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lunes, 6 febrero, 2023
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Procesión de Estado

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Por: LEONEL CONTRERAS BETANCOURT •

Autocomplaciente en grado sumo, eufórico y triunfalista, así lució AMLO en su discurso pronunciado en el Zócalo tras la lenta marcha del domingo 27. Los objetivos se habían cumplido: dejarse apapachar por sus miles de seguidores, darse un baño de pueblo que desde el 2014, con motivo de la protesta en contra de la reforma eléctrica de Peña Nieto no se daba, y que ya extrañaba, y el más importante, responder a los manifestantes del 13 N con otra manifestación para apantallarlos y apañarlos.

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La marcha del obradorismo creo que fue la típica reacción del mandatario a las protestas contra su persona y su gobierno bajo el pretexto de la defensa de un INE que consideran intocable sus adversarios: ciudadanos y partidos, que más que defender al árbitro electoral, estos últimos defienden sus privilegios. Se trataba de ver quién tenía más músculo, poder de convocatoria y recursos para movilizar. Siendo una contienda tan dispareja, Obrador buscó más que el apantalle, el apañe. El desafío de la oposición 15 días atrás lo tomó como una provocación y él respondió con el reto de juntar más gente. Como lo señalaron algunos críticos del presidente, fue la marcha del desagravio. De lo que se trataba era de apañar para silenciar.

A su reacción le llamaron esos mismos adversarios contramarcha, “la marcha del ego” (Tatiana dixit), manifestación del narcisismo y desfile.

Una vez realizada, bien se le pudo calificar como la procesión, no precisamente del silencio, sino una procesión de Estado.

Para este tecleador las marchas son tales cuando van acompañadas de demandas y reclamos de justicia preferentemente contra la autoridad y el gobierno. Ésta fue convocada por el gobierno, ni siquiera por el partido del gobierno, sino por el supremo tlatoani en turno recurriendo al aparato del Estado. Marchar para apoyar al gobernante son más bien actos de alabanza, manifestaciones para alimentar el culto a la personalidad. Se dirá que hay marchas de protesta y marchas de apoyo, lo que puede ser cierto. La que vimos el domingo 27 se acercó más a un desfile cuasi religioso. Admito que en la caminata del Paseo de la Reforma y la parada en el Zócalo se hicieron presentes ciudadanos de manera espontánea y convencidos de la causa obradorista, acudiendo por su cuenta y riesgo y con sus propios recursos.

Sin esperar ser transportados, acarreados les llaman, a la espera de recibir un refrigerio y un estipendio económico. Estos son los convencidos y además los solventes. 

Lo de cuasi religioso de la manifestación tiene que ver con la idolatría y reverencia con la que multitudes buscaban acercarse al presidente cual si fuera un santo o redentor adorado por sus fieles acólitos. Lo que pudo ser un recorrido de dos horas y pico duró el doble por la aglomeración en torno al santo-caudillo. 

En la organización que la procesión del 27 de noviembre que se salió de madre por estar tan mal planeada. ¿Quién puso o de dónde salieron las considerables sumas de dinero? La mayoría de los gastos no salió de los bolsillos de los simpatizantes, funcionarios o gobernadores morenistas. 

Más allá de lo numeroso de la manifestación, no tiene mucha gracia si se convocó desde el poder mismo y con el poder de la presidencia y de los gobiernos de los estados. Si algún mérito tiene fue la numerosa asistencia que acudió con el gancho de festejar los cuatro años en el poder de AMLO.

Ya estando en el Zócalo de la ciudad de México, el presidente se refirió a 110 logros de su gobierno. Desde hace tiempo ya había declarado que los cien compromisos de su campaña prácticamente ya se habían cumplido. Eso no se ajusta a la verdad. Un ejemplo, el esclarecimiento y la verdad completa del caso Ayotzinapa sigue pendiente. No se va a cumplir por las implicaciones de los militares involucrados en el mismo. El gobierno actual tiene en su descargo el que la matanza de la negra noche de Iguala no ocurrió en su gestión, pero podría dejar el enorme pendiente de no lograr su pleno esclarecimiento según se comprometió. AMLO leyó generalidades y puntos con muchas dudas y no pocos cuestionamientos. El suyo, como todos, es un gobierno de claroscuros en el que se registran avances como retrocesos.

¿Alguien le cree que, ante la ola de inseguridad que asola a todo el país, los delitos y homicidios han disminuido?

Cerró su triunfalista discurso poniéndole nombre a su gestión de gobierno; lo bautizó como Humanismo mexicano. Ya el dirigente panista le reclama derechos de autor del blanquiazul y el que el más notable saltimbanqui de la política mexicana y que nunca perderá su vocación oportunista a la par de su lucidez, en su ponencia en la FIL de Guadalajara, insinuó que el gobierno obradorista tiene como sello el oscurantismo.

Lo cierto es que en su triunfalista informe por los cuatro años de su gobierno hubo verdades, medias verdades, y una que otra mentirilla.

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