El reciente y contundente pronunciamiento de León XIV en torno a la Inteligencia Artificial ha venido a poner en debate los altares tecnológicos y los escritorios del poder global. Al poner sobre la mesa la preparación de un documento magisterial dedicado exclusivamente al impacto antropológico y ético de la IA, el pontífice no hace una crítica superficial al software; está advirtiendo sobre un riesgo existencial. León XIV define a la IA como un «mecanismo cognitivo» capaz de condicionar la libertad humana si no se le subordina a criterios de justicia y dignidad.
En el núcleo del discurso eclesiástico-sociológico surge una denuncia contra el exclusivismo y la centralización de la fuente de información, esa tendencia sistémica donde un pequeño grupo se declara, en silencio, dueño absoluto del conocimiento, la verdad y las herramientas de desarrollo, marginando cualquier otra visión del mundo. Los grandes modelos de lenguaje se alimentan de bases de datos masivas que reflejan casi exclusivamente la denominada glosa anglosajona, hiperindividualista y los valores del norte global, dejando de lado voces del resto del mundo.
Si nos dejamos llevar ciegamente por esta línea de pensamiento automatizado y si no enseñamos a trabajar el pensamiento crítico, validamos un exclusivismo que amplía de manera exponencial las brechas de desigualdad entre los países desarrollados y las naciones en desarrollo. Al centralizarse el control del algoritmo en unos cuantos corporativos transnacionales, las economías corren el riesgo de convertirse en meras consumidoras pasivas y colonizadas de un saber ajeno.
El análisis no puede quedarse en las esferas macros, debe aterrizar en el tejido social más vulnerable. La IA está trazando una nueva frontera de desigualdad que divide al mundo entre los «conectados con superpoderes cognitivos» y los «excluidos de la subsistencia básica». Mientras en los entornos desarrollados y sectores privilegiados la tecnología optimiza procesos, acelera el aprendizaje, ahorra tiempos, eficienci tareas y genera riqueza, para las poblaciones que habitan la pobreza estructural la IA opera como un muro invisible, donde se amplía la brecha, disminuyen sus oportunidades y sus habilidades académicas y laborales.
Imagienen la distancia entre quien utiliza la IA para liberar su tiempo y quien carece de electricidad en una comunidad marginada o en un campo jornalero no es una brecha digital, es una violencia a su derecho de desarrollo y bienestar, a la educación de calidad y de acceso al conocimiento. El acceso exclusivo a la IA automatiza también los privilegios: mejores diagnósticos de salud, educación personalizada de vanguardia y ventajas competitivas laborales inaccesibles para las mayorías. Permitir que la IA avance sin una distribución democrática y un enfoque de derechos humanos es condenar a los sectores históricamente vulnerados a una marginación doble: la económica y la cognitiva. No se trata de quitar a quienes sí lo tienen, sino crear políticas públicas y estrategias con prospectiva que permintan su accesibilidad a toda la población.
Este impacto es particularmente brutal en las y los niños. En las etapas escolares, la infancia construye sus hipótesis del mundo a través del asombro, el juego y un pensamiento mágico que ve posibilidades en cada rincón. La IA, cuando se convierte en un instrumento de consumo o como un punto de llegada, actúa como proveedora de respuestas masticadas y prefabricadas con tendencias marcadas, anulando el valioso esfuerzo de dudar, investigar y errar.
Aquellos niños que logran acceder a ella corren el riesgo de atrofiar su capacidad crítica ante el monólogo del algoritmo. Por otro lado, los niños sumergidos en la pobreza quedan completamente rezagados de las competencias que exigirá el mañana. Como científicos de la educación, sabemos que el cerebro aprende en el conflicto cognitivo y en el contacto con la realidad, no en el confort del «copiar y pegar».
El verdadero debate ético radica en qué hacemos con el beneficio que la máquina nos otorga. La IA debe ser un vehículo para liberar nuestro activo más importante y escaso: el tiempo. Ese tiempo ganado a la burocracia y a lo mecánico debe ser devuelto a lo esencial del ser humano como la construcción de sí mismo, el arte de observar, la crienza, el arte, la literatura, la salud, comunitaria y para mirarnos a los ojos. La Inteligencia Artificial no debe suplantar nuestra humanidad, sino obligarnos a potenciarla, sacando lo mejor que somos, coo nuestra empatía, compasión, capacidad de indignación frente a la injusticia y nuestra creatividad desobediente.
El histórico anuncio del Vaticano bajo la guía de León XIV confirma que no estamos ante una simple moda tecnológica, sino ante una disputa por la definición misma de lo humano y la equidad global. Combatir el exclusivismo digital es una tarea urgente de resistencia cultural. Que la IA sea la herramienta, pero que el motor siga siendo esa “ciencia, rebeldía y felicidad» que nos caracteriza. Regulemos la tecnología con ética y jamás olvidemos que los sueños, la justicia y la dignidad se construyen de este lado del mundo, con los pies bien puestos en la tierra.
¡Que al uso de la Inteligencia Artifical nunca le falte calle!
Dra. Claudia Lizbet Soto Casillas



