com.mx/local/martires-del-2-de-enero-2868625.html

[vi] Op. Cit., p. 96.

[vii] Ibid., p. 81.

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