Alba de papel

Alba de papel
  • El dolor de un México indignado
  • El proyecto político, cada vez más lejos de la sociedad y de las minorías
  • Inaceptable que se destinen tantos recursos para combatir la inseguridad y se restringa a las humanidades
  • La cultura y el fortalecimiento de la identidad, prioridades urgentes

El tema de la cultura está ligado indisolublemente a la política y por muchos años en la historia de este País, ha sido un grave error, marginarlo a la frivolidad ornamental del maquillaje, sin ahondar en las raíces profundas de su memoria, que definen las maneras de ser y de estar de los mexicanos en sus lugares de origen, bajo condiciones adecuadas que satisfagan sus necesidades.

El gran fracaso del gobierno, ha sido estructurar sus planes de desarrollo desde un plano económico, ignorando la compatibilidad estratégica con la cultura propia de cada región,  porque a cabalidad entre sus muchas definiciones,  cultura es  un conjunto de respuestas a reclamos sociales de hombres y mujeres que hoy viven el horror de la violencia y el desarraigo, como  nunca se imaginó en una nación distinguida por su hospitalidad y su riqueza cultural.

Hoy los mexicanos viven el infortunio  que proviene de la pobreza, desigualdad, desempleo, discriminación y de una insultante corrupción que pareciera haberse normalizado en la vida social y política del país, aderezada en paralelo, con la creciente práctica de intimidad protegida de gobernantes y políticos, que nombran a funcionarios que son sus amigos desde la niñez o la escuela, o bien otorgan puestos por recomendaciones “de arriba” o los mantienen en ellos  para encubrir las perrerías de administraciones pasadas,  prescindiendo de los perfiles idóneos que están ligados a la experiencia y al  código ético profesional.

La bascosidad corroe y el poder yace en su cama sin dormir, maquinando las mil maneras de enmascarar el absolutismo del proyecto neoliberal  que criminalmente ha seducido a Occidente y ha sometido a México, con palabrejas como “capitalismo”, “modernidad” y “desarrollo”, que en terrenos de la cultura, promueven la uniformidad, nunca la singularidad de lo propio y la riqueza  de la diferencia como resultado de la diversidad, disminuyendo los presupuestos  para educación, cultura y  turismo, con una política global que siembra la desigualdad y el odio racial.

Asimismo, la interculturalidad entre los pueblos ha sido reducida a letra muerta, relegada de su papel dinámico para enfrentar los conflictos culturales que ante el caos social que se vive, originan pérdida de identidad (severamente en crisis en los jóvenes mexicanos), violencia, delincuencia, inseguridad y desencuentros fatales para la convivencia, la comunicación  y los derechos indígenas.

Hasta este momento, el diálogo intercultural entre las distintas localidades del territorio mexicano, sigue siendo más un proyecto que una realidad que proponga la transformación y la reorganización de los grupos sociales, basadas en la cooperación, el respeto y la comunicación solidarias, interpretando que la ética es una actitud fundamental en la construcción de la democracia y la libertad.

En 2017, sigue prevaleciendo la esencia de la imposición colonial que en palabras del antropólogo Héctor Rosales,  se manifiesta como una violencia abierta que se expresa en desplazamientos forzados y masivos de poblaciones, persecuciones, inseguridad urbana, maltrato hacia mujeres y niños. Una violencia silenciosa de adiestramiento y condicionamiento que se enmascara con modelos de vida feliz que adormece la conciencia de personas y pueblos integrados al sistema.

En su glosario de términos de cultura popular editado en 2003, el investigador señala una realidad contundente que tiene que ver con el sufrimiento de México: “Todos los días y sus noches hay motivos para el horror, la pena y la vergüenza. Gran parte de la vida cotidiana y de las formas legales e ilegales de subsistencia de los grupos sociales que lo habitan, tienen que ver con la violencia intrafamiliar, con los submundos de la delincuencia y con el dolor causado por la violencia estructural”.

Prosigue en que gran parte de la historia de las clases subalternas y de los pueblos indígenas es una historia de atropellos violentos, de masacres y ajusticiamientos, pero también destaca el permanente pronunciamiento de la no-violencia de los movimientos sociales que luchan por una modernidad distinta a la modernidad liberal.

La cultura posee una sólida orientación social, una honda espiritualidad que transforma conciencias y  ofrece la certeza de quién es cada persona y el lugar al que pertenece, confiriéndole  seguridad y confianza acerca de su papel dentro de su comunidad de origen. La cultura como “hacer”,  como “conocimiento” y como “pensamiento-reflexión” es la mejor arma que se haya conocido jamás que  defiende la memoria y es la armadura de la esperanza.

La cultura es un acto de justicia, frente a la brutalidad. Es como lo escribiera John Berger: “Es el lugar de encuentro de lo invisible, lo irreductible, lo perdurable, las agallas y el honor”. Ánimo y fortaleza para todos. ■

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