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jueves, 11 agosto, 2022
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El fin de la reforma

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Por: ALBERTO VÉLEZ RODRÍGUEZ • ROLANDO ALVARADO FLORES •

En la teorización del populismo que introdujo E. Laclau (e. g. “Hegemonía y estrategia socialista” Siglo XXI (1987) Madrid) el elemento crucial para definirlo es la manera en que diferentes demandas se agrupan para formar un movimiento que se mantiene a lo largo de un período dado de tiempo. Si esto se logra, el campo de lo social se divide en dos partes bien definidas. De un lado, “el pueblo” y del otro el “poder”. A esta separación se le conoce como la “frontera interna”. Conforme crece la variedad de las demandas, la cuestión de la unidad se torna decisiva. ¿Cómo mantener unidos a un conjunto heterogéneo de personas con exigencias dispares? La respuesta, según Laclau, es un “líder populista” que desde su discurso logre mantener la separación entre el pueblo y el poder a través de la recreación constante de los fracasos institucionales de este último para satisfacer las exigencias de los diferentes grupos organizados. Por supuesto ese discurso debe ser pobre: no hay manera de darle unidad a todas las exigencias (agua en una colonia perdida, becas para jóvenes en un barrio delincuencial, gas a bajos precios en un asentamiento irregular, terrenos para campesinos en un territorio semi-desértico, democracia para los intelectuales de la clase media alta) más que a condición de construir un discurso altamente abstracto pero comprensible (E. Laclau “Populismo: ¿qué nos dice el nombre?” en Francisco Panizza “El populismo como espejo de la democracia” FCE (2009) Argentina). 

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De acuerdo con la última referencia, definir el populismo como aquello que crea una frontera interna y la sostiene a lo largo del tiempo mediante discursos empobrecidos por su alto nivel de abstracción y simpleza, tiene la ventaja de poder utilizarse para explicar un amplio conjunto de fenómenos políticos a lo largo de la sociedad. Sea en sindicatos, partidos políticos, ejército, universidades, hospitales. Lo único que se requiere, como condición necesaria, es distinguir la existencia de peticiones no atendidas, e inatendibles, por parte de las instituciones respectivas. 

A lo que se añade, como condición suficiente, la aparición de un discurso capaz de darle coherencia a todas estas, de modo que sea sencillo ubicar el origen del problema en el polo del “poder”, y la solución en el “nosotros” construido a partir de demandas sentidas como legítimas. Si se sigue este modelo de explicación se puede notar de inmediato la aparición de un movimiento populista en la Universidad Autónoma de Zacatecas durante los 1970. Los requisitos materiales estaban dados: el crecimiento de la matrícula generó demandas peculiares a la universidad, las que se unieron a las exigencias de campesinos sin tierra y a algunas otras de sectores variopintos. Es claro en este caso que aquello que demandaban los estudiantes (plazas de tiempo completo) y los campesinos (tierras) tienen muy poco que ver entre sí, pero se volvieron elementos aglutinantes de un movimiento que estableció la frontera interna. 

Por un lado, el gobierno abominable del PRI, artero y hambreador y por el otro los estudiantes revolucionarios y campesinos democráticos. Ahora bien, como ya se indicó, mantener estos movimientos requiere de un líder populista, pero, aunque lo hubo, perdió relevancia y el movimiento de estudiantes y campesinos, a fines de los 1970, empezó a desgajarse en distintas agrupaciones: el Frente Popular, los devotos del Partido Comunista etcétera. Las constantes luchas universitarias de los 1980 son demostración de la incapacidad de construcción de una frontera interna. ¿Por qué? En gran medida porque muchas demandas se vieron colmadas por la vía institucional, lo que produjo un funcionamiento normalizado de la vida universitaria. Es decir: el polo del poder se fortaleció a raíz del cambio de signo político del movimiento universitario. Pasó de los signos y demandas de izquierda a los de la derecha por la vía de la institucionalización. Los grupos internos se peleaban por representar al poder, es decir, por asumir la rectoría. Si se usan los términos de Laclau, el fin del populismo universitario significó el fin de la política universitaria. ¿Qué quiere decir esto? Laclau identifica el populismo con la política misma porque adjudica a aquel el monopolio de la construcción de grupos capaces de cuestionar el orden institucional mediante la invocación del pueblo como sujeto del cambio. Si no hay populismo no hay política en el sentido de “cambio radical” sino sólo en el de “administración de las cosas”.

Si la UAZ se institucionalizó, esto significa que ya no hay en ésta cambios radicales, sino sólo administración de los problemas cotidianos. Y estos son, en gran parte, derivados de la administración de las demandas de los docentes. Mientras exista una respuesta institucional a estas demandas la política, entendida como el desafío a esa institucionalidad, no existirá. Por tal motivo no existen reformas radicales en la UAZ, sólo reformas administrativas cuyo fin es siempre el mismo: satisfacer ciertas demandas de los docentes. Entre ellas el salario, no menos que la contratación indefinida y la posibilidad de obtener complementos al salario por diferentes vías (estímulos, pertenencia al sistema nacional de investigadores o creadores). Incluso la reforma en curso tiene esos objetivos. Por eso son prescindibles los docentes: es una cuestión de gestión.

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