La Gualdra 724 / Libros / Poesía
Por Roberto López Moreno
Siete, ocho, nueve, diez… el censo de destrucción quedó asentado en el centro de las cuatro esquinas (ahora nuestro tema). El buen oficio del uppercut se aplicó rotundo en la mandíbula de la historia de un estrépito que se llama boxeo, en el que somos los mexicanos, distinguidos aportadores en el planeta, enriquecedores natos de esas hogueras pasionales que se encienden voraces dando pie a los fragores sobre la lona múltiple que desde hace mucho (de horas y latidos hablo) le ha dado la vuelta al mundo entero.
El primer campeón del mundo del boxeo ya organizado lo fue el indestructible John L. Sullivan, el monolito John L. Sullivan, el marciano John L. Sullivan, también conocido como The Boston Strong Boy. Según los datos que se guardan sobre las épicas refriegas, este atleta estadunidense fue el último campeón que peleó con las manos desnudas, así se convirtió en el autor de un sin número de masacres. Pero también fue el primer campeón que peleó con las manos enguantadas cuando ya se estaban creando las reglas de la violenta ordalía. Esta leyenda quedó escrita entre los años de 1882 y 1892.
Desde entonces el boxeo reglamentado se hizo presente en el mundo. Cada ciudad erigió un ring sobre el que danzaban los cuerpos y las estrategias bélicas, los triunfos y las derrotas, la satisfacción del victorioso y la amargura magullada del derrotado. En cada ciudad hubo un campeón y por cada campeón un adolorido escalón de carne y hueso. Los cronistas reseñaban, muchas veces con alaridos en ristre, los pormenores de tragedias que se alargaban hasta los veinte rounds y algunas veces hasta en más. Que se distendían hasta las lágrimas mismas de los cercanos al derrotado.
Pero así, en la atmósfera de tal violencia, el boxeo fue creando a los poderosos atletas convertidos en el motivo de admiración de un público cada vez más numeroso, apasionado, fanatizado por aquellos atletas de calzón corto y largo brazo que acumulaban admiraciones después de cada hazaña. El boxeo es un poderoso imán que desata pasiones, pero también profundos estados de desilusión. Eso, precisamente ese contraste, es el que lo hace tan vital en el tremendo juego de la luz y la sombra con el músculo en medio.
Si hubiese un dios del boxeo ese sería el buen Jesús aconsejando a sus fieles que después del puñetazo devastador la víctima pusiera la otra mejilla. Ah, pero también hay un “con la vara que mides serás medido” y entonces no alcanzaría la “variza” para tal desquite.
Rodó el ring, y rodó y llegó a México y entonces aquí nacieron los semidioses nativos adorados por el entusiasmo colectivo, inmaculados de la fricción, músculo y entrega, y se desprendieron en torrente los episodios que nos dieron a los Raúl “Ratón” Macías, a los “Pajarito” Moreno, a los Memo Díez, a los Kid Anáhuac y dentro de esas cuadrillas de héroes populares surgió la figura amada, adorada, plenamente identificada con el pueblo, sin parcialidades ni reticencias, el “Toluco” López, aquel mexicanote que se daba el lujo de subir al ring asediado por claros signos de ebriedad y aun así aniquilar a su oponente. Era simplemente lo máximo de lo máximo en el corazón de todos.
Pero… oh, las sorpresas de los hados que también ciñen a los dioses. Un buen día, un mal día, mejor, una mala noche, más bien, al amado por las deidades le tocó acceder a la liza para pelear con otro gladiador, éste nacido en Tepito, barrio que ha dado a muy buenos boxeadores. El oponente se llamaba Joe Medel, Joe Medel en minúsculas contra el “Toluco” López en mayúsculas, pero… ¡Por el pío convento de las niñas recogidas de Santa Rosa de Viterbo en San Cristóbal de las Casas, Chiapas! Esa noche sucedió lo inesperado. Joe Medel tuvo la osadía de derrotar al ídolo inalcanzable, al gran Toluco, al intocable, se había abierto una gran herida en el corazón del pueblo y con ello Joe Medel se había ganado “a puño firme” el odio popular… para siempre…
Estas historias y muchas más tienen que ser contadas y para ello tenemos cronistas, cuentistas, novelistas, poetas. Ahora estamos precisamente frente a uno de ellos, frente al poeta Daniel Téllez quien presenta a nuestras necesidades de crónica su libro de poesía Cuatro esquinas, editado por Bon Art, en donde el arte, la ciencia y el deporte del boxeo es el eje central de esta cita de verbos. Mejor introductor al tema no podíamos haber tenido. Un hombre que en sus años adolescentes fue luchador, boxeador y que sigue siendo amante de los acontecimientos que se dan sobre la lona, pero que, además, ya en los días actuales es uno de nuestros más distinguidos poetas.
Él es, entonces, el enlace ideal para entrar al mundo de los cuadriláteros. Y aquí nos tiene dispuestos a absortarnos (del verbo absortar mismo que estamos creando ahora, a golpes de oper). Es testigo y relator de la nueva ola que se dio desde finales del siglo pasado. En su letra no sólo dibuja las hazañas sino también las almas tremadas de un Púas Olivares, de un Julio César Chávez, de un Pipino Cuevas, de un Vicente “Zurdo” Saldívar. Entran también en su repertorio: el “Mantequilla” Nápoles, Carlos Zárate, “Chiquita” González y la boxeadora Jakie Nava, “La Princesa Azteca”. Ya antes había estado un Fili Nava, un Baby Vázquez, un Luis Castillo “El Acorazado de Bolsillo”, un Genaro Serafín. Pero aún más antes habían estado un Kid Azteca, un Rodolfo “Chango” Casanova, un Juan Zurita, un Joe Conde. Hubo narradores ocupados en este mundo, Ricardo Garibay, por ejemplo. Ahora tenemos un poeta, Daniel Téllez.
Y hubo cuentistas y novelistas y películas como aquella inolvidable del cine de oro mexicano: Campeón sin corona, que inmortalizó al actor David Silva.
Cuatro esquinas es un libro dividido en tres partes: “Libra por libra”, “Malapata” y “Nocaut”. El drama se establece desde el momento en el que nuestro escritor empieza hablando de “tu” a sus personajes estableciendo una adolorida identidad que nos unta en la imaginación a sus lectores la vida tumefacta de los héroes del “cloroformo”. Así Téllez, en uno de los costados del ring es uno de los costados de esa vida amoratada, íntimo del refregado sudor y del angustiante anhelo de triunfo, de ese triunfo que la necesidad necesita.
Desde los antiguos gladiadores proviene esa semilla de ponernos en manos del arrojo, semilla que después de siglos y distancias se vino a sembrar en las entrañas del barrio. De ahí la ha tomado el escritor para mostrarnos su cosecha realizada con talento y con la apasionada cercanía del esforzado prójimo, o sea, del hombre violentado que así ya no está solo pues tiene a su lado a otro ser sensible que lo comprende, que lo duplica con la letra con la que lo siente y lo escribe.
A los mortales les tocó enfrentar la cólera de los dioses; a los romanos de Tepito y la Bondojo la necesidad los subió al ring sin que se imaginaran que sus hazañas iban a ser contadas por la poesía. El poeta sabe que en un jab bien colocado puede ir la vida o la muerte y que la muerte que se dejó ser y hacer en el ring irá por la revancha en el fondo de la copa de alcohol o en el jabeo continuo de la droga.
El poeta toca con sus letras la piel lastimada de la leyenda. Un momento aquí: “toca la piel lastimada del alma del gladiador, que así ya no está solo. No volverá a estarlo”. Nosotros, por nuestra parte, hojeando al poeta, nos convencemos ciertos de que hay un arte del boxeo y un boxeo del arte. Armando Oviedo nos dice de la estética de la violencia.
Daniel Téllez le habla de tú al relatado y mediante tal procedimiento de pronto me encuentro con que ese tú soy yo puesto en el centro del ring; soy yo frente a las sombras del miedo que hay que doblegar: soy yo frente a la angustia, en medio del belicoso griterío que asusta a cualquier mortal; soy yo, el solitario frente a las estridentes “mentadas”: “ya cáigase negro”; soy yo, frente a la ira de los que gritan: “ya cáigase blanco”; yo, tras el dolor por el descomunal golpe recibido; yo con las piernas que se me quieren doblar para provocar la burla y el desprecio del respetable; yo en el esfuerzo para que no se me doblen las piernas; yo, la sombra de adentro que en este momento nada tiene que ver con las sombras del exterior, las que caminan indiferentes sobre las aceras que se encuentran afuera de la arena, sin que les interese en lo más mínimo que adentro estén malmatando a un yo solitario. Yo soy este dolor que aún respira.
Ahora a mí me toca hablarle de tú al escritor.
Daniel, estremecedor tu libro, salpicado de lágrimas, sudores, saliva, sangre, pero también de luces y vivas victoriosos. Tu Cuatro esquinas está lleno de todo eso y hablándonos de box nos habla de la vida misma. Las esquinas a las que te refieres son cuatro espejos en los que se reflejan el dolor, la soledad, los puños pegados al cuerpo o los puños pegándole al cuerpo (“la izquierda, güey, la izquierda”). Y en los cuatro espejos nos desvanecemos en el vaho de lo inaprensible. Ahora somos los mánagers de este Cuadrivio. Por ejemplo, para los mexicas el cenzontle era un ave símbolo de 400 cantos (que te parece: cien trinos por cada esquina). Para el filósofo Empédocles el principio de todo está en los cuatro elementos (Tierra, Aire, Agua y Fuego). En matemáticas el cuadrado perfecto es representado con el número cuatro al multiplicar dos por dos. Para cerrar el cuadrivio hablando de nuestra materia, cuatro son los golpes fundamentales en el box: el cross o croché, el uppercut, el jab y el gancho, izquierdo o derecho.

Esas cuatro esquinas de tu libro saben mucho de lo que hablas en tus poemas:
La acción transcurre en una esquina neutral
Peligrosos ganchos arriba
Dos hombres poniendo en jaque su orgullo
Hablando con los puños
La tunda es despiadada
Apabullante
Fuego lleno de dinamita
Losdelaesquinacontrariaarrojanlatoalla…
La ley de la inversa del cuadrado, en mecánica ondulatoria establece que para una onda de luz que se propaga de una fuente puntual la intensidad de esta disminuye de acuerdo con el cuadrado de la fuente de emisión. Montado en esta certeza inicio el conteo regresivo. Soy el referee de la cuenta y soy el testigo ubicado en el ringside: 10, 9, 8, 7…De pronto, ahí, en el centro mismo del cuadrilátero se levanta la llama. Eres tú, Daniel Téllez y en torno de la mágica presencia, el público grita desaforado: ¡Arriba Daniel Téllez! ¡Arriba Daniel Téllez! ¡Arriba Daniel Téllez! ¡Arriba Daniel Téllez! Cuatro veces arriba de los Cuatro espejos, de las Cuatro esquinas. De los Cuatro verbos en los Cuatro puntos cardinales.
Ciudad de México, 2026
América (lastimada)
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