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El Espantapájaros: sobre un texto perdido de Homero Sepúlveda Armengol

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Por: La Gualdra •

La Gualdra 736 / Río de Palabras

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Por Armando Navarro

 

Hágase tu voluntad

en la tierra como en el cielo.

Padre nuestro

 

Esa tarde yo acababa de entrar en un duelo espantoso, pero no lo sabía aún. Mi prioridad de estudiante eran los trabajos finales y la salvaguarda de mi ego maltrecho. Fue así que llegué a la biblioteca de la universidad. 

El Claustro de Sor Juana era acusado de tener un acervo insuficiente, pero yo lo disfrutaba mucho. Debía escribir un ensayo sobre ciencia ficción y dictadura en América Latina, pero no tenía idea de dónde empezar. Lo fantástico, tan trabajado en el continente, no es necesariamente científico. Pasé un rato entre los estantes de la biblioteca sin hallar nada que sirviera a mis fines. 

Entonces lo encontré. Yacía tirado, boca abajo, sobre uno de esos carritos que se usaban para reubicar los libros devueltos. Recuerdo, porque no puedo hacer más, que la portada tenía un diseño retrofuturista art déco en colores vibrantes. Ojos sabor a cloaca, de Homero Sepúlveda Armengol, llegó así a mis manos. El libro había sido impreso a principios de los años ochenta. El autor, un mexicano del que yo no había oído hablar, era someramente descrito en la contraportada: influido por los beats y por la ciencia ficción de principios del siglo XX, había escrito una novela titulada La caja idiota. Nunca la he encontrado. La semblanza no llevaba ninguna fotografía.

Ojos sabor a cloaca (o lo que recuerdo de él) era un libro fragmentario. Estaba organizado en tres secciones: Tekné, Los Expertos y Mnemosyne. Cada apartado se componía de textos heterogéneos y de difícil clasificación. Durante el tiempo que pasé frente a él, no pude discernir si se trataba de un libro de cuentos, ensayos o prosas de efecto poético, con algunas écfrasis incluidas. Lo anterior no es extraño: buena parte de la literatura del siglo XX se encargó de borrar las fronteras convencionales entre los géneros. ¿No ocurre así en piezas como “El idioma analítico de John Wilkins”, de Jorge Luis Borges? ¿No está ahí el fundamento retórico de las obras de Enrique Vila-Matas, Ricardo Piglia o Roberto Bolaño?

El texto que me atrapó se titula “El Espantapájaros”. Su tema era el padre. O mejor, el declive de la figura del padre como eje rector de la vida familiar en Occidente. Cuando se publicó, no faltaba mucho para la caída del Muro de Berlín. “El Espantapájaros” iniciaba con una voz que informaba de los resultados de un experimento: unos tres mil sujetos alrededor del globo se habían ofrecido como bancos de esperma para engendrar a una generación de sujetos regidos por un padre único, una suerte tecnológica del padre de la horda creado por Sigmund Freud. Pero real, esta vez. Su nombre era El Espantapájaros: una máquina de procesamiento de datos, subterránea, localizada en algún lugar del mundo. Alrededor de ella, los miles de voluntarios estaban conectados, desnudos, masturbándose continuamente para expeler todo el semen posible y sostener una cadena de producción humana regida por esa sola entidad, que asumiría la función paterna. Recuerdo que en el texto había un pequeño diagrama de la máquina. Me pareció obsceno y aterrador. Tuve la impresión, también, de estar frente a un escritor con profundos miedos conservadores. 

Sin embargo, al cabo de algunas descripciones físicas y ambientales del Espantapájaros y de los hombres a su alrededor, el texto se volvía ensayístico. En ese momento, a mis 21 o 22 años, me pareció confuso. Después de una descripción fantasiosa sobre el destino del semen entre probetas y óvulos de cultivo, el informe comenzaba a elaborar una teoría técnico-estética sobre el aparato: en los campos de maíz, decía, un espantapájaros está ahí como una simulación, la representación de un guardián en apariencia peligroso pero falso. Un espantapájaros, ese protector del fruto y la cosecha, es un cuerpo de paja que ocupa el lugar de un ser ausente. Para el informe, y sospecho que para el propio Sepúlveda Armengol, el padre se había convertido en una función destinada a sujetos intercambiables, casi burocrática, casi trágica. ¿Un espantapájaros podría realmente cobrar vida y pelear contra aquellas parvadas? No. El autor prefirió diseñar un complejo técnico de inteligencia artificial y onanismo antes que recurrir a un mecanismo fantástico. O mejor dicho, para Sepúlveda Armengol, el padre real es incapaz de proteger, de combatir, de ejercer una autoridad real. El padre es una apariencia.

El informe concluía con una dolorosa proyección sobre el futuro: la técnica del Espantapájaros sería ineficiente sin la mirada de sus hijos. Si esa generación de personas tomaba la decisión de desobedecer a la máquina, la simulación del padre perdería su sentido e iniciaría un proceso de autodestrucción. 

Se hizo de noche. Terminé de leer y un encargado de la biblioteca me pidió irme. Nunca he sido bueno con los trámites y las credenciales, así que no pude llevar el libro conmigo. Lo escondí en una repisa para continuar al día siguiente. Regresé después de clase, pero Ojos sabor a cloaca había desaparecido. No lo encontré en los registros de la biblioteca y no lo he encontrado en ningún otro sitio. 

 

https://issuu.com/lajornadazacatecas.com.mx/docs/la_gualdra_736

 

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