En la política zacatecana, donde los nombres suelen aparecer y desaparecer al ritmo de los calendarios electorales, decir “¡Siempre Narro!” puede parecer una consigna. Sin embargo, detrás de esa expresión hay una reflexión que vale la pena plantear: ¿qué significa construir una trayectoria política durante más de cinco décadas sin abandonar las causas sociales que le dieron origen?
José Narro Céspedes es uno de esos personajes cuya historia no puede explicarse exclusivamente desde los cargos que ha ocupado ni desde las candidaturas que ha disputado. Para comprenderlo, hay que mirar hacia el territorio, hacia las organizaciones que ha contribuido a construir y hacia las luchas que, con avances, retrocesos y contradicciones, forman parte de su recorrido. Porque en política hay quienes construyen su presencia alrededor del poder y quienes, antes de llegar a él, han dedicado buena parte de su vida a organizarse para intentar transformar la realidad que los rodea.
La política no se comprende solamente desde las tribunas legislativas, los discursos y, en la actualidad, de falsas fotografías que después circulan en las redes sociales. Se conoce, sobre todo, en el territorio: en los caminos que conducen a las comunidades más apartadas, en las conversaciones con campesinos que esperan una respuesta para sus cosechas y en las gestiones que siguen su curso incluso cuando pareciera causa perdida. Es ahí donde se distingue a quienes se acercan a la gente cuando comienza una contienda electoral de quienes han hecho de esa cercanía una práctica permanente. Y es precisamente en ese terreno donde vale la pena observar la trayectoria de José Narro Céspedes.
Una de las imágenes más reveladoras de Narro no es la del político que celebra una victoria, sino la de quien vuelve al trabajo después de un resultado adverso. Mientras algunos necesitan tiempo para recomponer su estrategia, él puede estar nuevamente en movimiento al amanecer, camino a una comunidad serrana o a un poblado donde alguien espera una gestión. Esa continuidad dice algo sobre su manera de entender la actividad pública.
No significa que toda gestión sea exitosa ni que una trayectoria prolongada esté exenta de errores; significa que la permanencia de un liderazgo también se mide por su capacidad para sostener relaciones con la gente cuando la coyuntura deja de ser favorable. En una época en que la política suele consumirse a la velocidad de las redes sociales, permanecer en el territorio representa una forma distinta de construir presencia y obliga a distinguir entre la popularidad momentánea y la organización social.
La educación constituye otro capítulo de esa trayectoria. La apuesta por los Centros de Desarrollo Infantil (Cendi), impulsados desde hace 18 años por la organización Frente Popular de Lucha de Zacatecas, responde a una necesidad concreta: que las niñas y los niños tengan acceso a espacios educativos y de atención, mientras sus madres y padres pueden trabajar con mayor tranquilidad.
No es un asunto menor en comunidades y colonias donde el costo del cuidado infantil puede convertirse en una barrera para la autonomía económica de las familias. También está la defensa de la educación pública y de la Universidad Autónoma de Zacatecas, una institución cuya importancia para la movilidad social y el desarrollo del estado debería mantenerla en el centro de cualquier discusión presupuestal. A ello se suma la gestión que permitió a jóvenes zacatecanos buscar alternativas para cursar medicina en La Habana, Cuba. Detrás de esas iniciativas hay una concepción de la política que no se agota en legislar: pretende abrir oportunidades allí donde las limitaciones económicas o institucionales cierran puertas.
El campo es, quizá, el escenario donde mejor se aprecia la distancia entre los tiempos políticos y los tiempos de la vida real. La lucha campesina no comienza cuando se aproxima una elección. Continúa frente a los problemas de comercialización, los costos de producción, la falta de agua y las dificultades para hacer rentable el trabajo de la tierra. La trayectoria de Narro, ligada a organizaciones agrarias y populares, se ha desarrollado durante décadas en ese espacio de demandas persistentes.
También ha sostenido una agenda relacionada con la educación y las necesidades de sectores vulnerables, incluidas las mujeres que enfrentan violencia. Reconocer esa continuidad no obliga a dar por resueltos los problemas ni a considerar incuestionable a quien los abandera; obliga, más bien, a evaluar qué resultados producen las organizaciones, a quiénes benefician y qué tanto consiguen convertir las demandas sociales en derechos efectivos.
Hay, finalmente, una lectura política que trasciende a José Narro. En Zacatecas, como en buena parte del país, la disputa por los cargos ha transformado alianzas, modificado lealtades y acercado a proyectos partidistas a personajes con historias e ideas muy distintas. En ese escenario, la identidad ideológica suele ponerse a prueba cuando el acceso al poder se convierte en la prioridad.
Narro ha mantenido una trayectoria vinculada históricamente con la izquierda y con la organización popular, aunque su recorrido político también debe examinarse con sus matices, decisiones y contradicciones. La cuestión de fondo no consiste en repartir certificados de autenticidad ideológica, sino en preguntarse qué queda de las convicciones cuando cambian las circunstancias y cuánto pesan las causas sociales frente a las oportunidades electorales. Una biografía política merece ser observada tanto por sus permanencias como por sus transformaciones.
Por eso, “¡Siempre Narro!” no tendría que leerse únicamente como una expresión de simpatía ni como el anuncio de una nueva disputa electoral. Puede ser, sobre todo, una invitación a reflexionar sobre una forma de hacer política en la que la organización, el territorio y la continuidad importan más que una contienda electoral.
Más de 50 años de trayectoria no eximen a nadie del escrutinio público, pero sí obligan a reconocer que hay historias que no caben en el calendario de una campaña. Al final, la pregunta no es solamente cuánto tiempo permanece un político en la vida pública, sino qué causas mantiene vivas durante ese tiempo, qué resultados puede mostrar y qué transformaciones deja en las comunidades que dice representar. Ahí, más que en cualquier consigna, cada ciudadano encontrará sus propias razones para interpretar lo que significa decir, en la política zacatecana, ¡Siempre Narro!



