Amparo Dávila: entre la alteridad y lo fantástico

Amparo Dávila: entre la alteridad y lo fantástico
Matrimonio de Amparo Dávila y Pedro Coronel. Foto tomada del FB del Premio Nacional de Cuento Fantástico Amparo Dávila.

La Gualdra 428 / Amparo Dávila: In memoriam

 

 

 

El 19 de agosto de 1965, Amparo Dávila participó en el ciclo “Los narradores ante el público”, organizado por el Departamento de Literatura, actualmente Coordinación Nacional de Literatura, del Instituto nacional de Bellas Artes. El texto que la narradora zacatecana preparó para esta presentación se llamó Apuntes para un ensayo autobiográfico, texto que fuera publicado por el Instituto Municipal de Cultura del Ayuntamiento de Pinos, Zacatecas en 2005. En este documento, Amparo Dávila nos relata su vida desde sus primeros recuerdos en su natal Pinos, un pueblo frío de callejones y torres, sin luz eléctrica que alumbrara las noches. Dado que no había muchos cementerios en los ranchos aledaños, era a Pinos donde la gente “iba a enterrar a sus muertos”, así fue como Amparo Dávila atestiguó las constantes procesiones funerarias que transitaban por las calles.

Es un deleite leer los apuntes autobiográficos escritos de la propia mano de Dávila, pues, al igual que en sus cuentos, la genialidad de su escritura devela, como si de un cincel sobre el yeso se tratara, la luminosidad entre las sombras.

En el mismo material, Amparo Dávila narra sus primeros acercamientos a los libros que encontró en la biblioteca de su abuelo y su padre. Dávila fue una niña enfermiza, tuvo que ausentarse con frecuencia de la escuela donde aprendió a leer. Cuando se quedaba en casa, pasaba las horas en la biblioteca de su padre donde la Divina comedia, ilustrada por los grabados de Doré marcaron para siempre su existencia.

La atracción que Amparo sentía por los libros era compartida con su curiosidad hacia los experimentos de alquimia con los que se entretenía, como ella misma lo relata:

 

“Mi primera afición fue la alquimia, tal vez por haber nacido en un pueblo de metales. Cuando no hacía frío me escapaba con mis perros hacia la montaña. Cortaba toda clase de flores y hierbas, juntaba pedernales y piedras que me parecían raras. Después pasaba días encerrada en una bodega vacía que había en la casa, llenando frascos con pétalos de flores y moliendo hojas de yedras y de ortigas. Los pedernales y las piedras los bañaba en aguas de colores. Estaba totalmente convencida de que el día menos pensado obtendría perfumes, venenos, oro y piedras preciosas”.

 

Me atrae este fragmento de sus notas autobiográficas. En otro orden de las cosas podemos decir que, con la alquimia de su capacidad creativa, Amparo Dávila, efectivamente creó piedras preciosas, en forma de cuentos. Es el asombro ante lo extraordinario lo que destella en la obra de Amparo Dávila, desde sus primeras publicaciones, poemas místicos reunidos bajo tres títulos: Salmo bajo la luna (1950), Perfil de soledades (1954) y Meditaciones a la orilla del sueño (1954), en donde el tema predominante es la noche, ya puede notarse la fascinación por lo extraño que la perseguiría siempre. Para ejemplificar, me permito transcribir las primeras estrofas del poema “Lentamente caminamos”, donde pueden notarse los tempranos acercamientos al tema de la muerte, las sombras y lo desconocido a través del lenguaje.

 

Lentamente caminamos, oscuros,
pesados, mordiendo el polvo.
intentando negarnos un descarnado dolor;
de nosotros solo queda la cáscara
—dolida sombra—
lo demás, se ha ido.

Recordad, ya lo dije:
mis pasos son ecos milenarios,
dejadme transplantada
en cualquier atardecer
en cualquier calle triste,
¡Qué importa!
Hay algo más allá
de los endebles huesos,
algo que no termina
y solo dice su dolor

 

 

Digo que sus cuentos son como perfumes disfrazados de venenos, porque es magia lo que encontramos en sus cuentos, la invitación abierta a que, como lectores, nos dejemos seducir por lo desconocido. Con lenguaje claro, sin demasiada experimentación narrativa, los personajes de Dávila llevan vidas ordinarias, es a partir de presencias que la misma rutina ordinaria proyecta cuando lo extraño se hace presente.

En su literatura los espacios juegan un papel importante, así las descripciones de las casas, las habitaciones, las escaleras, los jardines, los pasillos que sobresalen en sus relatos. Me gustaría hacer notar la enorme consciencia que tenía Dávila sobre el espacio doméstico, algo que pocas veces se observa al analizar su obra. Para muestra, comparto un fragmento de su cuento “Fragmento de un diario”, texto escrito a manera de diario, en donde un personaje se dedica a practicar diversos niveles de sufrimiento, pero antes de entregarse a sus aficiones nos dice, en una entrada: “Hoy puse un gran empeño en terminar pronto mis diarias tareas domésticas: arreglar el departamento, lavar la ropa interior, preparar la comida, limpiar la pipa…”.

Predomina en su narrativa la experiencia femenina, como en el cuento “Alta cocina”, en donde la trama principal es la compleja preparación de algo que perturba a uno de los comensales. También tenemos el cuento más conocido de Dávila, “El huésped”, en donde una esposa narra los terribles tormentos que sufre ante la extraña presencia de un ser que el marido trajo a la casa.

Por supuesto que lo siniestro guarda una conexión intrínseca con lo perturbador que resulta encontrar extrañeza en lo cotidiano, lo que debería ser conocido por ser habitual. En el estilo de Amparo Dávila, me atrevo a comentar que esa inquietud encuentra su línea medular la imposibilidad de asignar un nombre a lo extraño. No poder definir lo que nos perturba es aún más terrorífico que lo que creemos escuchar o ver, pues cuando nombramos cercamos en un halo de significados, entonces podemos combatirlo. Si no podemos nombrar y definir qué es lo extraño, se produce el miedo. Y el miedo quiebra. Esto pasa continuamente en los cuentos de Amparo Dávila, sus narradores se quiebran y nos quiebran como lectores. Algunos de los cuentos en donde se expone lo que comento son: “El huésped”, “Alta cocina”, “Señorita Julia”, “Moisés y Gaspar”, “Óscar”.

 

2

A los siete años, llevaron a Amparo Dávila a estudiar la primaria en el Colegio Motolinía en San Luis Potosí. Ahí Amparo se encaminó en la escritura. La secundaria la estudió en la Academia Inglesa Welcome, también en San Luis. La frágil salud de la narradora le impidió continuar con sus estudios, no obstante, su vocación como escritora se había desatado y en 1954 llegó a la Ciudad de México con la convicción de dedicarse a escribir.

Amparo Dávila fue secretaria de Alfonso Reyes durante tres años. Fue becaria del Centro Mexicano de Escritores y recibió el Premio Xavier Villaurrutia en 1977. De su trabajo con el gran Alfonso Reyes, en la Capilla Alfonsina, Dávila confiesa: “Aprendí a ser libre y no guiada por algún grupo o círculo literario, o no tener más compromiso que conmigo misma y la literatura”.

Amparo contrajo matrimonio con el pintor Pedro Coronel en 1958, nacieron sus hijas Luisa Jaina y Juana Lorenza. Se publicaron sus libros de cuentos: Tiempo destrozado (1959), Música concreta (1964) y Árboles petrificados (1977). En 1985 apareció una recopilación de sus dos primeros libros de cuento que se tituló Muerte en el bosque. El Fondo de Cultura Económica agregó en 2009, a sus Cuentos reunidos, el título inédito Con los ojos abiertos.

Su independencia estética es una cualidad que convierta la obra de Dávila en una narradora singular, creadora precisa y concentrada en crear sus propios universos. El trabajo que realizó solitariamente por años la reunió con autores que compartían intereses similares, con quienes pudo encontrarse en la distancia, es el caso de Julio Cortázar con quien sostuvo una amistad a través de cartas.

Amparo Dávila vivió en la Ciudad de México hasta el día de su muerte: 18 de abril de 2020. Día triste para las letras mexicanas. Desde aquí la despido, agradezco su convicción por la escritura, su mirada enigmática de hechicera nata. La despido, con la promesa de acudir a sus libros cuantas veces sea necesario, para seguir descubriendo la magia que dejó oculta entre piedras y frascos de flores, yedras y ortigas.

 

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18 de abril de 2020

 

 

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