Un rockcito para todos los roles / Personajes del rol esperan por el Morado Profundo

Un rockcito para todos los roles / Personajes del rol esperan por el Morado Profundo

Corría el año de 73, los personajes del rol en Guadalupe eran bien identificados. Todos los días, al caer la tarde, se observaba a una banda de “macizos” que llegaban al billar que se ubicaba frente al camellón, en pleno centro de “Pueblo solo”, como le llamaban los de la capital a esa cabecera municipal donde casi no pasaba nada, los labriegos, a sus labores del campo; los albañiles, a la capital a hacerles casas a los riquillos de allá; los artesanos, al parquet, y los estudiantes, a prepararse en la universidad; otros, muy pocos, a la hoy Benemérita Escuela Normal Manuel Ávila Camacho. Algunos lograron el objetivo, sin embargo, ya existían visos de inconformidad con los gobiernos; los más destacados como Jorge Salmón Ríos ya hacían tomas de autobuses para manifestarse con algunos estudiantes en contra del aumento del pasaje, pero existía un grupo característico, conformado por “El Lacho”, Arturillo Galván, “El Faly”, “El Gallo” Girón, “El Bra” Santana, Miguelón, “El Chito” y Lorenzo, quienes gustaban de escuchar esa música estridente conocida como rock pesado. Los más acomodados, Arturillo y Girón, siempre cargaban un bonche de discos entre los que destacaban, por la pesadez, Grand Funk Railroad, Led Zeppelin y una banda inglesa surgida en Hertford en 1968, pionera del hard y el heavy metal con elementos de rock progresivo, sinfónico, sicodélico, blues, funk y clásico, la cual estaba dando mucho de qué hablar, Deep Purple se hacían llamar, y con su disco Machine head, los setenta marcaban la pauta para engrandecer la cultura del rock; de los surcos del acetato emergían las notas de una rola que te impulsaba a darle con todo al motor, la energía fluía por doquier y la voz de Gillan levantaba tremenda polvareda con sus potentes vocalizaciones… “Nadie tomará mi carro, voy a correr a gran velocidad, nadie moverá mi auto, romperá la velocidad del sonido, oh, es una máquina asesina y tiene todo eso, como un gran conductor iré, llantas anchas y todo, lo amo, lo necesito, lo agarro bien, soy una estrella de la carretera” (Highway star). Los insistentes riffs de una guitarra que aún resuena en la inmensidad del lago traslapan una melodía que, a raíz de un acontecimiento en pleno concierto de Frank Zappa y sus Madres de la Invención, compusieron en el lapso que surge el fuego provocado por uno de esos personajes que nunca faltan en la vida, de esos que siempre andan metidos donde no los llaman… “Llegamos a Montreaux, al pequeño lago Geneva para realizar una grabación con el estudio portátil, no estuvimos mucho tiempo pero Frank Zappa y sus madres estaban en el mejor lugar pero algún estúpido con una bengala incendió el lugar, originando una enorme llamarada en el agua, humo en el agua y fuego en el cielo” (Smoke on the water).

‘Machine head’ y ‘Deep Purple in concert’, dos de los mejores discos del Morado Profundo, los cuales marcaron la existencia de LorenzoQué mi “Loro”, presta cinco varos para conectar y te dejo esos discos, propuso “El Gallo”. Lorenzo aceptó; se quedó sin monedas para los cigarros, pero valía la pena el paquete: Autoban, de Kraftwer; Moving wave, de Focus, y, a fuerza, Machine head, de Deep Purple. De inmediato, se retornó a la casa, donde encendió el tocadiscos que doña Lupe recibió como premio en una rifa de las que organizan las asociaciones religiosas, nunca supieron que el ganón fue Lorenzo, quien rápidamente se apropió de él, lo instaló en la antigua sala que servía de recámara, su lugar preferido por la frescura que se respiraba, ocasionada por el piso de ladrillo que desde inicios del siglo pasado permanecía en la vieja y roída construcción.

John Lord, en los teclados; Ritchie Blackmore, en la guitarra; Roger Glover, en el bajo; Ian Paice, en la batería, y Ian Gillan, en las vocales; a mi parecer, la mejor alineación del Morado Profundo. Tras un inolvidable riff acompañado de los teclados a manera de introducción, comenzó la velada; el incremento de velocidad y volumen de bajo y batería fueron creando la fantasía que Lorenzo abrazaba para involucrarse en la melodía que Gillan, con sus enormes sonidos vocales, llenaba el recinto, y que, una vez que llegaba al clímax, optaba por destacar los sonoros tambores que, de forma paulatina, iban atrapándote hasta terminar; aún sigue aferrado a esas líneas melódicas que el Purple dejó para la historia; cual dama transformada en auto, se maneja a la velocidad y movimientos requeridos.

Esos fueron los primeros encuentros con “El Gallo” Girón, de nombre Jesús, jerezano, a veces radicando en Guadalupe, otras ocasiones en la capital, pero siempre con la banda, asiduo asistente al famoso Gallito Bar, ubicado en pleno Laberinto, donde frecuentemente se reunían los personajes del rol y del rocanrol zacatecano, Chon Salmón, “El Cara” Ríos, “El Chino” Limones, José Antonio Chew Fernández, “El Crazy”, “El Rusty”, Enrique Salinas y Lorenzo, por supuesto. La vida disipada que se atrevieron a llevar, a desafiar, a enfrentar, encaminó a estos personajes a los umbrales del mismito infierno y la desesperación; algunos prefirieron los senderos hacia el Xibalba, pero, eso sí, siempre repletos de rock, de esa música del alma que no se puede abandonar como si fuera un tenis viejo y desgastado. El rock es una manifestación artística que mantiene las ansias de la juventud, una forma existencial que centra las emociones a tal grado de dedicar la atención en los pendientes mediatos, para darte tiempo de programar el evento importante por venir.

La semana pasada apareció en las redes sociales, el cartel donde se anuncia la visita de la banda inglesa en mención y, como si ya fuera mañana el chou, la banda hace preparativos para caerle al evento; ya no se acuerda que en Zacatecas suceden cosas mágicas, que en el momento menos esperado desaparecen los artistas programados con antelación, algunos han cancelado inclusive en los instantes de hacer el sound check, como Le Orme, que no concibió un teclado que no leyera sus secuencias.

Habrá que tener mucha cautela para asimilar un hecho como éste; la visita del Morado Profundo a tierras de los zacatecas no es tarea fácil, pero, en fin, esperemos que se haga realidad este sueño acariciado por años y ojalá no esté ligado para promover el voto y distraer los sangrientos acontecimientos que, a diario, ocurren en territorio zacatecano, aunque a nadie parece importarle, con tal de pasarla suave o, de plano, para justificar que el festival que organiza el Instituto Zacatecano de Cultura más bien parece una fiesta de pueblo donde corra a mares el licor y la cerveza. Esperemos que el pueblo no se lleve otra decepción, otro engaño más, como ha sucedido anteriormente y en otras ciudades, para muestra, el concierto de 1980 en la Ciudad de México.

Deep Purple vino a tocar a México por primera vez en el ochenta al estadio del INDE, con una alineación algo ortodoxa; sólo venía Rod Evans, el vocalista original del Morado Profundo, acompañado por músicos que ya habían participado con otras agrupaciones como Steppenwolf o Traffic, prestándose al fraude fraguado por Armando García de la Cadena. De cualquier manera, el personal repletó el estadio, con portazos y todas las triquiñuelas para acceder al concierto con Black Oak Arkansas y Dug Dugs como teloneros.

A pesar de la lluvia, la banda aguantó las inclemencias hasta escuchar las clásicas Hush, Highway star, Strombinger, Burn, Smoke on the water y un sinfín de piezas conocidas que, al término del concierto, quedaron más vivas que nunca, mientras Ritchie Blackmore promovía a Rainbow, Lord se paseaba con Whitesnake y Gillan la rolaba con la Ian Gillan Band.

Roger Glover, Ian Paice, Ian Gillan, Sreve Morse y Don Airey, los esperaremos como hemos esperado tanto tiempo a que los gobiernos dejen de explotar al pueblo mexicano.

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