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Fútbol y sociedad: La dualidad del próximo Mundial en el contexto mexicano

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Por: Claudia Lizbet Soto Casillas •

México se encuentra en la antesala de un nuevo hito futbolístico global, lo cual es emocionante y debiera ser un escenario para mostrar nuestra riqueza y avances como naciona, pero el césped verde y los hermosos murales no alcanzarán a tapar las grietas de una realidad nacional que ruge en las calles. Mientras la maquinaria del entretenimiento afina los últimos detalles de una logística impecable, las dinámicas de descontento social demuestran que el balón no rueda en el vacío. Lo vimos con claridad en Paseo de la Reforma, donde maestros de Guerrero derribaron las figuras monumentales de jugadores mundialistas y quemaron su indumentaria frente al Ángel de la Independencia. Es una discrepancia y choque frontal entre el México del espectáculo y el México de la precariedad estructural.

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En 1970, México organizó su primera Copa del Mundo apenas dos años después de la masacre de Tlatelolco, utilizando el torneo para lavar la imagen internacional de un régimen autoritario. En 1986, el Mundial se llevó a cabo en medio de la devastación económica y social del terremoto de 1985, donde la indignación popular abucheó al presidente Miguel de la Madrid en la inauguración. Hoy, el escenario se compone de violencia, descontento social y la desaparición forzada. 

La indignación se centra en observar dolorosamente cómo el Estado y la iniciativa privada logran articular despliegues monumentales, seguridad de vanguardia y presupuestos millonarios para resguardar un torneo, mientras las madres buscadoras siguen rascando la tierra con sus propios recursos, la falta de abasto de medicamenteos y servicios de salud de calidad, violencia sistemática, entre muchas otras. Frente a la atención focalizada no solo del gobierno, sino también de un gran sector poblacional, organizaciones civiles de desaparecidos ha respondido con diversas estrategias para visibilizar su causa. Una de ellas es la creación de un álbum alternativo al de la FIFA, donde las estampas no coleccionan estrellas y equipos, sino los rostros de las y los desaparecidos, bajo una dolorosa invitación a buscar a quienes sí queremos encontrar.

En nuestro propio estado, Zacatecas, la resistencia tomó la cancha y organizó un partido de fútbol de alto impacto simbólico donde se colocaron, en sustitución de los nombres de los jugadores, las fichas de búsqueda de personas desaparecidas. 

A nivel económico, el torneo desnuda el exclusivismo más rapaz de las industrias del entretenimiento. Con precios prohibitivos que se vuelven inalcanzables para la mayoría de las familias obreras trabajadoras, la fiesta se reduce a un privilegio exclusivo para sectores de ingresos altos y turismo extranjero. Esta gentrificación del fútbol ha encendido las alarmas de grandes figuras que se han manifestado respecto a cómo un deporte de calle, se convierte en un deporte de puertas cerradas. 

Las amenazas de sabotaje político y la inminente manifestación de los dueños de los palcos que planean tomar las inmediaciones del Estadio Azteca pintan un panorama de alta tensión. El torneo, lejos de ser una acción unificadora que los discursos oficiales prometen, se ha convertido otro espacio para el descontento nacional que busca visibilidad internacional. No por nada avanza una campaña nacional para pintar muros contra el torneo, usando las paredes como periódicos de resistencia popular que desafían la estética corporativa de los patrocinadores oficiales.

Por otro lado, no debemos castigar al deporte por los excesos del negocio. El fútbol, en su esencia más pura y barrial, es un catalizador social, una herramienta de salud comunitaria y salud mental indispensable para nuestras infancias y adolescencias. El gran reto y la verdadera área de oportunidad radica en devolverlo al patio escolar. Hoy más que nunca, es urgente activar campañas de fomento al deporte dentro de las instituciones educativas, organizando mini torneos y ligas comunitarias que enciendan en las niñas, niños y adolescentes la chispa del juego en equipo, la disciplina y la convivencia pacífica frente a la hostilidad de sus entornos violentos.

Como muestra de que esta contrapropuesta es factible, en Zacatecas la Secretaría de Educación ha tomado la delantera al organizar torneos deportivos que impactan directamente desde las escuelas de educación inicial hasta toda la estructura de educación básica, movilizando a las comunidades escolares en las diferentes regiones del estado. Esta descentralización del juego demuestra que, cuando el balón se utiliza como una herramienta pedagógica y de reconstrucción social, se convierte en un territorio de paz capaz de blindar a los más pequeños de los ambientes de violencia e inseguridad.

El torneo en México será un ejercicio de contrastes brutales. Veremos la opulencia de los palcos convivir con las protestas de los maestros y las demandas de las familias que buscan justicia. Negar el festejo es imposible porque el fútbol late en la identidad popular, ignorar la tragedia nos hace cómplices.

Al final del día, el silbatazo inicial no debe hacernos olvidar que el derecho al juego, a la recreación, a la salud y a una vida libre de violencia son derechos humanos fundamentales e irrenunciables de las infancias. La oportunidad dorada de este gran evento, no solo está en la derrama económica, sino también en nuestra capacidad como ciudadanía para hacer de este deporte un medio para el cumplimiento de los derechos.

¡Que a las canchas y a tus derechos no les falte calle!

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