Ayer trascendió la noticia del asesinato de una mujer transexual en Morelos. No hay detenidos. Hace apenas unos meses que otro transfeminicidio tuvo lugar en el mismo estado. Las violencias hacia las mujeres son, más que nunca, un cáncer que arrasa y destruye la vida a su paso. En esta próxima conmemoración del 8M es urgente redimensionar que las luchas, abiertas hacia múltiples ejes, deben voltear hacia las personas transexuales y no binarias.
El código penal del la CDMX entiende que “comete el delito de transfeminicidio quien, por razón de identidad de género o expresión de género, prive de la vida a una mujer trans o a una persona cuya identidad o expresión de género, real o percibida, se encuentre dentro del espectro femenino de género.” Pretendo desarrollar las siguientes ideas en torno a ese espectro femenino. ¿Por qué causa tanto escozor en la sociedad? ¿Qué implica aceptar lo femenino?
El machismo, síntoma patriarcal, ha colocado a los hombres en el centro de la vida. El género masculino se ha insertado en las instituciones sociales como eje de acción en cada uno de los rubros de la vida. Este mecanismo machista, tan radical como peligroso, ha permeado la posibilidad de discriminar, violar, violentar y hasta asesinar a su alteridad: lo femenino, las mujeres. Ha moldeado la forma de ser hombre y la forma de ser mujer; en pares complementarios que restringen toda posibilidad de ser individuos.
De este modo, todo aquello que se relaciona con la posibilidad y potencia de alzarse desde lo femenino augura una respuesta opresiva en el terreno machista. Tan complejo y enraizado es este fenómeno, que seguro todas y todos llevamos una mochila de machismos al hombro. Mismos que se ejercen día con día en las prácticas cotidianas, tan violentas como silenciosas. Lo dijo Simone de Beauvoir: “El problema de la mujer siempre ha sido un problema de hombres”.
Y en el sentido de lo anterior es que destaco lo problemático de seguir en el uso de lo femenino como excusa para violentar y matar. Didier Eribon dijo “en el principio fue la injuria”; ese acto lingüístico que dicta una posición de inferioridad y deja una marca que estigmatiza y conforma la subjetividad de las personas, mujeres y hombres. La injuria es un cotinuum de violencia verbal e impone agresiones sobre la identidad.
¿Qué se les asigna a los hombres para estar fuera del espectro femenino? No expresar afectos y actuar desde lo racional y la acción; no expresar dependencia ni debilidad; tener mucho deseo sexual y dirigirlo a las mujeres; mostrar a otros pruebas de sus actos hiper-heterosexuales; cosificar a las mujeres desde un erotismo sexista; vivir el propio cuerpo desde la desafectividad; ser homófobo y misógino; ser proveedor; cultivar el honor; vigilar, medir y probar la masculinidad; basar su masculinidad en negaciones y prohibiciones; ejercer una paternidad distante.
Ese conjunto de normas que encasillan en el deber ser de lo masculino han conseguido una consumación de violencias que intentan calcular el poder de unos sobre otros. El escenario geopolítico actual es síntoma de ello. Se dice de manera machista: medir quién la tiene más grande. Y tener un mínimo contacto con lo contrario a ese conjunto de negativas de ser, atrae, en primer término la injuria en el ámbito verbal, y luego la violencia escalada.
En el inicio eran las mujeres que se asemejaban a los hombres por amar a otras mujeres. Los hombres asemejados a mujeres por amar a otros hombres. La limitación de lo humano por el hecho de transgredir la norma machista. Lo femenino como insulto al poder de los hombres. Ahora, con mayores herramientas lingüísticas, vislumbramos las vivencias trans y no binarias y la respuesta se enarbola en exclusión y muerte.
Me preocupa la visión del presente hacia las disidencias sexuales y de género. Hacia las mujeres trans, sobre todo. ¿No estableció Simone de Beauvoir que “No se nace mujer, se llega a serlo” en El segundo sexo? ¿No hemos recorrido ya el devenir del género como una construcción de lo social para prolongar la vida del patriarcado? ¿No basta con la ola de transfeminicidios y feminicidios para entender que hay una estructura que elimina todo aquello que emerge como femenino, desde las infinitas intersecciones que le atraviesan? Por ende, me pregunto, ¿por qué excluir con odio a las mujeres trans y personas no binarias de algunos feminismos?
Entiendo el riesgo que supone alzar una opinión en este sentido; incluso me preocupa. Pero tampoco puedo ser omiso a la realidad que nos atraviesa. No enarbolo mi crítica desde la visión de las verdades absolutas o las generalizaciones; sin embargo, en días recientes se han erigido manifestaciones en contra de hegemonizar la marcha del próximo 8M en Zacatecas. Es un síntoma del que ahora noto más molestia en diversos sectores poblacionales y colectivas atravesadas por el tema.
El rompimiento de los binarismos de género y las tensiones de violencia hacia los cuerpos leídos como femeninos demandan nuevas soluciones. La línea es delgada entre establecer un nuevo status quo de dominación conservadora que excluya e invisibilice cuerpos y realidades, y la libre manifestación pública ante un imperio capitalista, blanco y machista que aún hoy nos mantiene bajo su yugo mortal. La deconstrucción es un proceso inacabado.
Auguro un antes y un después en los feminismos zacatecanos en este 2026. Las mentes jóvenes revitalizan y traen consigo el cambio. Se avecina la conquista de un lugar para esas “otras” que sufren a la vez las violencias del cáncer patriarcal. No hay cabida para el borrado de las experiencias de mujeres disidentes o corporalidades femeninas. No hay cabida para la homogenización de las luchas. A petición de algunas voces que exigen ser leídas: “habemos quienes vivimos el escrache, la funa y la cancelación por defender nuestros bloques como incluyentes, sin embargo hoy más que nunca la disidencia feminista está presente.
Que viva la libre manifestación. El patriarcado, sí o sí, se va a caer.



