La Gualdra 735 / Cine
Durante décadas, los grandes estudios han reservado el verano para exhibir sus producciones más ambiciosas, aquéllas que buscan atraer al público mediante el entretenimiento, los efectos visuales y la presencia de grandes estrellas. Hacia el final de dicha temporada, cuando las salas de cine comienzan a ceder espacio a los estrenos de otoño, todavía aparecen algunos títulos que conservan ese espíritu de espectáculo y escapismo. Durante este 2026, hubo dos títulos con dichas características que se abrieron paso dentro de la cartelera: El final de la calle Oak, de David Robert Mitchell (It follows, 2015), y Resident Evil, de Zach Cregger (Weapons, 2025).
Ambas son, en sentido estricto, producciones hollywoodenses: tienen presupuestos grandes, actores reconocibles y una distribución amplia. No obstante, las dos cuentan con cierta libertad que les permite jugar con las convenciones del cine comercial y, sobre todo, para integrar elementos mucho más mordaces de lo que se acostumbran en producciones de este tipo.
El final de la calle Oak parte de una premisa tan sencilla como disparatada: un vecindario suburbano estadounidense es transportado, por un misterioso fenómeno, hasta un entorno prehistórico habitado por dinosaurios. Lo que a primera vista podría parecer otro ejercicio de nostalgia se convierte, en manos de Mitchell, en una original combinación de aventura familiar, ciencia ficción, terror y comedia negra.
La película cuenta con el inconfundible sello amblinesco, término acuñado a la obra del legendario Steven Spielberg, con elementos como una familia suburbana enfrentándose a lo extraordinario y esa mezcla de asombro y peligro tan característica del cine fantástico de los ochenta. En ese aspecto, se pueden encontrar claros guiños a E.T. (1982), Poltergeist (1982) y, sobre todo, a Jurassic Park (1993).
Si bien hay cierto enfoque familiar en la cinta, Mitchell le otorga una dimensión mucho más perversa. La familia Platt, encabezada por Denise (Anne Hathaway) y Greg (Ewan McGregor) enfrenta el desastre cargando con sus propias inseguridades y frustraciones, lo que le permite al director divertirse con los espacios y las criaturas que los habitan, que parecen ensañarse con los protagonistas, como si de una gran broma cósmica se tratara. Detrás de la apariencia amable de blockbuster, hay una película bastante interesada en poner a sus protagonistas en situaciones peligrosas, incómodas y hasta dolorosas.
Algo similar ocurre con Resident Evil, aunque desde una perspectiva mucho más cercana al horror y hasta al cine de humor mudo. El filme de Cregger sigue a Bryan (Austin Abrams), un repartidor de suministros médicos que, en el proceso de una entrega urgente, queda atrapado en una noche de terror, zombis y criaturas mutantes. A diferencia de las anteriores adaptaciones de la franquicia de videojuegos, Cregger orienta el relato hacia una experiencia de supervivencia casi inmediata, como si el espectador estuviera jugando una partida en la que cada recurso cuenta y cada espacio puede esconder una nueva amenaza.
La película bebe de múltiples referentes del género, siendo el más notorio Evil dead II (1987), de Sam Raimi, especialmente en la interpretación de Abrams, que remite a la expresividad caricaturesca de Bruce Campbell. También hay claros guiños a The thing (1982), en el diseño grotesco de las criaturas, el horror corporal y en la música ominosa con sintetizadores de John Carpenter. De igual manera, se percibe el sentido de urgencia y la estructura de persecución nocturna de After hours (1985), de Martin Scorsese.
El resultado es una película visceral, desmesurada y cómica, donde Bryan se aleja del arquetipo de héroe competente tan característico del cine de acción, siendo un protagonista errático, temeroso y que parece estar siempre un paso atrás de las múltiples dificultades que se le presentan.
En ese sentido, ambas películas funcionan como curiosas piezas de un Hollywood cada vez más homogéneo y complaciente. Si bien se tratan de productos comerciales, también recuperan las tradiciones del cine de género en su forma menos solemne y más juguetona. Las dos cintas logran reconstruir el asombro, el vértigo, la violencia y el humor negro del cine fantástico de décadas anteriores. Dos películas distintas que, desde el centro de la industria, logran recordarnos que el entretenimiento también puede ser extraño, cruel y, sobre todo, un poco más confrontativo de lo que su misma condición de espectáculo le puede permitir.
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