Saldos de julio: ¿El retorno de la política?

Saldos de julio: ¿El retorno de la política?

Antes y durante el proceso electoral, fue evidente que la política en nuestro país, había llegado a lo descrito por HannaArendt en La condición humanapues había dejado de ser espacio para interactuar y descubrir la diversidad, mediante el discurso, las palabras. Por el contrario: la actividad política se convirtió en un cansado soliloquio de la clase política consigo misma, incapaz de enterarse que la lógica social se encontraba ya en otra parte, en el vaciamiento del discurso como vía de comunicación, en la total desconfianza a la seriedad y responsabilidad de quiénes, frente a ellos repetían las frases, las muletillas y los conceptos, ya reiterados antes. No hubo espacio para el diálogo, ni para la contraposición, sino apenas para la confrontación. El avance de la campaña trajo consigo, debates que más se convirtieron en concursos de popularidad, ocurrencia e intentos por dejar algo en la mente del espectador. No fue la propuesta, ni siquiera los buenos argumentos los que quedaron, apenas frases hechas, señales corporales, pifias y malos chistes lo que nos dejaron estos ejercicios de diálogo y comparativa entre candidatos.
Predominó la visión de Schmitt, aquella dicotomía amigo-enemigo, tan bien conceptualizada por Bobbio. No hubo espacio para el acercamiento, sino para la traición, no hubo un momento para el reconocimiento, sino para la agresión. No vimos en la campaña asomos siquiera de la democracia, y sí de la decepción.
Sin embargo, el domingo primero de julio, la política reapareció. Desde temprano en el esfuerzo de miles de ciudadanos funcionarios de las casillas, de otros tantos millares que fungieron como representantes de sus distintos partidos, para defender el voto, propio pero también consecuentemente, el ajeno. Millones de mexicanos, que formaron filas para participar a través de su sufragio, permitieron una resurrección insólita de la política.
Por la noche, la actitud responsable, madura y seria, de todos los actores principales de esta etapa de nuestra democracia electoral, permitieron avistar instalada en nuestra historia, a la política, entendida ya como el reconocimiento del otro en el fin común, en la aspiración legítima de alcanzar el poder, sin que ello demerite el respeto por la decisión colectiva y, sobre todo: actuar con corresponsabilidad por las instituciones que trascienden a los episodios y a los hombres.
A partir de la aparición del candidato del Partido en el Gobierno, José Antonio Meade, del candidato del Frente, Ricardo Anaya y posteriormente del Presidente de la República en funciones, Enrique Peña y del Consejero Presidente del Instituto Nacional Electoral, Lorenzo Córdova, se avizoró la consolidación de nuestra democracia, en su tercera alternancia, la faltante, y aún con más entusiasmo, por el abrumador resultado electoral, que aquella noche del 2 de julio del año 2000.
Finalmente, López Obrador, Presidente Electo, desde esa misma noche, y en el trascurso de los días ha venido dando muestras de una faceta negada e incluso incierta apenas minutos antes: la de un hombre responsable con su victoria, pero también con las instituciones a las que agredió en el discurso electoral y que, pareciera ser, pretende fortalecer en la víspera de su ascenso como Jefe del Estado. Su actitud reconciliadora, pero también de reconocimiento a sus adversarios políticos e ideológicos, parece un buen augurio para la práctica de hacer de las diferencias, apenas elementos distintivos en una búsqueda común: el bienestar general.
Los anunciados y bien recibidos (cuando menos por este servidor) nombramientos de Tatiana Clouthier y Zoé Robledo como próximos subsecretarios de gobernación, ambos perfiles serios y dispuestos al diálogo y al entendimiento, junto a la confirmación de la Ministra en retiro, Olga Sánchez Cordero, conocedora como pocos, del significado y alcances de las instituciones que son parte de una Democracia Constitucional moderna, parecen permitirnos ser positivos en torno al retorno de la política como práctica de conciliación de diferencias y consolidación de nuestra democracia en términos sustanciales.
Habrá que mantenerse vigilantes y exigir al nuevo gobierno mantener sus compromisos a favor del diálogo, la negociación y la deliberación democrática permanente, más allá de mayorías, para no retornar a la lógica “legalista” de las reformas pretendidas y dar paso a una concepción democrática-constitucional de la transformación: una que considere, tanto el proceso jurídico-legislativo, como el contenido pro derechos humanos y finalmente, la legitimidad lograda a través de acciones claras de gobernanza. ■

@CarlosETorres_

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