La receta*

La receta*

La Gualdra 332 / Literatura

 

 

Cuando me mandaron por primera vez a la escuela lloré mucho, pues no quería alejarme de aquel lugar acogedor y familiar que era mi casa. Mis padres siempre estaban ocupados, pero la Nana se encargaba de cuidarme y consentirme sin descuidar otras labores. Para animarme a ir a la escuela ella me dijo “Todas esas cosas ricas que preparo salen de este cuaderno, es mi recetario, pero hay que saber leer para sacarle provecho. Anda a aprender que un día te lo voy a prestar”.

Nana Constanza no se separaba de su cuaderno de recetas. Era grande como los de antes, de pasta dura, forro marmoleado y con esquineros. Las hojas en los bordes estaban un poco amarillentas. La escritura en él parecía prolija, diminuta, apretada. “Son las recetas de mi tía abuela Constanza, de la que heredé hasta el nombre. ¡Tienen casi doscientos años! Son como fórmulas mágicas. ¡Los nombres de las especias, de las yerbas, de los platos, ya no se oyen cosas así, pero hay que merecerlo!”.

Los martes y los viernes Nana iba al mercado a hacer la compra. No hacía una lista para ello, más bien examinaba los productos y elegía los de temporada, los que tuvieran aspecto fresco y apetitoso, y al llegar a casa, luego de posar las pesadas canastas, sacaba su cuaderno al tiempo que decía “Veamos qué nos aconseja ahora la tía. ¡Ah, mira!: Gratín de berenjenas y tomates con tomillo. Si le hacemos caso nos va a quedar de rechupete.”

Me daba la impresión de que ese cuaderno era inagotable, de que tenía más recetas que páginas, porque rara vez se repetía un platillo. Si le pedíamos a la Nana que nos preparara de nuevo una comida ella señalaba que los ingredientes tenían que ser de la estación y que eso siempre provocaba variaciones y diferencias.

Unas vacaciones quedé castigada por mis malas notas en la escuela y me consignaron a quedarme en casa. El olor y el calor de la cocina me atrajeron desde niña, así que pedí a la Nana que me llevara con ella, que me enseñara, que me heredara la industria y la pericia que tenía de su tía abuela, ya que, después de todo, mi nombre es también Constanza, y aunque no fuéramos de la misma familia me sentía con derechos de linaje.

Cuando la Nana estaba en la cocina ponía el cuaderno abierto en un cajón del trastero, pero el cajón lo mantenía cerrado lo más posible. Sólo de tanto en tanto lo abría acompañando el gesto con comentarios como “deja tantear si vamos bien”, “voy a consultar esta receta que hace mucho que no hago”, “a ver con qué podemos sustituir este aderezo”, y así me iba dando indicaciones y consejos. Me parece que le daba gusto tener mi compañía y algo de ayuda, pues ya se le veía cansada si bien su disposición no disminuía. Poco a poco fui pasando de las tareas de lavar y picar a las de agitar y mezclar, y muy pronto a las de cuidar la cocción, la fritura, el horneado. Pero Nana nunca me dejaba a mí ver el cuaderno.

-¿Puedo ver a cuánto precaliento para el suflé de coliflor, Nana?

-Eso tiene que ser muy preciso, niña, y a esta letra tan antigua no le vas a entender.

Así pasaron esas benditas vacaciones. Otros veranos vinieron y se fueron.

Cuando la Nana murió yo ya me había ido a vivir lejos para seguir mis estudios. No pude estar en el entierro, pero en mi siguiente visita a la casa le pregunté a mi madre por el cuaderno.

-¿Cuál cuaderno?

-El de recetas, ese que la Nana nunca soltaba. Había sido de su tía abuela, también llamada Constanza. Me prometió que me lo dejaría.

-Constanza, hija, la Nana no sabía leer. Ni siquiera se llamaba Constanza ni había tenido una tía abuela de ese nombre, y el cuaderno era sólo una viaje libreta de raya que se encontró en una covacha.

 

*Cuento tomado del libro, Palabras en juego, en el que participan, además de Maliyel Beverido, Henry Ballesteros y José Luis Cabada. Palabras en juego está editado por la casa editorial Efímera y publicado en Colombia; será presentado durante el mes de abril en ese país en la FILBO.

 

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