La presidenta Claudia Sheinbaum se encuentra hoy en una verdadera encrucijada, y probablemente en uno de los momentos más delicados desde que asumió la responsabilidad de conducir el país. Lo que tiene frente a sí no es un simple escándalo político ni una tormenta mediática pasajera. Lo que hoy está sobre la mesa tiene la capacidad de mover estructuras, generar tensiones dentro del poder y poner a prueba no solamente su liderazgo, sino también la fortaleza institucional de su gobierno.
La presidenta no puede actuar por impulso, pero tampoco puede voltear hacia otro lado. Tiene frente a sí una decisión que pondrá a prueba la capacidad de su gobierno para demostrar que en México la ley debe aplicarse sin importar nombres, cargos o colores. Porque cuando los señalamientos comienzan a acumularse, el silencio también comunica. Y en política, muchas veces no actuar termina pesando más que cualquier decisión.
Lo delicado del momento es que el contexto tampoco pasa desapercibido. Vaya casualidad que justo cuando se pone en tela de juicio el actuar de la CIA en Chihuahua, aparece esta bomba política que vuelve a sacudir el tablero nacional. Una cosa no justifica la otra, por supuesto que no, pero tampoco se puede ignorar el momento en que ocurre. Cuando el vecino del norte aparece en la ecuación, el entorno político mexicano inevitablemente retumba.
México tiene que tomar sus propias decisiones, con soberanía, con inteligencia y con estricto apego a la ley. Porque si se actúa únicamente por lo que venga desde Estados Unidos, entonces estaríamos aceptando presiones externas. Pero si no se actúa cuando los señalamientos crecen, entonces lo que comienza a debilitarse es la confianza institucional.
Ahí está el verdadero reto para la presidenta.
Las declaraciones de Rubén Rocha Moya tampoco ayudan a calmar el ambiente. Cuando afirma que un ataque en su contra también lo es contra el movimiento, contra sus liderazgos emblemáticos y contra millones de mexicanos que representan esa causa, inevitablemente deja preguntas en el aire. ¿A qué se refiere exactamente? ¿Está hablando de respaldo político o está mandando otro tipo de mensaje? ¿Quiere decir que si cae uno pueden caer más?
Y es ahí donde el escenario se vuelve todavía más delicado. Porque una cosa es defender un proyecto político y otra muy distinta es intentar convertir al movimiento en escudo personal frente a señalamientos públicos.
La presidenta tiene que ser extremadamente cuidadosa. No puede permitir impunidad, pero tampoco puede permitir que la justicia sea vista como persecución política. Tiene que actuar con pruebas, con instituciones y con legalidad. Tiene que mandar el mensaje de que en México nadie está por encima de la ley, pero también que en México las instituciones no actúan por presión mediática ni por conveniencia política.
Y quizá la verdadera pregunta ya no sea qué está ocurriendo alrededor de estos señalamientos. La verdadera pregunta es cómo responderá la presidenta Claudia Sheinbaum cuando la historia comience a exigir definiciones.
Por último
Y mientras todo esto ocurre, el próximo domingo podríamos presenciar el nombramiento de Ariadna Montiel como nueva presidenta de Morena. Si dentro del movimiento ya se tomó la decisión de mover a Luisa María Alcalde por una operación política que muchos consideran deficiente, entonces la pregunta es obligada: ¿qué justifica la permanencia de Andrés Manuel López Beltrán dentro de la Secretaría de Organización de Morena? Es pregunta. Hasta la próxima…



