En su más reciente amenaza de pólvora mojada, tras propalar la engañifa patriotera de que Estados Unidos tiene el control total del Estrecho de Ormuz, Donald Trump anunció “la operación económica más devastadora jamás emprendida contra país alguno” en contra de Irán, al cual –dijo– someterá a “un aislamiento sin precedente”, con “tremendas consecuencias” para cualquier país que tolere cualquier intercambio de sus empresas, instituciones financieras e infraestructuras de comunicaciones con esa nación. Él mismo lo resumió así: “un Día D económico”, en referencia al célebre desembarco de los aliados occidentales en Normandía, en junio de 1944, no tanto para terminar de derrotar a la Alemania nazi sino para impedir que las tropas soviéticas liberaran la totalidad de Europa.
La metáfora tiene múltiples problemas. El primero es que, a diferencia de lo que ocurría en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial, la Casa Blanca no tiene aliados y que, a juzgar por la información disponible, en esta ocasión el adversario dista mucho de encontrarse encaminado a la derrota, como lo estaba entonces el Tercer Reich a menos de once meses de su colapso final. Por otra parte, esa salvajada económica ya ha sido aplicada sin éxito durante más de seis décadas por una docena de presidentes estadunidenses en contra de Cuba, y pese a todo, la isla resiste en medio de su pobreza. El propio Irán, con mucha más riqueza, tecnología, población y territorio, ha estado sometido por Washington a durísimas restricciones económicas, comerciales y financieras, y ni con eso ni con los bombardeos que logran efectuar las fuerzas estadunidenses e israelíes ha doblado las manos.
Si se analiza con detenimiento, se verá que la “operación económica devastadora” y el “aislamiento sin precedente” están siendo aplicados por Trump a su propio país, que en estos días alcanzó un récord formidable: 20 billones de deuda, parte de los cuales se explican por los absurdos gastos en armamento, las medidas fiscales favorables a los ricos y la galopante corrupción que se ha instalado en la Casa Blanca, parte de la cual ha inflado los bolsillos del presidente y de sus familiares y amigotes. Así, mientras una decena de potentados han visto multiplicadas sus fortunas, hay 770 mil estadunidenses viviendo en las calles; la mitad de ellos, o más, no está compuesta por adictos o pacientes de desórdenes mentales, sino por personas laboralmente activas a quienes el ingreso no les alcanza para pagar una renta. Miles de granjeros, restauranteros y empresarios de la construcción –entre otros–, enfrentan enormes dificultades por la escasez de mano de obra, derivada de la persecución contra los trabajadores migrantes que ha desatado esta administración; General Motors tiene que hacer frente a costos adicionales de entre 2 mil 500 y 3 mil 500 millones de dólares anuales por los aranceles impuestos por Trump, los cuales han afectado también a Stellantis –que ha debido frenar su producción y realizar paros técnicos por un incremento en los costos de unos 2 mil 700 millones de dólares– y a Ford, que sufrió una afectación cercana a los mil millones de dólares.
Los gobiernos filotrumpistas no caminan mejor en Latinoamérica. El régimen de Daniel Noboa ha llevado al Ecuador a una sima sin precedentes de violencia, autoritarismo, corrupción y narcotráfico; José Antonio Kast, en Chile, enfrenta un descenso en picada en su aceptación, una polarización creciente y movilizaciones sociales; en Bolivia, Rodrigo Paz no terminaba de salir de una rebelión indígena y campesina que aisló a la capital del país cuando le reventó el escándalo de un asesor suyo –Fernando Cerimedo– detenido por ordenar el asesinato de su pareja; Argentina se encuentra cada vez más sumida en el pantano económico y social de Javier Milei y en Colombia Abelardo de la Espriella estrenó el cargo presidencial con una respuesta pasmosamente frívola e ineficaz ante la tragedia que causó el terremoto del 10 de agosto. El único ultraderechista del hemisferio que parece sólidamente incrustado en el poder es el salvadoreño Nayib Bukele, diseñador y exportador de modelos carcelarios espantosos. Y a ver por cuánto tiempo.
En tales circunstancias, cabe preguntarse qué tan estable puede ser la combinación en boga de autoritarismo extremo y neoliberalismo exacerbado y si no resulta inevitable que desemboque, en plazos no muy largos, en crisis económicas agudas y estallidos sociales. Un gobierno sin más programa que el saqueo, la depauperación y la concentración de riqueza en unas cuantas manos no puede mantenerse por mucho tiempo. Por otro lado, las campañas de propaganda negra o negativa en las redes sociales y los servicios de mensajería pueden ser útiles para erosionar instituciones y poderes establecidos, pero no para conservar el poder. Esta vez, a diferencia de lo que ocurrió en el ciclo de dictaduras militares del siglo pasado, la derecha tiene tiempos cortos.



