Despachador de pollo frito: Carlos Velázquez

Despachador de pollo frito: Carlos Velázquez

En México los cuentistas, o los que presumen y presumen que escriben cuentos, son como los patitos feos que no alcanzan a llegar al horno para que alguien los sirva a la mesa a la hora de la cena. Lo feo nadie se los quita. Y a la cena nadie los invita. Son muchos los que presumen, con un orgullo que en ocasiones resulta fastidioso, como de promotores de Biblias, que el cuento está en su mejor momento en México, pero cuando se piden referencias literarias, los mismos que presumen echan a correr, se esconden bajo las faldas de mami, se entiende que su ignorancia respecto a uno de los géneros literarios que goza de mayor tradición en la literatura mexicana es tan grande que hablan solo de oídas, de boletines de prensa, de compadres que se citan en cualquier cantina a criticar a las comadres: entre comadres y compadres se hacen las antologías de cuento en México, no representan a nadie, no pertenecen a ningún grupo literario y, por el contrario, son como todo lo que apesta a cultura en México: endiabladamente elitistas; renegadamente arrogantes y tan sectarios como cualquier asqueroso partido político de izquierda falsificada o de derecha extrema.

Con Carlos Velázquez he mantenido una sana distancia y cuando me tocó criticar su libro de crónicas en la revista Replicante lo hice, le armé las preguntas a rajatabla, no se echó para atrás, las supo esquivar, casi una pelea de sombras, afrontar, defendió su postura desde la única trinchera que sabe hacerlo: la de la literatura, la de la palabra y sin más me calló la boca. Y más allá de enojarme y correr a esconderme tras las faldas de mi mamá yo lo acepté: estábamos frente a uno de los autores más emblemáticos de una época literaria que no le importa nada, mucho menos ser emblemático. Y Carlos Velázquez es así: “valemadrista” por vocación incluso antes que escritor, un noble ser humano (es sarcasmo) y un excelente padre de familia (nuevamente sarcasmo).

Ahora veamos más de cerca “Despachador de pollo frito” (Sexto Piso 2019) como quien llega a buscar entre las sobras del pollo los pellejos para dárselos de comer a los hijos. Desde su trinchera muy personal, Carlos ha sabido valerse de recursos técnicos en su prosa como el lenguaje llevado al límite de sus propias expresiones: la polarización verbal entre el lenguaje escrito y el lenguaje hablado y el uso creativo, y a la vez divertido, de neologismos neobarrocos hacen que los cuentos presentes en este libro carezcan de todo lo que se quiera menos de ingenio.

Lo anterior es algo que conviene recalcar, pues la historia de la literatura en México es más solemne que cualquier evento patriótico un lunes a las siete de la mañana en el Campo Marte, parecería que siempre está de luto, que si no escribes con la seriedad testamentaria de Juan Rulfo estás perdido porque nadie te va a tomar en serio (y la seriedad en la literatura mexicana da mucha risa), y Carlos Velázquez se atreve, patea el trasero de Rulfo y del llorón de Sabines, llega al límite de las fronteras de la literatura mexicana para con sus propios recursos (sin dejar de alto la influencia de lo mejor de la narrativa estadounidense), y sin tanta soberbia (Carlos es ñero, ñero), escupir sobre ella, lo que le vale, a mi juicio, varios puntos extras al menos en este libro de cuentos.

Son cinco cuentos poderosos en su planteamiento y originales en su desarrollo. Carlos Velázquez sabe dinamitar bien el terreno y lo hace con varios de sus personajes. De hecho, estos cinco cuentos que Carlos nos presenta se desenvuelven en torno a personajes de esos que te dejan huella: son demasiado visuales y uno los puede ver actuar conforme lee alguno de los cuentos.

En una entrevista que aún tenemos pendiente (es decir, aún espero las respuestas) le pregunté a Carlos Velázquez si se consideraba como un nuevo Ibargüengoitia. Fui un poco más allá y lo provoqué: Carlos, de hecho a mí me parece que te podría quedar muy bien el mote de un Ibargüengoitia postmoderno. Y no era que yo me tomara al pie de la letra la pregunta. Quizás lo que buscaba era provocar. Porque el único punto que podría unir a los autores es la antisolemnidad. Aunque creo que Carlos Velázquez la lleva al límite y, como señala Elmer Mendoza, la calidad de la literatura de Carlos Velázquez se debe a que “no funciona el ‘sálvese quien pueda’ porque no se salva nadie.

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