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Obsession, de Curry Barker y Backrooms, de Kane Parsons: terrores liminales y el futuro del género

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Por: ADOLFO NÚÑEZ J. •

La Gualdra 721 / Cine

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En 1981, un director entonces desconocido de nombre Sam Raimi, estrenaba The evil dead, cinta que marcaría el inicio de su carrera como cineasta, además de volverse uno de los títulos más significativos, influyentes y populares del género de terror. En su filme, el joven realizador, de apenas 21 años, lograba que lo ínfimo de su presupuesto no fuera un impedimento para evidenciar una desbordante creatividad y admirable técnica en la dirección, así como una profunda imaginación en el universo de su autoría.

Es común encontrar casos similares al de Raimi en la historia del cine, de cineastas jóvenes que han demostrado cierto grado de virtuosismo y talento para sacar adelante sus proyectos cinematográficos con un presupuesto reducido y, además, encontrando una recepción favorable e inesperada con la crítica y las grandes audiencias. En menor medida, el ejemplo más reciente se puede encontrar no en una, sino en dos cintas de terror estrenadas este 2026; trabajos de dos realizadores que, curiosamente, egresan no desde una escuela de cine, sino de las filas de YouTube.

Obsession, de Curry Barker
Obsession, de Curry Barker

El primer caso es Obsession, de Curry Barker, que narra la historia de Bear (Michael Johnston), un joven tímido y muy inseguro que siente una fuerte atracción por Nikki (Inde Navarrette), su compañera de trabajo y amiga de infancia. Incapaz de externarle sus sentimientos, el chico compra una vara mágica que, se supone, cumple cualquier deseo que se le pida. Luego de desear que Nikki lo ame más que a cualquier otra persona en el mundo, Bear no sólo descubrirá que lo que pidió se ha vuelto realidad, también se dará cuenta de que, lo que inicia como una fantasía romántica adolescente con la chica que le gusta, devendrá en una auténtica pesadilla de celos, manipulación, y paranoia, con resultados tan violentos como perturbadores.

El joven director toma el argumento central de La pata del mono de W.W. Jacobs y traslada su idea focal del “cuidado con lo que deseas” al terreno de las relaciones amorosas de la generación Z. Si bien las decisiones estilísticas y de puesta en cámara de la película remiten de manera constante al lenguaje visual de las redes sociales, Barker se las ingenia para construir secuencias de una tensión genuina y escalofriante, que se complementan con un sentido del humor cruel y mordaz. El director también se apoya en las estupendas interpretaciones de ambos protagonistas, lo que le permite llevar su descabellada premisa hasta las últimas consecuencias.

Backrooms, de Kane Parsons
Backrooms, de Kane Parsons

Por otra parte, se encuentra Backrooms, de Kane Parsons, adaptada de la serie web homónima y de su misma autoría. El filme sigue la historia de Clark (Chiwetel Ejiofor), un vendedor de muebles divorciado, alcohólico y resentido con la vida. Una noche, revisando el sótano de su tienda, descubre que se puede acceder, a través de uno de los muros, a un laberinto infinito de largos pasillos y habitaciones semivacías, de paredes amarillentas y con una arquitectura inconexa. Conforme se va adentrando más en estos espacios liminales, Clark descubre, para su sorpresa y horror, que no se encuentra solo. Cuando desaparece sin dejar ningún rastro, será su terapeuta Mary (Renate Reinsve), quien ingrese a estos backrooms, con el afán de encontrar a su paciente y, de ser posible, ayudarlo a superar sus problemas del pasado.

Parsons utiliza múltiples recursos visuales y narrativos, como el found footage y el suspenso psicológico, entre otros, logrando evadir los códigos y recursos del terror convencional, enfocándose más en la construcción de atmósferas inquietantes y opresivas. El realizador vuelve del espacio un personaje más dentro de la historia, lo que le permite desarrollar sus ideas desde un punto de vista más abstracto, conceptual y hasta onírico. Esta falta de claridad en su propuesta vuelve a la cinta una experiencia sensorial antes que narrativa, y termina remitiendo, en sus mejores momentos, a la obra del legendario David Lynch.

Si bien ninguna de estas dos películas es perfecta ni está exenta de errores ni reparos, al final son la valiosa prueba de que, aún dentro de la industria cinematográfica actual, se pueden abrir nuevos caminos para las futuras generaciones de realizadores. En la obra de cineastas como Curry Barker o Kane Parsons es reconocible esa ambición e ímpetu de explorar, cada uno a su manera, las múltiples facetas que todavía se pueden encontrar en un género tan estimulante y variado como el terror.

 

 

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