Hacia una política artística y cultural digna de Zacatecas

Hacia una política artística y cultural digna de Zacatecas
Gonzalo Lizardo

La Gualdra 308 / Cultura: a un año de gobierno

En contra de la opinión común, el arte y la cultura no son sectores prescindibles, que deban ser atendidos sólo después de satisfacer las “necesidades básicas” de la sociedad. Lo comprueba un hecho histórico: jamás ha existido una sociedad plena y libre sin un desarrollo cultural y artístico igualmente pleno y libre. La razón es obvia: sólo a través del arte y la cultura, los individuos pueden adquirir la fuerza de espíritu (los valores, las ideas, los símbolos, las convicciones) que necesitan para trabajar, desarrollarse y convivir en sociedad. Un gobierno que desee realmente el bienestar y la seguridad de sus ciudadanos, no debe olvidar ese principio: el desarrollo artístico y cultural consolida el desarrollo productivo y social sin el cual no es posible vivir en paz y libertad.

En el renglón específico del arte, si el gobierno estatal desea promoverlo debe trabajar en dos direcciones: por un lado, favoreciendo la formación y la creación de los artistas e investigadores locales mediante becas, talleres, galerías, escuelas, bibliotecas; por el otro, formando a los espectadores mediante foros, eventos y publicaciones que enriquezcan su acervo cultural y afinen su gusto crítico. Es obvio que esta doble formación —tanto de creadores como de público—, no será óptima si permanece impermeable al arte y la cultura que se producen en otros lugares del país o del mundo. En un mundo globalizado, donde los valores de un pueblo o un individuo son constantemente cuestionados por los demás, es imposible convivir o hacerse respetar por “el otro” si no conocemos, valoramos y respetamos sus valores.

Ahora bien, ¿cuáles son los criterios que el gobierno debe seguir para promover esta doble formación, tanto del público como de los creadores? Sin duda, estos criterios deben ser plurales e incluyentes, fomentando valores como la tolerancia, la participación cívica, el respeto a los derechos humanos y de género. Al mismo tiempo, debe apoyar tanto el arte con arraigo popular (incluyendo el llamado arte de la calle), pero también el llamado “arte culto” (o de vanguardia), necesario para que los ciudadanos se actualicen con las propuestas y las reflexiones del arte contemporáneo: junto con las propuestas más innovadoras, que revolucionen nuestra concepción del arte, también deben promoverse aquéllas que ayuden a preservar nuestras tradiciones culturales. Se trata, por tanto, de promover un equilibrio dinámico, que nos ayude a conocernos mejor, pero que también nos impulse a transformarnos, por el bien de cada uno y de nuestra sociedad.

Para aplicar esta política, el principal obstáculo a vencer son las interferencias producidas por los vaivenes sexenales, que condicionan el quehacer artístico a las circunstancias de cada período gubernamental. Lo adecuado sería que esta política de promoción fuera implementada por los propios artistas, que, a través de un consejo estatal, plantearan y discutieran las acciones que se implementarían a corto, mediano y largo plazo: un consejo transparente, libre de burocracia, integrado por artistas de reconocida capacidad, sin importar su ideología o su filiación partidista.

*Narrador, ensayista y docente investigador de la Universidad Autónoma de Zacatecas.

 

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