El combate a la pobreza en México: la maldición de Sísifo

El combate a la pobreza en México: la maldición de Sísifo

Estamos hundidos en el pantano de la pobreza. Tres décadas con aumento de este problema y la última década con pequeñas variaciones pero que regresan a la tendencia sostenida: la persistencia del estado precario en el que viven la mayoría de los mexicanos. 53,51, 52, otra vez 53% de pobres, y baja un poco y vuelve a subir. Se inventan nuevas metodologías para mejorar las cifras o estrategias para abatir los indicadores (que no significa que disminuya el problema) y nada: regresamos a la realidad pétrea. Y si observamos con cuidado los ejes de medición, resulta que hay dos grandes coordenadas: ingresos y carencias de derechos. Resulta que el eje de las carencias ha mejorado ligeramente, pero los ingresos tienen detenido todo el carro del desarrollo. Las llamadas ‘carencias’ dependen de programas gubernamentales, pero los ingresos penden del funcionamiento general de la economía. Esto es, para resolver la pobreza no es cosa un programa de transferencias monetarias condicionadas y de activación de beneficiarios con criterios de focalización, sino que… ¡es la economía: estúpido! Un mero programa para abatir la pobreza resulta un absurdo: es como querer atrapar una ballena con una caña de pescar.

La política de desarrollo social va en una orientación, y la política económica por el lado contrario. Aquella quiere disminuir los pobres y la segunda los aumenta. Aún más: en México no hay política contra la pobreza, hay programas que atienden a los pobres; lo cual no es (ni de lejos) lo mismo. Se puede atender a los pobres, llevarles apoyos (y luego llevarlos a votar), y sin embargo no eliminar las estructuras que reproducen la condición precaria de la población. Justo como acontece en el país más parecido a Macondo: México. El modelo de la economía: dependiente, centrada en el mercado externo y sin encadenamientos productivos, hace que la población que está fuera de los pequeños círculos de inversión, opte por la informalidad y viva sin seguridad social y bajos ingresos. Ante esto, la pregunta es, ¿por qué no cambia el modelo económico dado que tiene tres décadas de probado fracaso social? Pues porque es fracaso social, pero un gran éxito de las élites que están empotradas en el poder, las cuales dirigen las políticas. 16 mega-ricos ven que el modelo es una maravilla y altamente rentable. Esto es, parece que este diferendo sólo se puede resolver en una especie de lucha de clases al interior el Estado, donde se orienta el rumbo de la economía. El llamado ascenso populista significa (en realidad) el cambio de la correlación de fuerzas de clase al interior del Estado. Sólo un cambio político de este tipo puede resolver el problema de la pobreza, porque únicamente así es posible que se impulsen las políticas orientadas a la igualdad y la disminución de la pobreza. Mientras eso no ocurra, seguirá la narrativa de Sísifo: tiene la misión de llevar una piedra a la cumbre y en el camino se le regresa, una y otra y otra y otra vez. Y llega el Inegi y mide los fracasos del Sísifo de la economía mexicana, y aun con sus errores, la realidad sigue siendo la misma.

 

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