Durante décadas, millones de mexicanas y mexicanos cruzaron la frontera norte buscando las oportunidades que su propia tierra les negaba. Construyeron hogares, levantaron ciudades, trabajaron en el campo, en las fábricas y en los servicios. Con su esfuerzo contribuyeron a la prosperidad de Estados Unidos, aunque muchas veces recibieron a cambio discriminación, persecución y desprecio.
Hoy, sus hijas e hijos comienzan a escribir otro capítulo de esa historia. Ya no solamente participan en la construcción económica de aquella nación: también están transformando su realidad política a través de las urnas.
Las elecciones intermedias estadounidenses, celebradas el pasado 3 de noviembre, dejaron una lección que no podemos ignorar. La participación del electorado latino contribuyó a importantes victorias del Partido Demócrata, particularmente en Texas, donde Gina Hinojosa se convirtió en la primera mujer latina electa gobernadora y James Talarico conquistó un escaño en el Senado. En California, Xavier Becerra, hijo de migrantes mexicanos, obtuvo la gubernatura.
Estos resultados representan un cambio en la correlación de fuerzas políticas estadounidenses y constituyen un freno institucional al avance de las posiciones más radicales de la derecha norteamericana, particularmente de aquellas que han convertido la persecución de los migrantes en una de sus principales banderas.
Pero existe otro fenómeno que merece nuestra atención: la participación de una nueva generación de jóvenes de origen latino, identificados popularmente como los No Sabo Kids.
La expresión nació como una forma de referirse a los hijos de migrantes que crecieron hablando principalmente inglés y que no dominan completamente el español. Son jóvenes que quizá no conocen todas las palabras de sus padres o abuelos, pero que conservan una profunda relación con sus raíces familiares y culturales.
Ahora, muchos de ellos han encontrado en la participación política una manera de defender aquello que representa su historia. Organizaciones de participación cívica han comenzado a identificarlos con una expresión distinta: la generación del Yo sí voto.
Su presencia electoral refleja una realidad que comienza a adquirir mayor relevancia: la identidad mexicana y latinoamericana no desaparece con el cambio de idioma ni con el paso de las generaciones. Por el contrario, puede convertirse en una fuente de conciencia social y de participación ciudadana.
De acuerdo con los primeros estudios de participación electoral, aproximadamente seis de cada diez votantes hispanos respaldaron a candidatos demócratas para la Cámara de Representantes. Es un cambio importante respecto de 2024, cuando Donald Trump consiguió ampliar considerablemente su respaldo entre esta población.
Las políticas de deportación, las redadas migratorias y la incertidumbre económica estuvieron entre las preocupaciones expresadas por los electores latinos. Por supuesto, esta comunidad no constituye un bloque político homogéneo, pero los resultados demuestran que sus preferencias pueden modificar los equilibrios del poder.
Para quienes somos zacatecanos, estos acontecimientos tienen un significado especialmente profundo.
Zacatecas es, por historia y por realidad social, un estado migrante. De acuerdo con el Consejo Nacional de Población, nuestra entidad ocupa el primer lugar nacional en intensidad migratoria. Texas y California se encuentran entre los principales destinos de nuestros paisanos.
No existe prácticamente una comunidad zacatecana cuya historia no esté vinculada con la migración. Las familias se extienden a ambos lados de la frontera; las tradiciones viajan entre generaciones y las remesas continúan siendo fundamentales para nuestra economía. Tan sólo durante 2025, Zacatecas recibió alrededor de mil 907 millones de dólares por este concepto.
Sin embargo, nuestros paisanos no pueden ser vistos únicamente como trabajadores que envían dinero a sus familias. Son integrantes de comunidades organizadas, con derechos, aspiraciones y una creciente capacidad de participación política en Estados Unidos.
Muchos de sus hijos, nacidos en territorio estadounidense, cuentan con la ciudadanía y el derecho al voto que sus padres no siempre tuvieron. En ellos se encuentra una posibilidad de transformar democráticamente las condiciones que durante generaciones han enfrentado las familias migrantes.
No debemos confundir una victoria electoral con la solución inmediata de los problemas. Las leyes migratorias, la discriminación y las desigualdades estructurales no desaparecen después de una jornada de votación. Pero las urnas pueden abrir caminos para exigir responsabilidades, defender derechos y colocar las demandas de estas comunidades en el centro de las decisiones públicas.
Los acontecimientos de Texas y California nos recuerdan que la migración no representa solamente una historia de separación y sacrificio. También es una historia de organización, resistencia y construcción de ciudadanía.
Los padres cruzaron la frontera para buscar una vida mejor. Sus hijos están descubriendo que también pueden cambiar, mediante su participación democrática, las condiciones de la tierra donde nacieron.
Ésa es una de las grandes lecciones que nos dejan estas elecciones: los hijos de la migración ya no solamente forman parte de la historia de Estados Unidos. También participan en las decisiones que definen su futuro.



