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VENEZUELA: NUESTRA IMAGEN A TRAVÉS DEL ESPEJO

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Por: JUAN FRANCISCO VALERIO QUINTERO •

Mal comienza la semana el que lo ahorcan en lunes, dice el aforismo popular. Toda proporción guardada, así ha comenzado este año 2026 en el que tantos y tantos deseos de salud, prosperidad y bienaventuranzas se cruzaron a lo largo y ancho del mundo. Sin embargo, los focos de tensión son muchos; entre los muy conocidos están los conflictos entre Rusia y Ucrania, la cruel e inhumana masacre en Gaza, la hambruna de Haití y el menos conocido, al menos en el continente americano, genocidio en Sudán.  

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Sin embargo, el conflictivo bagaje que arrastra consigo la humanidad explotó en América, concretamente en Venezuela. Durante largos meses se estuvo cerrando el círculo con diversos pero claros mensajes enviados por nuestro democrático vecino del norte. Primero fueron los comentarios descalificatorios al régimen de Nicolás Maduro a cargo de periodistas y/o políticos de bajo y mediano perfil. Luego los señalamientos escalaron a políticos de primer nivel, hasta llegar a emitirlos el propio Donald Trump.  

Para este momento, ya había tenido lugar el bombardeo de diversas lanchas en las costas de ambos océanos. Presumiblemente tripuladas por narcotraficantes, estos vehículos nunca fueron abordados por autoridades competentes, ni se podrá comprobar nunca si, en efecto, transportaban drogas. Sobre ellas cayó el fuego unilateral, arbitrario y presuntamente justiciero. Estos actos constituyen, sin duda, crímenes arteros, pues se trata del uso de la fuerza con propósitos claramente destructivos, sin buscar la prevención de un delito. Algún abogado podrá corregirme, pero no tengo antecedentes de que haya una constitución, en cualquier país, que permita cometer un delito para impedir que se cometa otro. 

Pero esto es culpa levis. Al menos es lo que dice la historia. Por ejemplo, en 2003 los EEUU apoyados por el Reino Unido, invaden Irak, pretextando detener la producción de armamento químico y de destrucción masiva. De manera previa al ataque, estos países habían difundido desinformación, es decir, habían mentido a la opinión pública mundial haciendo aparecer a Irak, y a Sadam Hussein, con un poder y representando un peligro que no correspondía con la realidad. Estaban, como dice Umberto Eco, creando un enemigo. 

En Irak, como en Afganistán, una parte medular de la construcción del enemigo era la lucha contra el comunismo, contra la antidemocracia y en favor de la libertad. Y los hechos son meridianamente transparentes, lo mismo en estos países que en otros que han atravesado por experiencias semejantes. Tras la guerra, ni en Irak ni en Afganistán prevalece la democracia; no solamente por las dificultades que entraña construirla, sino porque ese no era el objetivo de la guerra. 

Decir que Maduro es un dictador no es más que reconocer una verdad evidente. La definición que nos ofrece el Diccionario de la Academia señala: “En la época moderna, persona que se arroga o recibe todos los poderes políticos y, apoyada en la fuerza, los ejerce sin limitación jurídica”. Así las cosas, cabe pensar, sin forzar los términos, que, entre los defensores y los impugnadores, incluso entre sus agresores de Maduro hay, lo mismo, demócratas que dictadores. Pero, agrego, en sí mismo, el hecho de ganar una elección no hace de nadie un demócrata. 

La construcción de Maduro como enemigo incluyó, por supuesto, el señalamiento de haber violentado una elección. A diferencia de Bartlett, a Maduro no se le cayó el sistema, le bastó la compra y, sobre todo, la coacción del voto y el control del órgano electoral. Empleó, además, la violencia del Estado contra sus opositores, persiguiéndolos, encarcelándolos u obligándolos al exilio. Luego del atraco electoral vinieron nuevos elementos: narcotraficante, comandante del “cártel de los soles”. Más exactamente: “narco comunista”, se le ha llamado. Surge, entonces, la duda. Y los otros, ¿qué son? ¿Anarcocapitalistas? Tal vez la marioneta que lee las noticias para el público del tío Richi tenga la respuesta. 

Su imagen como enemigo de los EUU, o de su presidente, lo que puede ser peor, ya estaba acabada. Es de suponerse que la conversación telefónica que sostuvieron tuvo ese propósito y no otro. Quizá no lo entendió, quizá pudo ver en su permanencia en el poder un acto de patriotismo, acaso de heroísmo. O quizá, no supo calcular. Eso, decía Maquiavelo, es la política: la ciencia del cálculo. Ahora, paradójicamente, deberá calcular lo que dice, lo que desee callar y hasta lo que sueñe. 

Moralmente, sin embargo, Maduro es una persona y legalmente un ciudadano. Su detención es, más allá de su persona, un atraco a la ley. Debiera importarnos, por tanto, el curso legal que sigan los acontecimientos. México, por supuesto, no puede ignorar que presencia el remojo de las barbas del vecino. Tampoco que se ha comenzado a tejer su imagen como enemigo: México nos ha hecho mucho daño, nos manda vagos, violadores, criminales; México no controla sus fronteras; la presidenta de México es buena persona, pero el control del país lo tienen los cárteles. La luz que ilumina esta imagen no es para tomarse a broma: “Hay que hacer algo con México”. 

“Tener un enemigo es importante no solo para definir nuestra identidad, sino también para procurarnos un obstáculo con respecto al cual medir nuestro sistema de valores y mostrar, al encararlo, nuestro valor. Por lo tanto, cuando el enemigo no existe, es preciso construirlo”. La llegada de Trump a la presidencia de los EEUU parece echar una lápida sobre una primavera frágil y conflictiva que ha dado frutos comerciales a los dos países. Las razones, si las hay, contra Venezuela, no se compaginan con las que pudiere haber en México. Allá se busca el petróleo y se lo enmascara con la democracia; aquí lo fundamental son recursos naturales de otra índole, además del sometimiento político. La máscara también se esgrime: el narcotráfico.  

Pero en nuestro caso hay un problema entre muchos otros: nuestro gobierno aseguró antes que en México no se produce fentanilo y, pocos meses después, festinaba la destrucción de enormes laboratorios. El tráfico de huachicol debió representar sumas enormes de impuestos no cubiertos en los EEUU. Y los traficantes eran marinos de la Armada de México. Cuando los mexicanos señalamos lo anterior, también se construye nuestra imagen como enemigos: conservadores, neoliberales, etc. Pero los criminales —esos y otros— siguen impunes. Y, más allá de la frontera, no se intimidan con palabras lanzadas al viento.

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