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El caso de Beto: La infancia como territorio de prevención

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Por: Lizbeth Soto •

La reciente conversación pública detonada por el proyecto Penitencia de Saskia Niño de Rivera, específicamente la entrevista a «Beto», un recluso cuya infancia parece el guion de una tragedia anunciada, ha puesto al país frente a un espejo incómodo. El debate ha oscilado entre dos extremos: quienes reflexionan sobre las grietas del sistema que permiten que un niño se convierta en victimario, y quienes critican lo que perciben como una romantización del delincuente. Sin embargo, la discusión debe elevarse: no se trata de justificar el presente del adulto, sino de intervenir con urgencia en el pasado y el presente de las infancias desde el enfoque del derecho a la educación y los derechos humanos.

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Cuestionar las narrativas de poder y visibilizar los testimonios de quienes habitan las prisiones no es un acto de odio o censura, sino una exigencia de responsabilidad ética. El riesgo de la romantización es real cuando el relato se centra exclusivamente en el trauma del agresor, desplazando el dolor de las víctimas a un segundo plano o sugiriendo que el delito era el único camino posible. La ciencia social nos enseña que el contexto explica, pero no justifica.

No obstante, escuchar historias como las de «Beto» o las narradas en podcasts como Niños del Narco, nos ofrece una radiografía aterradora de la orfandad social. Estos testimonios son el síntoma, no la enfermedad. La verdadera enfermedad es la indiferencia de una sociedad que permitió que esas semillas se corrompieran bajo el sol de la violencia y el abandono.

Este tema no es ajeno ni lejano a nuestra realidad inmediata. Durante mi labor como educadora hace algunos años en la Comarca, me enfrenté a situaciones que desafían cualquier lógica de la inocencia infantil: Un alumno de apenas cinco años amenazando a sus compañeras con violarlas. Recuerdo perfectamente el peso de esas palabras tanto de quién las recibió, que desconocía el significado, pero sobre todo de quién las pronunció, en esos cuerpos tan pequeños y vida cortas. Recuerdo platicar con sus padres e intentar atender la situación desde el aula con los recursos limitados que se tienen.

Hoy, años después, me pregunto: ¿qué será de aquellos niños?. Si a los cinco años un niño ya ha normalizado el lenguaje de la agresión sexual, es porque su entorno le ha fallado de manera estrepitosa. Esos niños no son monstruos en potencia, son espejos de un contexto inmediato que los ha moldeado. Si no intervenimos , estamos simplemente esperando a que el tiempo los convierta en una cifra más del sistema penitenciario.

En el México actual, la tribu ha fallado sistemáticamente. Los datos de la Red por los Derechos de la Infancia en México señalan que miles de niños y adolescentes están en riesgo de ser reclutados por grupos delictivos debido a la falta de redes de apoyo. 

El derecho a la infancia, el derecho a ser protegido, acompañado y educado, es la columna vertebral de cualquier estrategia de seguridad nacional que pretenda ser seria. La prevención no nace en los muros de concreto de una penitenciaría, ni en el endurecimiento de las penas; la prevención efectiva ocurre en los primeros mil días de vida, en el aula de preescolar, en el acceso a la salud mental y en la garantía de que el hogar sea un refugio y no una zona de guerra.

Desde la neurobiología, sabemos que el estrés tóxico en la infancia altera el desarrollo de la corteza prefrontal, responsable del control de impulsos y la toma de decisiones. Un niño expuesto a la violencia extrema está siendo programado biológicamente para la sobrevivencia agresiva. Por ello, apostar por la infancia no es buena voluntad, es una inversión científica pública.

Legislar para proteger a la niñez implica crear sistemas de detección temprana de maltrato y deserción escolar que realmente funcionen. Implica reconocer que las escuelas deben ser centros comunitarios de protección y no solo edificios de instrucción. Si hoy ignoramos al niño que sufre, mañana no podremos sorprendernos del adulto que hiere.

Hoy mismo, mientras usted lee estas líneas, hay miles de niños viviendo la infancia de Beto. Niños que están por elegir, o ser forzados a elegir, un camino que los llevará a la cárcel o a la tumba. No se trata de revictimizar ni de defender lo indefendible; se trata de aceptar una realidad cruda, la seguridad pública de los próximos veinte años se está gestando hoy en la forma en que tratamos a nuestros niños más vulnerables. 

La justicia narrativa debe dar voz a las víctimas, pero la justicia social debe evitar que se sigan creando victimarios. La infancia es el territorio de la prevención. Un niño que hoy es abrazado y educado por su sociedad es un adulto que mañana no tendrá que ser juzgado por ella. 

¡Que a tu teoría y a tus derechos no les falte calle!

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