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AMLO y el insistente “más de lo mismo”

AMLO y el insistente “más de lo mismo”

Aun antes y, sobre todo después del contundente triunfo de López Obrador en las elecciones del pasado 1 de julio, muchas voces, disidentes y no del sistema y de la democracia liberal, han alzado sus voces para asegurar que el gobierno que legalmente ejercerá AMLO a partir del 1° de diciembre será, simplemente, “más de lo mismo”. Y aunque nos esperance, poco o mucho, el papel que de hecho juega el virtual Presidente de la República, desde su casa de transición, es necesario tratar de comprender a qué se refieren aquellas voces que, desde sus trincheras, aseguran que el gobierno entrante aplicará la misma receta pero en diferente presentación.
En primer lugar, vale la pena celebrar el entusiasmo de millones de mexicanos y mexicanas, sentido en todo el país y en el extranjero, y reflejado el día de la jornada electoral; puedo decir que mi generación jamás conoció a un personaje tan polémico, tan tenaz, persistente y esperanzador como López Obrador. Sin lugar a dudas, cualquier ejercicio político que promueva la vida y nos sitúe en la realidad, es un respiro para un mundo subsumido en la violencia diaria y atroz.
En segundo lugar, y para entrar en materia, creo que también es importante reconocer los límites y las posibilidades que el Estado- Nación y su democracia liberal tienen respecto del sistema mundo, para comprender el porqué de las voces, ya desesperadas, que piden a sus iguales la transformación desde abajo y la certeza que da la confianza en el otro.
Eric Hobsbawm publicó, hace 18 años, un ensayo titulado Las perspectivas de la democracia. En él, muy atinadamente, el historiador marxista nos advierte de los desencuentros que, en el siglo XXI, el Estado tendrá con su población y, más específicamente, el golpe de realidad que las poblaciones occidentales tendremos cuando nos encontremos con que la democracia electoral es incapaz de ofrecernos un verdadero mejoramiento general en los niveles de vida.
La palabra democracia, según el autor, alude al modelo estándar de estado; “un estado constitucional que ofrece la garantía del imperio de la ley, así como diversos derechos y libertades civiles y políticos, y al que gobiernan sus autoridades, entre las que deben figurar necesariamente asambleas representativas, elegidas por sufragio universal y por la mayoría numérica del conjunto de sus ciudadanos, en elecciones celebradas a intervalos constantes, en las que se enfrenten distintos candidatos y organizaciones rivales.”
En primer lugar, y lo hemos constatado en México, la defensa del voto libre no estiba en que garantice los derechos, sino en que permite que la gente (en teoría) se deshaga de los gobiernos impopulares. Así, podemos observar que es cierto que mucha gente no votó por AMLO o por MORENA, sino contra Peña y contra el PRI y que, en realidad, las elecciones son, aunque no el único, sí el medio de control más eficaz que tiene el pueblo para con el Gobierno. Podemos también darnos cuentas, que un régimen de democracia liberal, por sí, no garantizan el ejercicio de libertades y derechos y que, como es el caso de México, ha ocasionado, directa o indirectamente, un número de muertes comparable al de países sometidos a dictaduras militares.
Podemos encontrar el fundamento del gobierno democrático en el pueblo. Ésta es la herencia del siglo XX; la democracia es un gobierno para el pueblo pero jamás, por cuestiones operativas, regido por el pueblo, independientemente si el gobierno es o fuera fascista, comunista, nacionalista o liberal. Pero, como menciona el autor, la actual fase del desarrollo capitalista globalizado está socavando esa herencia: desde el punto de vista moral, el pueblo es un ente cada vez más alejado del gobierno, ya que éste rara vez cuenta con el apoyo del grueso de los ciudadanos. Así, gran parte de los arreglos que los gobiernos llevan a cabo, no benefician a las mayorías y, mucho menos protegen a las minorías. De la misma manera, al no contar el pueblo con los conocimientos técnicos adecuados para tomar decisiones, éstas se arreglan siempre en la cúpula, y quedamos cada vez más alejados de esa toma de decisiones que afectan nuestras vidas. Los gobiernos son incapaces de contener y de resistir los ataques que las mismas libertades democráticas han generado, como la de expresión, y prefieren no dar a conocer esos acuerdos cupulares, sacándolos también de las cámaras de representantes elegidas mediante el sufragio universal. Como ejemplo, podemos ver la centralización de la Administración Pública Federal, propuesta por el virtual Presidente.
“Desde el punto de vista práctico, los gobiernos de los modernos estados-nación territoriales, descansan entres presupuestos: …que tienen más poder que otras unidades que operan en su territorio, que sus habitantes están dispuestos a aceptar de buena gana su autoridad, y que los gobiernos pueden proporcionar a los ciudadanos servicios que de otro modo no sería posible prestar en absoluto…” presunciones que igualmente han perdido validez. En primer término, las empresas transnacionales, debido a su capacidad económica, o los cárteles de la droga en México, con su cada vez más trascendente poder de destrucción, han demostrado que son capaces de sobrepasar el poder y la ley estatales; en segundo lugar, la lealtad y el servicio de los ciudadanos al estado está en declive, ya casi nadie, con gusto, pagamos los impuestos o acudimos a realizar nuestro servicio militar obligatorio. Respecto al tercer punto, la marcada tendencia a debilitar la participación estatal en la regulación del mercado, punto de vista del cual AMLO no ha demostrado abiertamente estar en desacuerdo, debilita la institucionalidad estatal y permite que empresas que no tienen ningún control popular o democrático, tomen decisiones que afectan la vida diaria de poblaciones enteras. Por otro lado, cabe mencionar que dichas empresas adquieren legitimidad a diario, ya que han podido, en muchos casos, brindar servicios y poner a la mano del consumidor (que ha trascendido la figura del ciudadano), bienes y servicios que los estados no pudieron acercarles.
Con lo anterior no se menosprecia la labor de los y las compañeras que participaron activamente en MORENA. Como se mencionó arriba, es de reconocerse ese ejercicio de la esperanza. Lo que se pretende es dejar claro que la falta de legitimidad del Estado-Nación es un hecho a nivel global, y que quizá ese fenómeno no tenga una vuelta atrás.
¿Valdrá la pena ejercer todo el peso de la ley, de manera mecánica, no sólo sobre delincuentes, sino sobre productores, comerciantes, obreros, estudiantes, hombres y mujeres que se figuran libres, con tal de mantener firmes las instituciones estatales que, de manera tradicional, han ofrecido cierta seguridad a nuestros entornos? ¿Será esto posible sin desembocar en lo que algunos llaman el fascismo del siglo XXI? ¿Será posible rescatar al estado-nación de éste proceso histórico real, tangible? Y, si la respuesta es negativa, ¿qué sustituirá al estado-nación como modelo de gobierno popular? Como dice el mismo Hobsbawn, la respuesta sigue siendo una incógnita, pero no por eso debemos dejar de hacerla.

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