Democratización, rendición de cuentas y gobernanza

Democratización, rendición de cuentas y gobernanza

(tercera parte)

El argumento de este texto se basa en la articulación de los tres conceptos que le dan título. Supone que una adecuada combinación de los elementos de democratización (especialmente, activismo y concientización ciudadana), rendición de cuentas (haciendo énfasis en el ejercicio de responder por los actos, omisiones y decisiones de toda autoridad) y gobernanza (considerando las ventajas de la participación de los sectores público, privado y social), pueden no sólo llevarnos a nuevas dinámicas institucionales, sino también sociales e incluso, considerando las ventajas de las mismas, a mejores niveles de bienestar general.

No es novedoso decir que la democracia tal y como la imaginamos cuando el país se cimbró rumbo a su consolidación ha resultado decepcionante. Este mismo riesgo corre hoy el término “anticorrupción” y “transparencia”, pues sin su adecuada articulación con otros elementos inherentes a la rendición de cuentas y a los del concepto de democracia sustancial, éstas terminarán siendo quimeras de moda y desilusiones en la historia.

Hay que otorgarle su justa dimensión a cada uno de estos conceptos. En cuanto a la democratización, se puede coincidir plenamente con Octavio Paz (Respuestas a diez preguntas, en El ogro filantrópico): “La democratización, me apresuro a decirlo, no significa la solución automática de los problemas de México pero es la vía, la única vía, para que aparezcan a la superficie esos problemas. Los problemas y, sobre todo, las soluciones, las posibles soluciones. Nuestros problemas son graves. El mayor es la disparidad entre el México desarrollado y el México marginal”.

Lo que sí podíamos esperar de la democratización en México, es lo que poco a poco aparece: pluralidad, politización, debate, de pronto polarización y la exposición de problemas que parecíamos ignorar. El objetivo final es que la democracia nos sirva como método de abatimiento de los tres problemas más graves que México enfrenta: el ya mencionado fenómeno de la desigualdad, cada día más evidenciado e identificado; el de la apropiación plena de una cultura pro derechos humanos, no sólo en las autoridades (quiénes sin duda deberán encabezar esta conciencia), sino también de la sociedad en general; y finalmente, el de la corrupción, que mucho contribuye a complicarnos los otros dos.

Podemos decir que la democratización está vigente y que incluso poco a poco, como todas las conquistas perdurables y los logros sólidos, hemos ido abandonando la clasificación de “democracia delegativa”, utilizada por Guillermo O’Donnell, para identificar aquellas “democracias” en las que el Poder Ejecutivo pareciera entender la delegación del poder que se le hace mediante elección para todo, y paralelamente se niega a la “responsabilidad horizontal”, es decir, a la creación de instituciones y mecanismos que permitan al propio Estado llamar a cuentas a algunos de sus órganos, por otros. Hoy en determinados temas existe esta posibilidad, el más concreto quizá sea el del papel que juega la Suprema Corte de Justicia de la Nación, y sí logramos el éxito del Sistema Nacional Anticorrupción, será éste el conjunto institucional emblemático de dicha lógica.

Ahora bien, estos elementos deben consolidarse en la posibilidad de que la deliberación pública se vuelva una costumbre inevitable de cualquier servidor público (léase en la definición que de éstos hace la Constitución Política, y que abarca a los tres poderes y organismos autónomos), para que se argumente, expliquen y comuniquen con sensibilidad y eficacia cada acción, omisión, decisión o política pública, con el cuestionamiento, retroalimentación y participación del sector social y el privado.

Esta estrategia significará, en su práctica, una oportunidad para el fortalecimiento de la democracia, la recuperación de la confianza y credibilidad de la política, la legitimidad del régimen y el prestigio de la actividad pública.

Por eso, no basta con la democratización, ni la rendición de cuentas o la implementación de la lógica de gobernanza, si no están articuladas y se fortalecen bondadosamente unas con otras.

Éste es un apunte más que busca enfrentar lo que Carlo Galli ha llamado “el malestar de la democracia”, porque, éste solo podrá solucionarse con la participación de todos, pero sobre todo, asumiendo la responsabilidad de todos (comenzando claro por la clase política).

En México, la transformación institucional, social y cultural, puede otorgarnos, irónica pero positivamente, la oportunidad de implementar una solución que nos lleve al uso de estos tres elementos con inteligencia social y política.

Por cierto, no es, volviendo a Paz, “complicando el debate, por la perpetua oscilación entre la gritería y el monólogo”, como nos encaminaremos a ello. ■

 

*Miembro de Impacto Legislativo, OSC, parte de la Red por la Rendición de Cuentas.

@CarlosETorres_

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