Cuando las emociones suben, la inteligencia baja. Recientemente, hemos sido testigos de dinámicas celebratorias que cruzan una línea intolerable, una que nadie quisiera experimentar: la invasión violenta del espacio personal, la privacidad y la propiedad de los conductores. Lo que para un grupo de pseudofanáticos simios representa adrenalina y júbilo, como rodear un vehículo, subirse al capó o balancearlo violentamente, para quienes están dentro del coche se convierte instantáneamente en una experiencia de terror, miedo y amenaza. Este preocupante comportamiento colectivo nos obliga a discutir los aspectos biológicos, históricos y sociales de estos eventos.
Para entender la raíz de estos comportamientos, es necesario revisar cómo nacieron los espacios de celebración en el futbol. Históricamente, el futbol ha funcionado como un catalizador social y un espejo de la identidad comunitaria. En México, por ejemplo, la tradición de ocupar el espacio público en masa después de una victoria deportiva comenzó formalmente durante el Mundial de 1970 en el país. Tras la victoria 4-0 de la Selección Nacional contra El Salvador, oleadas espontáneas de aficionados comenzaron a converger en el Ángel de la Independencia. Lo que empezó como una serenata y un desfile pacífico de caravanas de vehículos para expresar el orgullo nacional, mutó con el paso de las décadas.
La antropología social indica que los espacios públicos, cuando son tomados por las masas, pasan por un proceso de zonas de excepción, donde los individuos asumen erróneamente que las normas cotidianas de civilidad están suspendidas.
La ciencia explica con precisión lo que sucede en el cuerpo cuando miles de personas se reúnen bajo el mismo estímulo. Académicos de la Facultad de Psicología de la UNAM explican que el cerebro humano tiene áreas específicas relacionadas con el contagio emocional. Dentro de esta masa, se activa el fenómeno llamado por Carl Jung como desindividuación: inmerso en la multitud, el sujeto pierde la autoconciencia y el sentido de responsabilidad personal, disolviéndose en el anonimato.
En el extremo opuesto está el cerebro del conductor atrapado. Ante el balanceo del coche y los impactos en las ventanas, su sistema nervioso interpreta el entorno como una amenaza real de muerte o agresión física inminente, más aún cuando tienes a tu familia contigo. En este caso, ocurre otro proceso donde la amígdala toma el control y anula el pensamiento lógico, activando tres posibles vías: lucha, huida o parálisis.
El caso en Zacatecas, durante las celebraciones por una victoria del equipo mexicano en el Centro Histórico de la capital zacatecana, una multitud rodeó y comenzó a sacudir el coche de Cinthia, una conductora de la plataforma DiDi que estaba trabajando. Superada por el pánico legítimo ante el asedio, Cinthia soltó el freno y aceleró para escapar de la multitud. La respuesta de la multitud, desprovista de toda empatía, fue pura violencia. Jaime Castillo Castillo, entonces secretario de Juventud de Morena en el estado, se acercó a la ventana y dio un cobarde puñetazo en la cara.
En un escenario idéntico de acoso vehicular por parte de una multitud enfurecida, el mecanismo de huida del conductor se activó absolutamente ante el terror. Sintiendo amenaza y bloqueo, el automovilista en Cabo San Lucas pisó el acelerador, atropellando a 17 personas, solo para ser golpeado por la multitud y quedar gravemente herido.
Ambos escenarios provienen de la misma raíz, la combinación de la estupidez de una multitud fuera de control que cree que la celebración anula los derechos de los demás, y las reacciones de supervivencia de un individuo acorralado.
La multitud que hoy destruye un coche por euforia futbolística es la misma que mañana llena plazas, ondea banderas partidistas y celebra victorias electorales con una preocupante ceguera moral. Al igual que en la política, donde el fanatismo nos lleva a idolatrar a personajes que carecen de la compostura más básica, capaces de dar un cobarde golpe en la cara de un trabajador en nombre de una causa, el futbol expone nuestro peor lado cuando reemplazamos la alegría y la empatía por puro tribalismo.
El acto más verdaderamente revolucionario, inteligente y humano este martes será encender la razón. Tendremos que recordar, contra el rugido de la multitud, que los límites de nuestra alegría terminan exactamente donde comienzan el miedo, la privacidad y la seguridad de los demás.



